Málaga año 2008

Datos personales

Torroxeño nacido en Antequera en 1940

COMIENZOS

En otro blog, dedicado a CITESA, escribí sobre mi paso por esta compañía y, una buena parte de mi existencia, ya quedó reflejada en el mismo.
Este blog fue idea de mi amigo y compañero Rafael Vertedor y, junto a él, figuran aportaciones de de Lorenzo Martínez, Angel Estévez, Florentino, José Outes y otros.
Ahora, quiero añadir otros aspectos y experiencias, al margen de mi vida laboral, aunque tantos años en esa compañía, me obliguen a referirme a los mismos, con algunos enlaces.
Mi marcha de esa empresa puede considerarse como punto de arranque para este blog, y desde aquí, llegar a su capítulo final:

Epilogo http://www.box.net/shared/4iuitb04kw

Los enlaces al resto de capítulos de Citesa figuran al margen del blog.

lunes, 11 de enero de 2010

COSAS DE AHORA(V):ALCALDES DE AYER Y DE HOY

Ya escribí, aunque de forma sucinta, sobre la evolución de la estructura política de España, tanto en su ámbito global como en sus regiones( hoy, autonomías) y no seguiré, ahora, por ese camino. Una noticia reciente me lleva a centrarme en el corpúsculo más pequeño de gobierno de un país: la figura del alcalde, sea ciudad, pueblo, aldea o pedanía y, naturalmente, sólo quiero hacerlo sobre algunos pocos: los que fueron famosos o los que, hoy, pretenden serlo.

De aquellos, solo recordaré a dos, porque hacerlo de todos sería, además de pretencioso, una labor imposible: a uno, lo creó la imaginación de Pedro Calderón de la Barca o, tal vez, ¿existió realmente Pedro Crespo, alcalde de Zalamea? Del otro, los conocemos por nuestra historia: Juan Pérez, alcalde de Móstoles. Hoy, unas noticias, difundidas por alguna cadena de radio me obligan a ocuparme del primer mandatario de la ciudad de Logroño. Su nombre, ni lo se, ni ningún interés me obligaría a reseñarlo, aunque lo supiera. El alcalde Zalamea fue famoso en una pieza teatral de Calderón, que ya conocéis y, el de Móstoles, por levantar el pueblo contra la invasión de las tropas napoleónicas. Y, ahora, el alcalde de Logroño pretende serlo, a través de la creación de un peculiar calendario, en el que se enmascara toda festividad católica con cualquier rememoración, que no tenga nada que ver con la religión que profesa la mayoría de sus votantes, que, probablemente, estarán más interesados por que les recuerden la independencia de Paquistán que el día de la Inmaculada, por ejemplo. Es muy posible- eso no lo se- que, además del calendario, se haya dedicado a otros menesteres más encomiables para su ciudad y, hasta puede ser, que salte a la fama por ello. Por el calendario, yo, por lo menos, solo le reservaré un lugar destacado en el escalafón de la imbecilidad.

Cuando escribo estas líneas, una buena parte de España, entre otras la ciudad de nuestro alcalde, tiembla de frío, por la ola polar que nos afecta. Y, a mí, que vivo lejos de León, no me llega el efecto de sus nevadas, pero sí el del malhadado calendario de su alcalde, donde, un imaginario para de sus páginas, me ha dejado helado.

martes, 6 de octubre de 2009

COSAS DE AHORA(IV):CRISIS EN EL PARLAMENTO

-¡Buenos días!
-¡Buenas tardes!
Así comenzaban los “diálogos para besugos”, de una sección de humor, que incluía la revista infantil DDT allá por la década de los cincuenta, donde sus personajes mantenían una charla, llena de incoherencias y en la que, como se diría en términos que, hoy, se suelen usar en un lenguaje coloquial, cada uno “iba a su bola”. En ellos, su autor pretendía divertir al público para el que se destinaba la revista, entre el que el me encontraba por aquellos años. Desconozco si, hoy, existe alguna publicación que los recoja, pero si estoy seguro de que siguen produciéndose en la vida real, aunque, más allá de la hilaridad de aquellos, sólo conducen a la congoja y pena del que los lee o los escucha…
Para encontrarlos, sólo tenemos que acceder a la retransmisión televisada de cualquier sesión del nuestro parlamento o a la reseña escrita en algún periódico. La diferencia es que, ya, no nos hacen reír y que habría de sustituirse la palabra “para” por la de “entre”, porque, acreedores a ese apelativo, son los participes de tamaña astracanada y no los a que asistimos, impotentes y atónitos, al desarrollo de la misma. Por lo demás, todo sigue igual –buenos días, buenos tardes- y cada uno a lo suyo: los unos a llegar y, los otros a quedarse; nosotros, a llorar. Nunca tomé parte por ninguno de los personajes de Matías Guiu, autor de los diálogos originales, porque, además, carecían de nombre y, aunque, éstos, sí lo tienen, tampoco quisiera hacerlo ahora, aunque, tal vez, tenga que exigir una mayor responsabilidad al que ejerce el rol de médico, por la necesidad de tener que curar una enfermedad grave, que no puede curarse con los efectos paliativos de una política social, aplicando un simple apósito que sólo sirva para ocultar la lacra superficial de la misma sin extirpar de raíz el origen que la produjo.
Yo no soy economista; sólo acudo al sentido común. Y, éste, me dice que, abordar, con nuevas obras para crear un empleo precario o ampliar el subsidio de paro, incrementando impuestos, es como aplicar una gasa, impregnada de mercromina sobre las secuelas de un cáncer. ¿Qué haremos cuando se agote el pan de hoy y nos siga acuciando el hambre de mañana? Y, el día que finalicen las obras emprendidas, ¿romperemos aceras, fuentes y jardines, para rehacerlos una vez más?
No caeré en el error de decir que no soy político-todos lo somos- pero sí aseguro que no milito en ninguno de los partidos, porque, para hacerlo, hay que apostar por una u otra ideología y, yo, nunca he estado seguro de optar por cualquiera de las que tenemos. Solamente me siento capaz de inclinarme por las personas en función de la fiabilidad que me puedan merecer como gobernantes. Por eso, me limito a ser un votante que no sabe, todavía, que opción tomará el día que me toque acudir a ejercer como tal, porque, todos, me tenéis sumido en un mar de confusiones, agitado por el oleaje de la evasiva, la mentira y la improvisación. Mientras tanto, me permitiré unas súplicas, desde la convicción de que no me haréis caso alguno: quien quiera que seas, no mientas con el descubrimiento de unos brotes verdes, que nadie ha visto, ni dentro ni fuera de España, germinar sobre unos árboles, todavía yermos por la crisis económica que nos asola; si tu opositor te interpela por un problema de ahora, no le contestes recordando la invasión de Irak; no hables de las olimpiadas, cuando alguien se interesa por presuntos casos de corrupción; aparca la ley del aborto, frente a otras más acuciantes, porque el derecho a la vida no tiene fecha de caducidad y, los otros asuntos, sí la tiene; no hagas promesas, mientras no exista alguna ley que te demande del incumplimiento de las mismas; no te ocupes de la memoria histórica y preocúpate por la historia presente; no abogues tanto por el derecho a la igualdad, entre hombres y mujeres, para hacerlo más por los que comen y no los que no tienen para hacerlo y, por favor, si, alguien te saluda con un “buenos días”, no le respondas deseándole buenas tardes. Hasta ahora, sólo habéis conseguido sembrar, en mi interior, la semilla de la desconfianza. Y, mientras tanto, ¿qué? Sólo esperar.
Como soy optimista –por lo menos, quiero serlo- aguardo algún punto de inflexión, capaz de enderezar la curva de nuestras vidas. Cuando eso ocurra, si es que ocurre, posiblemente, me anime a volver a las urnas. Entonces, tal vez sólo entonces, el difícil momento por el que atravesamos quede como un mal sueño y hasta es posible que me traiga, entre una sonrisa, el recuerdo de un antiguo espacio televisivo, que, casualmente, también se desarrollaba en un escenario circular, donde unos entrañables personajes –Gaby, Fofó y Miliqui- nos divertían, cuando éramos niños. Quizás, entonces, mis labios susurren una frase: Había, una vez, un circo…

miércoles, 29 de julio de 2009

COSAS DE AHORA(III)DEFENSA DEL TORO DE LIDIA




¡Que, el título de esta entrada en el blog, no lleve a ningún lector a falsas suposiciones! Esta es una defensa, tanto del toro de lidia, como del espectáculo que protagoniza en las plazas, junto con los toreros.
Desde muy pequeño, soy aficionado a una fiesta, que no quiero circunscribir en el término de nacional porque no solo se protagoniza en España sino, también, se ha extendido por una amplia zona de Sudamérica y en buena parte del sur de Francia, además de Portugal. Puede que parezca contradictoria la afirmación de que, yo, amo al toro como nadie y que, al mismo tiempo, me gustan las corridas y admiro a los toreros. Pero no lo es, como intentaré explicra más adelante; si hubiera podido, tenido las condiciones necesarias para ello y, sobre todo, el valor indispensable para esta profesión, yo hubiera sido, antes que otra cosa, matador de toros: Mientras otros jugaban al futbol, de niño, improvisaba verónicas o pases de muleta, con algún trapo que me sirviera, ante la media luna de los cuernos inofensivos de una toro imaginario.
Sin embargo, respeto, como no podía ser de otra forma, la opinión de los que no comparten mi afición. El que no lo hace, está en el derecho de no asistir a las corridas y hasta de criticar a los que van; pues ¡que no vayan a verlas! Pero, por favor, dejen sus manifestaciones de protesta y, resérvenlas para otros fines- seguro que los encuentran- que sean mejores acreedores de su encendido afán por arreglar el mundo. Yo no se, a ciencia cierta, si, entre los que vociferan por la abolición de las corridas de toros, están algunos de los que defienden e aborto, equiparando la vida de una animal, cuyo destino final es la arena, a la de una persona, que nunca sabrá cual sería el suyo. El hombre nace para finalizar su vida por razones las razones imperativas, que impone el transcurrir de los años y, así, muere; lo demás, es un crimen, mientras que en, muchos animales, la muerte anticipada es una cosa bien distinta y hasta puede tener una justificación.
¿Cuántos “iluminados” defensores del derecho a la vida se pronuncian en contra en contra de la muerte de tantos animales? Salvo raras excepciones, nadie y, a todos ellos, salvo en los casos que la propia naturaleza impone para mantener el equilibrio de las especies, también los mata el hombre. Algunos se crían, engordan y, finalmente, son llevados al matadero desde el sitio donde pasaron su corta vida; un lugar, en muchas ocasiones, más angosto y menos confortable que la ancha y luminosa dehesa, donde nace y se cría el toro bravo. Pero, esto, es natural; esa es la única razón de su existencia y, nadie puede imaginarse a un pollo como mascota de compañía. Otros son arrebatados de su hábitat natural, atrapados por el anzuelo, que pende de un invisible sedal, o por el disparo certero de una escopeta, pero, eso, también es natural; la industria de la alimentación o el derecho lúdico a la pesca o a la caza, así lo justifican. En algún pasaje de este blog, escribí sobre animales, con los que tuve la suerte de compartir algunos años de mi vida. Ese fue su destino y, por nada del mundo, hubiera permitido que nadie que los apartara del mismo; no dejemos, tampoco, que se impida al toro cumplir con el suyo.
El único destino del toro de lidia es la plaza; su crianza no sería rentable para cualquier otro fin, aunque, eventualmente, s emplee su carne en alimentación. Por eso, acabar don las corridas, sería terminar con existencia de una especie única y, por eso, la defiendo, defendiendo la continuidad de las corridas y a los que asistimos a las mismas. Sobre ese público, que sigue llenando nuestros cosos, también quiero reflexionar…
Al verdadero a aficionado no le mueve el posible sufrimiento del animal, que impone la técnica de la lidia, sino la explosión de luz y color del entorno, así como la ejecución de las diferentes suertes del toreo, por parte de matadores y cuadrillas, de la misma forma que creo que, el pescador no goza con las piruetas desesperadas del pez, retorciéndose, fuera del agua, en el extremo de la caña, ni con la agonía de la liebre en la maleza. La corrida de toros es un espectáculo sangriento- no confundir con sanguinario- y, su público, jamás ruge de regocijo, sino que grita en discrepancia con la actuación del torero o con la casta, que proporciona el ganadero. Y, cuando tiene que aplaudir, no lo hace sólo al lidiador de turno, sino al propio toro, al que se suele dar la vuelta al redondel de la plaza y, en ocasiones, pedir el indulto: El aficionado admira la estampa inigualable- eso que llamamos trapío-, bravura y pujanza de nuestro toro de lidia. No acude a verlo morir, sino a contemplar su bravura y gallardía.
Al principio, escribí que amo al toro como nadie. Ahora, digo que lo hago por encima de los toreros y que defiendo a este animal, a través de abogar por las corridas, porque, sin estas, aquel no existiría.

lunes, 11 de mayo de 2009

COSAS DE AHORA(II):EL LOBO DE LA CRISIS

¿Recordáis el cuento del pastor y el lobo? Lo que quiero contaros ahora no es una fábula; ni siquiera una leyenda urbana. Es un hecho real de nuestros días aunque, tal vez, tenga una moraleja, que dejo a vuestra libre elección. Pero es tan distinto que todo sucede al revés; como, asimismo, son diferentes sus personajes y el rol que desempeñan en esta historia.

Aquí, no es el pastor, sino los demás, los que alertan de la cercana presencia del lobo y, el pastor, que no se llama Pedro, no se lo cree. Sin embargo, ningún afán de broma se escondía en el aviso de que, el animal, acechaba en las proximidades del rebaño. Pero al pastor, absorto en otros quehaceres, no le interesaba ninguna cosa que le pudiera apartar de los mismos, ni distraerlo del horizonte de ambiciones, que se había trazado.

-¡Que viene el lobo!

José Luis- ese era el nombre verdadero del pastor- dibujaba una sonrisa de incredulidad y suficiencia, mientras enarcaba sus picudas cejas y decía:

-¿Qué lobo? No hay ningún lobo y, si lo hay, estamos preparados, mejor que nadie, para la defensa. ¡Que venga!

Pero no hay peor mentira que ignorar la verdad y, el lobo negro de la crisis terminó llegando hasta un redil, mal protegido, esparciendo sus dentelladas sobre las confiadas ovejas. Todavía, hoy, podemos percibir su aliento y no sabemos cuando nos abandonará.

Es cierta la universalidad de la crisis, constituida casi en una pandemia… ¿Pero, hasta qué punto, puede considerarse, como plausible, esta excusa? Podría acogerme al dicho de que “mal de muchos, consuelo de tontos”, pero no es necesario recurrir al tópico: estamos en primera línea, dentro del entorno de países, del que pretendemos formar parte. Por citar uno de los baremos más impactantes de la economía en la sociedad, según las últimas predicciones, la tasa de desempleo alcanzará, en España, el 17.3%, durante este año, y es previsible alcanzar un 20.09% en el próximo. Son datos no extraídos de ninguna fuente, que pudiera calificarse más o menos proclive o adversa, en alguna medida, al gobierno actual, sino avalados por una persona libre de toda sospecha: el comisario para economía, en Bruselas, Joaquín Almunia.

Tampoco es menos cierto que, algunas peculiaridades en las que se ha venido cimentando, durante años, la economía de nuestro país, había incrementado su vulnerabilidad, Pero, acaso, esto, ¿no se sabía? Y, si se sabía, ¿por qué no se había tomado remedio alguno? Tal vez, el pastor no lo buscó y, si lo hizo, o no supo o no quiso aplicarlo. Cualquiera de los términos que elijáis, como solución de esta disyuntiva, dejará mal parado a un pastor más, preocupado por seguir siéndolo que por el bienestar de su ganado. Y, el pastor, siguió en su empeño de seguir dirigiendo la hacienda, aunque, esta, quedara en ruinas. De agoreros y alarmistas tachaba a los que avisaron, mientras situaba el origen de la crisis allende de nuestras fronteras. ¡Y qué! Ya se sabe que, el lobo, siempre viene de fuera. Pero también se sabe que no hay dejarlo entrar.

El protagonista sigue siendo el pastor, con algún cambio en su cuadro de mayorales, de un redil, del que sigue presumiendo como superior a otros-Italia, Francia-de Europa. El pastor no ha abandonado su sempiterna sonrisa, aunque distrae su atención con empeños, menos efectivos para combatir al lobo, pero de carácter más populista. Quizás haya modificado el tono de su voz para pedir ayuda, ahora, a los agoreros de antes.

-¡Todos tienen que arrimar el hombro!

En eso tiene razón, pero, yo, tengo serias dudas de que sepan o quieran hacerlo. Acaso, su verdadera ambición sea, simplemente, la de asumir la función de pastor del “mejor corral del mundo”.

Siento no terminar la historia, porque, hasta en eso, continúa siendo diferente a la versión original del cuento. Aquella tuvo un final y Pedro llegó a la conclusión de abandonar el discurso de la mentira, que sólo le acarreó sinsabores; ésta no ha terminado. No sabemos nada lo que ocurrió con aquel lobo, pero sí sabemos que, el de ahora, sigue con nosotros campando libremente entre las alambradas, rotas por el descuido, de nuestro país. ¿Cuándo terminará? La Historia no termina nunca, pero, cada etapa, si tiene su final y, ésta, lo tendrá cuando las ovejas de la democracia-permítase este término, que no pretende ser peyorativo- quieran iniciar otra, dentro de algunos años. Si esto no curre, tendremos que recordar una frase que, Eduardo Marquina, puso en boca de uno de sus personajes: “España y yo somos así, señora”

Y, yo, añadiría otra, bien conocida: ¡Que, Dios, no coja confesados!

jueves, 16 de abril de 2009

COSAS DE AHORA(I):EL TIMO DE LA CAFETERA

Estamos mediando el mes de Abril de 2009 cuando escribo estas líneas en mi blog…
Atrás quedan muchos tipos de estafas, que no voy a repetir, por suficientemente conocidas y rancias, aunque, aún, vigentes y propicias para las incautas y propiciatorias víctimas de las mismas. ¿Quién no recuerda la “estampita”, el “tocomocho” o, más cercano en el tiempo, el timo del nazareno, entre otros? No es el momento de referirme a esas argucias, basadas en la credulidad de algunos desde su propia codicia, y ha convertido su condición de presuntos estafadores a la de realmente estafados.
Ahora, los tiempos han cambiado y van surgiendo nuevos engaños, enmascarados en la legalidad pero, siempre, buscando la buena fe de los que creen que “todo el monte es orégano” y que, todavía, existe algún país donde se “atan a los perros con longaniza”. Podría describir algunos de los muchos y modernos timos de nuestros tiempos pero sólo me centraré en el que acabo de descubrir, como protagonista del mismo y en el que, desde luego, no pienso caer. No tiene, hasta el momento, nombre alguno, pero yo se lo daré: El timo de la cafetera.
Yo tengo, desde hace algunos años, una tarjeta de crédito, concertada con una entidad bancaria, en la modalidad de pago no aplazado y, por tanto, sin intereses, que utilizo en pocas ocasiones. Hoy, he recibido una carta del banco, donde se me “regala” una cafetera-omito el nombre comercial de la misma y el de mi banco-, bajo ciertas condiciones de la utilización de dicha tarjeta y aceptación implícita de modificar ciertas condiciones del pago de su saldo acreedor. Esa forma de disponer de tan maravilloso artilugio, “casi por nada” y sin moverme de mi casa, son las siguientes:
“Solo” tengo que comprar con mi tarjeta, entre Abril y Mayo, por valor de 950 € y pagar el 3 % de la deuda pendiente, durante un tiempo, que no sabría calcular al desconocer los intereses, pero que, seguramente, llegaría a los 3 años. Al cabo de esos años y tras el pago adicional de 30 €, en concepto de gestión y transporte, yo tendría mi cafetera y, en mi cara, dibujada una mueca de estupidez imborrable. No se cual es el precio real de ese electrodoméstico, pero ¿cuál es el que yo habría pagado? Y, además, ¿que tal café haría? Hay otra duda: ¿seguiría siendo aficionado al café, después de tanto tiempo?
Acabo de desvanecer todas estas dudas. ¡No quiero la cafetera!

lunes, 23 de febrero de 2009

LA PREJUBILACION


Con mi marcha de de la fábrica, no sólo quedó atrás mi vida laboral, si no, también, los madrugones; ambiciones, que no siempre, se cumplieron; muchos amigos y costumbres y, sobre todo, la juventud. Todas estas cosas, irrepetibles, quedaron aparcadas en la cuneta de mis antiguos caminos. Entonces, yo recordé a otro de los poetas, que siempre había admirado; Antonio Machado –“caminante, no hay camino; se hace camino al andar”- y seguí caminando... Caminado por un sendero nuevo, inimaginable hasta entonces, pero que, ahora, tenía que crear, para proporcionarme nuevas ilusiones y dar un nuevo sentido a la vida, que me quedara por vivir.
Me vine del trabajo, prejubilado con una indemnización, que debía estirar, de la mejor forma posible, hasta mi jubilación definitiva en el año 2000 y, a ello, me dediqué, entre otras cosas. La mayoría de mis compañeros abandonaron Citesa, abrigados en la seguridad de un plan de pensiones. Yo, desestimé esa opción y preferí entrar en un mundo, todavía desconocido para mí, pero, indudablemente, de mayores riesgos y alicientes: el de la especulación en los mercados financieros.
Se abría una misión difícil, que debía prolongarse durante ocho largos años con los únicos ingresos, que me proporcionaría el desempleo durante los dos primeros y el probable pero inseguro rendimiento de la inversión del capital recibido. Frente a eso estaban los gastos de mantenimiento de una familia numerosa –todavía, contaba con tres hijos en edad escolar- y, naturalmente, los que yo mismo generaba, de los que nunca me privé. Y, en ese capítulo, tuve que añadir una aportación mensual a la Seguridad Social, para mantener mi futura pensión dentro de unos márgenes razonables.
Por entonces, continuaba con mi pasión por los ordenadores y, en ellos, me sumergí para elaborar un plan de subsistencia, mediante las herramientas- hoja de cálculo y base de datos- que me proporcionaban. Pero echaba de menos una mayor agilidad en mi toma decisiones y, cualquier compra o venta de valores, implicaba continuos desplazamientos al banco. Entonces, surgió, como solución, Internet; una solución que no aporté yo, precisamente, sino que lo hizo, por razones distintas, mi hijo Alejandro. ¿O, tal vez, fue David?...Eso, no lo recuerdo.
-Papa, ¿Por qué no te apuntas a Internet?- creo que fueron sus palabras.
Así lo hice y, desde entonces, tengo que confesar que, ese, fue uno de mis mejores “descubrimientos”. Hoy, esta red no solo me ha servido para el fin primario al el que la destiné durante aquellos años, sino que, también, me ha permitido, entre otras, hacer cosas como la que hago ahora mismo, despertando una antigua inclinación que siempre había cultivado, durante mis años de juventud.
No quiero achacar el razonable éxito de mi gestión a ninguna pericia en ese mundo bursátil. Tal vez fuera la intuición o, sobre todo, la suerte, las causas más probables de la culminación de esa aventura. Acerté a comprar y vender en momentos, que resultaron ser los más idóneos, pero que nadie me pregunte por que lo hice, porque no sabía responderlo. Lo más difícil fue la compra cerca de Fuengirola, de la casa de un italiano, al que mi mujer había conocido durante su trabajo en ese lugar de la costa y que, finalmente, abandonaría unos años más tarde. La situación económica de este hombre le hacía imposible afrontar los pagos de la hipoteca, por lo que, yo, subrogué la misma y firmamos una escritura de compra del inmueble, con la condición de dejarle el uso de la vivienda, hasta su muerte o regreso a Italia. Quizás fue mi pasión por el mar lo que se antepuso a los riesgos de esa inversión junto a la añadidura de gastos que representaba la operación, pero, finalmente, salí bien parado de la misma: hoy, está totalmente libre de cargas y, mi patrimonio se ha visto incrementado, aunque, en los tiempos de crisis, que corren ahora, no sabría valorar en que valor lo ha hecho.
El final de este periodo culminó en Enero del año 2000, con la percepción de la primera paga (aún, en pesetas) y con ello, desparecieron una buena parte de las dificultades que, ya, he descrito antes. Pero ¿qué fue lo más fácil de esa etapa? Sin lugar a ninguna duda, dejar de trabajar: la disposición de tiempo libre que, para algunos, representa un auténtico trauma, fue relativamente cómoda para mí.
A veces, alguno de mis antiguos compañeros me hacía, indefectiblemente, la misma pregunta.
-Antonio y, ahora, ¿estas haciendo algo?
-Si te refieres a un nuevo trabajo, ni lo tengo, ni lo busco, pero, hacer, si que hago… Hago lo que me apetece-era mi contestación, en la mayoría de los casos.
Levantarme cuando quiero, sin que ninguna obligación me lo imponga; dar largos paseos por las calles; sentarme en la terraza de una cafería en cualquier plaza de Málaga o acercarme hasta el puerto o el parque también es hacer algo. Al menos, yo así lo creo y, justamente eso, es lo que, antes no podía hacer.
Cuando dispones del tiempo, tienes una gran riqueza, si sabes llenarlo, o eres el ser más pobre del mundo, si no sabes hacerlo con cosas que pueden ser nimias, pero que, para una persona, tienen cierta trascendencia y que quiero reseñar en este capítulo de mi vida.


Además de lo que ya he dicho, hubo otros acontencimientos.
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Yo había tenido, desde niño, una especial predilección por los animales. Pero nunca los tuve, salvo un gato, en los remotos tiempos de mi primera casa en Antequera y otro, más reciente, que mi mujer trajo desde Fuengirola, cuando yo, todavía, trabajaba en Citesa. Gino, era un gato negro y lustroso, que ha convivido con nosotros hasta hace pocos años. Mis obligaciones solo me permitían, entonces, ese tipo de mascota que, por su carácter casero, resultaba el más apropiado para nuestras condiciones y, por eso, tuve que posponer la presencia de un perro –lo que, siempre, quise tener- hasta una mejor ocasión. Gino formó parte de la familia, hasta el punto que nos acompañó durante nuestras vacaciones en la costa de Torrox, a donde lo llevábamos en una voluminosa jaula, que compramos al respecto.
Antes, habíamos tenido un gorrión, que mi mujer había recogido en la calle. Gurri- ese era el nombre que le pusimos- se acostumbró a vivir con nosotros y, nosotros, con él. Entonces, teníamos, aún, la terraza sin cerrar y volaba, desde la misma, hasta un enorme eucalipto que se levantaba-hoy, todavía existe- enfrente de la casa y, luego lo hacía en sentido contrario para picotear el alpiste o beber el agua de , que le poníamos en una jaula, siempre abierta. A mi vuelta del trabajo, lo llamaba y le presentaba mi mano abierta, a la que acudía para posarse sobre uno de mis dedos.
La ocasión de tener un perro se presentó, como es fácil de imaginar, con mi marcha de la fábrica y apareció Krilim en nuestras vidas…
Krilim era menudo de carnes; pelaje corto de color canela, con manchas blancas en el vientre y, a modo de calcetines, en sus patas; orejas largas y delgadas; hocico afilado y prominente y nervioso, tanto en su comportamiento como en la mirada de sus ojos negros e inquisitivos.Se lo describí aun antiguo compañero del trabajo-aficionado a la caza-, y me dijo que, probamente, era de una raza, mezcla de podenco y pachón, conocida en Málaga por “garabito”.Hace tres años que ha muerto, pero su recuerdo nos acompaña y, una de sus últimas fotografías, se encuentra sobre la estantería de uno de los muebles del salón y tiene reservada una esquina de este blog.
A pesar de su edad- ya había cumplido los 16 años- Gino sobrevivió a mi perro y siguió en la casa, en compañía de otros dos gatos. Cuando se produjo su muerte, uno de ellos- de nombre Chindasvinto- permaneció junto a su cadaver, cubierto con una manta durante toda la noche en una sofá de la casa. Hoy, sólo prmanece con nosotros Sorbillas, el más joven de todos y al que, mi hijo David, recogió, abandonado y medio muerto, en una calle de Málaga. Tal vez por eso, siente una especial predilección por mi él y los sale a su encuentro en cuanto se produce su llegada y, luego, lo sigue por tda la casa.

Cualquiera que me lea, sabrá que, naturalmente, lloré la desaparición de padres y otros familiares. Pero lo que, tal vez, muchos no sepan es que, también, la muerte de estos animales, me hicieron derramar lagrimas.


sábado, 21 de febrero de 2009

1975 EN LA PLAYA

Durante aquel verano, Pepe Cotilla organizó una moraga en la playa de Calaceite a la que asistió Rafael con su mujer Dolores. y, yo, con la mía.
Esta playa, entre el cruce de Conejito y Nerja, estaba menos concurrida que las de Torrox y el Morche y era, por lo tanto, un sitio idóneo.
Completaban la moraga Pili, mujer de Pepe; su hermana Lola con su marido Adolfo y toda la gente menuda, que aportaba el grupo.
Recientemente se había producido un accidente, en el mar, donde falleció el hijo de la dueña de la casa, donde, yo pasaba el verano.Según la versión oficial, la muerte se había producido por la picadura de un chucho- así es como llaman, por esa tierra, a la raya pastinaca.
Tal vez por eso, nuestras inmersiones en el mar fueron pocas y cautelosas y, la excursión, podría calificarse como una excursión de secano.
Sin embargo, fue una mañana inolvidable.

DESPUES DE LA TRANSICION YHASTA 1992

Después de consolidada la democracia y hasta la primavera de año 1992, permanecí en Citesa, pero, estando ya suficientemente descrito mi paso por la misma, otros aspectos fuera de ese ámbito, constituirán el eje de mis recuerdos, en este capítulo, para circunscribirme a los que el nuevo escenario me proporcionaba.
Escribía Jorge Manrique en un poema dedicado a la muerte de su padre aquello de que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Y, a pesar de mi admiración por los poetas, creo que, ni siquiera ellos, están en posesión de la verdad absoluta y que, la comparación entre el antes y el después, hace difícil desnivelar, de forma tan categórica, los dos platillos de la balanza, porque, tanto el pasado como el presente, está lleno de claroscuros y, quizás, lo mejor sea quedarse con lo bueno de cada época. Yo apuesto por lo mejor, del pasado y conservar el recuerdo de mis años de niñez y juventud, así como con la presencia, ya desaparecida, de los seres queridos, que convivieron conmigo; sobre lo demás- no todo, mereció, ni merece, mi aprobación- ya he constatado mi opinión antes- y no quiero reiterarme, ahora, en la misma. Y, del presente, prefiero escribir con el optimismo de la esperanza en el futuro que me quede, sin pasar por alto aquellas cosas que no comparto, tal vez por no comprenderlas.
Las circunstancias de mi nueva vida hicieron surgir nuevas amistades, mientras, otras, desaparecían, de forma paulatina o, en alguna ocasión, reaparecían de forma ocasional.
No quiero olvidar, en lo que de anecdótico tiene, la visita inesperada de mi amigo Ernesto:
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No recuerdo con exactitud el año en que ocurrió, pero sí que, por entonces, aun vivía en Eugenio Gros cuando y, a la vuelta a casa por el mediodía, recibí una llamada de mi cuñado Manolo, anunciándome la llegada de Ernesto, que, a la sazón, se encontraba, por motivos de trabajo, en Málaga. Hasta entonces, solo había tenido algunas noticias de su nueva singladura: se había casado y vivía en Madrid; había abandonado su profesión, como agente una compañía de seguros y ejercía funciones de policía, que era lo que, realmente, siempre quiso ser.
Ahora, se había desplazado hasta esta capital andaluza, para hacerse cargo de un prisionero alemán, reclamado por la Interpol aprovechó esta circunstancia para visitar a Manolo en la casa de mi hermana Lola, donde había comido, junto con un compañero, de cuyo nombre no consigo acordarme, por lo que me desplacé, hasta allí, para verlo y compartir, con ellos, una sobremesa, que, luego, habría de prolongarse hasta bien caída la tarde.
Durante las primeras horas, se fueron mezclando recuerdos de algunos pasajes de nuestro pasado más reciente, junto a las nuevas experiencias, que el presente nos deparaba, mientras jugamos al póker y consumíamos las copas propias de la sobremesa. Al principio, me pareció un Ernesto distinto del que yo recordaba: vestía un impecable traje de chaqueta cruzada, bajo la cual, se adivinaba la abultada presencia de su arma reglamentaria y, su conversación, aparecía huérfana de algunos de los tópicos y frases, que habían modelado la imagen, que, yo, recordaba de él. Sin embargo, aquello, no fue más que un espejismo, que terminó desvaneciéndose, a lo largo del día.
A medida que transcurrían horas y copas y, el momento de llevarse al alemán hasta Madrid se acercaba, se planteó la conveniencia de aplazar el traslado par el día siguiente y prolongar nuestra “juerga” durante el resto de la jornada. Y, entonces, reapareció Ernesto…
En contra de la opinión de todos y, sobre todo, de su compañero, se impuso la más peregrina del “cumplimiento del deber, por encima de cualquier otra” y la imperiosa necesidad imperiosa de llevar a cabo la misión encomendada, según nos dijo, subrayando con énfasis la frase. Después, prolongamos la tarde, discutiendo esa disyuntiva en una especie de bodega, ubicada en la calle La Regente, frecuentada por mi cuñado y, desde allí, se decidió, por fin, iniciar la marcha hacia la comisaría para recoger al preso, con la premura que nos imponía la proximidad de su partida en del expreso Costa del Sol. El resto de esta historia- historia fue que, no, invención- bien podría encuadrarse en el guión tragicómico de una película italiana.
Emprendimos la marcha hacia el llamado palacio de aduanas, en el coche de Manolo y, desde ese sitio, Ernesto, su compañero y el detenido se dirigieron en dos automóviles de la policía, a la estación de la Renfe, abriéndose paso, mediante las sirenas. Detrás, mi hermana, mi cuñado y yo, seguimos la comitiva, decididos a no perdernos el desenlace de la aventura. Y, de esa forma rocambolesca, aparecimos por el anden, formando un variopinto e irrepetible grupo. Conocimos al reo, que, aunque, tal vez, no fuese marinero, si era “de nombre extranjero y alto y rubio, como la cerveza”. Pero la noche no había terminado ni, tampoco, las discusiones; todavía, quedaba algo de tiempo para tomar una última copa en la cantina.
Ernesto dijo que sus principios no le permitían beber con un hombre esposado y, por encima del parecer de su compañero, prevaleció el suyo; el preso quiso pagar la consumición, cosa que no se le permitió y, los camareros, fueron los atónitos testigos de una escena que, finalmente, terminó con la salida apresurada hacia el tren, mientras, mi hermana, se despedía del alemán, deseándole la mejor suerte del mundo, aunque, quizás, no comprendiera nuestro idioma.
Después, el tren partió hacia su destino y, con él, los insólitos protagonistas de una insólita historia. Nosotros, consumimos el resto de la noche, sentados en la terraza de una cafetería, comentándola. De Ernesto, nunca he vuelto a tener noticias.
Antequera había quedado fuera, casi totalmente, de mi vida, aunque, alguna vez, me desplacé a esa ciudad con mis padres, y tuve ocasión de departir algunas horas con los antiguos amigos de mi barrio de la Alameda, en el que había transcurrido mi última época en esa ciudad. Esporádicamente, también encontraba alguno de los componentes de mi pandilla de Torrox, bien en Málaga o, también, durante mis veraneos en la costa. Pero los que desparecieron, para siempre, fueron los compañeros de pensión en la capital o los de la Escuela de Peritos.
Pero, otras circunstancias, tanto en el aspecto familiar como en el laboral, fueron cambiando mis costumbres, adaptándome a ellas, como no podía ser de otra forma:
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El nacimiento de Cristina me obligó a buscar una vivienda más amplia, que me permitiera cubrir las necesidades, que nos imponía una familia, ya numerosa. Durante algún tiempo, estuve buceando por los periódicos locales-todavía, no existía Internet-, sin encontrar nada de lo que yo quería, encontrándolo, finalmente, dentro del entorno de mi trabajo:
Manolo Álvarez, un ingeniero de Citesa, al que, ya, he mencionado en otras páginas, me ofreció, en régimen de alquiler, un piso en la avenida de Andalucía y, hasta allí, me trasladé, con familia y enseres, para iniciar una nueva andadura, que, en la actualidad, se prolonga, aunque, desde hace años, lo hago en condición de propietario de la casa.
En esa calle, vivían - aún lo hacen- algunos compañeros de Citesa como Rafael Aguilar, José Manuel Cabello, Miguel Ángel Bárcenas y José Luis Pérez González. Pero, aunque no lo supe, hasta algunos años más tarde, también tenía otro vecino: Paco Fernández Medina, que, desde Utrera, venía, cada verano, a Torrox y formaba parte de aquella pandilla de nuestra niñez; no lo veía desde su boda en Málaga. Ahora, recordamos, mientras paseamos, durante las mañanas soleadas de algún fin de semana, recordando aquellos tiempos entrañables del viejo autobús de Julio; la, por entonces, desierta playa de Ferrara y la larga baranda gris y los bancos de madera verde, que se enclavaban sobre el cemento gris de la plaza.
Al principio, esa parte de la avenida, estaba semidesnuda de locales comerciales y- lo que era un hecho insólito en Málaga- de cualquier establecimiento de hostelería. Tampoco sufríamos una excesiva afluencia de vehículos, lo que me permitía el lujo de aparcar, sin la necesidad de utilizar el garaje del edificio. Por otra parte, la calle no gozaba de demasiada presencia de peatones, en contraposición con el populoso barrio de Gamarra, del que nosotros, procedíamos. Quizás por eso, al volver de mi trabajo, donde pasaba la mayor parte de la jornada, me quedaba en la casa, que abandonaba, cada día, a primeras horas de la mañana.
Los fines de semana, abandonábamos el barrio, para comer en cualquier venta, de las muchas que hay por la carretera de los montes o del Puerto de la torre. En otras ocasiones, nos llegábamos hasta un chiringuito de la costa de Torrox, del que éramos habituales clientes, durante cada año por vacaciones. Y, en la tarde de los domingos, solíamos reunirnos con Rafael Vertedor, Paco Assiego y Adolfo Herranz, para ver el partido de futbol, en la casa que por turno tocara, donde, el anfitrión, estaba obligado a preparar una merienda-cena obligada.
Con el transcurso de lo años, la fisonomía de Avenida de Andalucía fue cambiando y, numerosas oficinas y otros establecimientos, fueron apareciendo; las nuevas autovías, convirtieron a esta arteria en paso obligado hacia la costa y otros lugares, con lo que, desde entonces, podemos “disfrutar” del ruido y, encontrar algún sitio en el que el dejar el coche, se ha convertido en una aventura imposible.
Un antiguo bailaor, que había emigrado a Sudamérica, abrió, debajo de mi casa, el primer bar de la calle: “el Cóndor”.
Su dueño, que se hacía llamar Rafael de Córdoba- nada tenía que ver con otro del mismo apelativo, pero de más fama- lo había dotado con una decoración más propia de un piano bar, aunque no existía ningún aditamento que pudiera acreditar este nombre, aunque, si, con la enorme figura de ese pájaro andino, colgando del techo del salón y de unas auténticas cabezas reducidas por los jíbaros, que reposaban sobre una de la las repisas.
Yo acostumbraba a recalar, por allí, a la vuelta de Citesa, para disfrutar de la paz que me proporcionaba ese lugar, mientras tomaba una copa, antes de subir a casa y, en ese rito que terminó convirtiéndose en obligado, algunas veces, me acompañaban otros amigos y compañeros de trabajo, como Rafael Aguilar, Miguel Galacho y Florencio Ríos Miranda. Sólo yo y contados vecinos de la casa, como el mencionado Rafael, Joaquín (hoy desaparecido) y Antonio Casaus, paisano mío de Antequera, éramos los contados clientes de entonces y, el bar terminado cerrando.
Hoy, después de notables modificaciones, persiste, con el nombre de Bar Victoria y con el ambiente más bullicioso que, la evolución de la zona le ha proporcionado.
Otras cosas, fueron cambiando, tanto en Málaga como en la fábrica y, desde luego, en el país. No quiero caer en la tentación de contarlas, por ser suficientemente conocidas y patentes, pero no puedo resistirme a la necesidad de detenerme en algunas aquellas que, en mayor o menor medida, supusieron un cierto giro en nuestras vidas y dejar mi opinión, sobre las mismas.
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Aunque la geografía de España no había cambiado ni un ápice, la nueva Constitución sí cambió su mapa político con el surgimiento de las autonomías, lo que echó por tierra todo lo que, yo, había aprendido de la división del país en regiones y hasta del nombre de algunas ciudades:
En lugar de las dos castillas- la Nueva y la Vieja de entonces- surgieron Castilla y León y Castilla la Mancha; Murcia se quedó huérfana de Albacete; Madrid ascendió de su categoría de capital y provincia a la de región autónoma y, el nombre de La Coruña, debía sustituirse por el A Coruña o decirse Ourense, en lugar de Orense y, los nombres de algunas localidades vascas, ni siquiera me atrevo a escribirlos, por no incurrir en lesa ignorancia de bilingüismo. Algunas partes del país, como Andalucía, quedaron intactas, con lo que no quiero decir que, por eso, les fuera mejor. ¿O, tal vez, les fue peor? La verdad es que no lo se.
Pero, aparte de demarcaciones y semántica, se multiplicaron los parlamentos y, en consecuencia, los cargos públicos. Yo ni comprendí, ni lo hago ahora, las ventajas de todo esto. Quizás, por ser condescendiente, tenga que admitir un aumento del empleo, pero me cuesta suponer que, muchos de los nuevos puestos de trabajo, aporten algún incremento al PIB del país, sobre todo, los de más alta remuneración.
También se amplió la oferta de televisión, hasta entonces limitada a la cadena estatal, y, con ello, apareció la necesidad del mando a distancia, para evitar continuados desplazamientos, desde el sofá hasta los mandos del televisor y prevenir posibles lumbagias. Las nuevas cadenas, tuvieron sus pros y sus contras: el aumento de los cortes publicitarios, por una parte, y la ventaja de ir al baño, sin perderse el hilo de la emisión, gracias a ellos.
Poco a poco, aparecieron los llamados “programas del corazón”, acaparados por algunos personajes de la sociedad que, al menos para mi, no despiertan la menor atención o los reality, escaparate de absurdos personajes, sin interés alguno, pero con ambiciones de protagonismo. Por otro lado, los sucesos más luctuosos que suceden ahora, aunque es probable que, también, sucedieran en el pasado, empezaron a acaparar tertulias y teledíarios: no consigo olvidarme del lamentable espectáculo, que dirigió la presentadora de una cadena privada en el año 1992, sobre el crimen de unas niñas en Alcácer; algunas de las novedades que se iban produciendo, en el transcurso del mismo, llegaban a producir el aplauso del público asistente. Cuando escribo estas líneas, el eje de cualquier telediario gira alrededor de la muerte de otra adolescente.
Y no quiero pasar por alto el resurgir, en los espacios publicitarios dedicados a la incitación al consumo, de unos antiguos personajes: los nuevos charlatanes. Estos pretenden animarte a la compra de diversos productos, con frases similares a los que, antaño, te animaban a la adquisición de algún milagroso crece pelo.
-Y, si llama hoy mismo, le ofrecemos dos, por el increíble precio que aparece en pantalla.
Los nuevos gobiernos fueron modificando el sistema de educación, aunque, esta, no se pueda considerar una costumbre exclusiva de la democracia y, una serie de siglas, de difícil recuerdo, fueron dando nombre a las distintas etapas de la enseñanza. Pero, dejando esto al margen de una pura anécdota, ¿se ha producido una mejora de la nuestra formación? Yo creo que no:
En ciencias, tanto en la puras como en las aplicadas, tal vez, sí. Pero, otras materias, como historia, literatura, arte, filosofía y, hasta, si me apuran, la geografía, parecen quedar relegadas a un segundo plano. Y, esto, no es ninguna falacia: Algunos jóvenes, incluso los, ya, titulados, escriben con faltas de ortografía y no les preguntéis, por citar algunos ejemplos, sobre el papel en la historia delos Reyes Católicos, don Rodrigo o Almanzor; por la obra de Góngora, Calderón, Lope de Vega, Zorrilla, Quevedo o García Lorca o por la pintura de Velázquez, Goya, el Greco o Murillo. Ni siquiera sepan, tal vez, cual es el nombre del río más largo de España, ni, tampoco, donde nace, por donde pasa y a donde muere.
Y, a pesar de todo lo anterior, sigo pensando que Jorge Manrique no llevaba razón…

miércoles, 24 de diciembre de 2008

DURANTE LA TRANSICION

La década de los setenta fue protagonista de una de las etapas más cruciales de la historia reciente de España y que, hoy, conocemos como el periodo de la transición; un periodo jalonado, por una sucesión de hitos, que están, supongo, en el recuerdo de todos nosotros:
Las elecciones generales de 1977 registraron una alta participación de votantes, ávidos e ilusionados de democracia y libertad, aunque también confusos- al menos, yo lo creo así- ante el amplio espectro de partidos políticos, que concurrieron a las mismas. Hoy, muchos de esas opciones han desaparecido y, salvo los llamados partidos nacionalistas, han desembocado en un casi bipartidismo, habitual de muchas democracias.
Un año después, vio la luz nueva constitución, aprobada, primero, por las cortes y, luego, en referéndum por amplia mayoría, aunque sólo leída por muchos menos, en mi opinión.
Y España dejó de ser “una”, multiplicándose por diecisiete con el nacimiento de las autonomías, aunque siguió igual de “grande” y, sobre todo, ahora, era realmente “libre”. Aunque el 23 de Febrero de 1981 unos cuantos, tal vez nostálgicos de aquel lema del escudo de Franco, quisieron quitarnos esa libertad.
A través del prisma que me proporcionaba Citesa, donde transcurría una buena parte de mi actividad, la no despreciable cuota que su colectivo aportaba a la sociedad española me aportaba una visión de los cambios que, tanto en actitudes como en costumbres, se iban produciendo en el país:
Además de los nuevos sindicatos, en sustitución del antiguo jurado de empresa, afloraron numerosas personas- “de izquierdas de toda la vida”- que, hasta entonces, o permanecieron ocultas o, tal vez, ahora, se subían a la nueva corriente en boga. Quizás por revanchismo hacia el pasado, todavía cercano, los conceptos de izquierdas y derechas habían cambiado totalmente: el término de “rojo” fue sustituido por el de progresista y, si alguien apostaba por los partidos de derechas, era calificado como “facha” o “carca”, aunque no fuera afín a la dictadura. Aunque, de estos, también los había- todavía existen-, dentro de los llamados guerrilleros de Cristo Rey y otras facciones.
¿Y yo? ¿De que corriente era partidario yo? Ni lo sabían entonces, ni, probablemente, lo se ahora. Pero, tampoco, me escudaré en el caparazón de apolítico, en que muchos se refugian para evitar comprometerse: nadie puede ser ajeno a la política, cuando se forma parte de un reparto, singular y multitudinario, en una obra, dirigida por políticos, precisamente elegidos por nosotros. Sin embargo, tengo que confesar que me muevo más por la gestión de ellos, que por su ideología-todas tienen, a mi entender, sus luces y sus sombras- y, en función de eso, he votado por unos u otros. A fin de cuentas, en este nuevo sistema, en que vivimos, su permanencia en el poder tiene un límite de caducidad y, nosotros, la posibilidad de mover los hilos de la tramoya, al menos cada cuatro años. Tal vez en eso, resida lo más esencial de la democracia.
Definitivamente, no me considero, ni de izquierdas, ni de derechas. Pero tengo que confesar una cierta animadversión hacia la demagogia, en la que algunos políticos incurren, lo que, a fin de cuentas, utilizando esa argucia, para engañar al sector más llano del electorado, todavía resentido con el recuerdo de una época, ya superada, y conseguir su favor en las urnas.
Por aquel tiempo, yo trabajaba en Ingeniería Industrial y tenía, en otras, la responsabilidad del sistema de primas a la producción, por lo que, en cierta forma, estaba en el bando contrario al de los enlaces sindicales. Quizás por eso, se me identificaba de alguna forma como alguien más afín a la derecha. Sin embargo, mi relación con aquellos- al menos con los que anteponían el dialogo inteligente a la sinrazón- tengo que considerarlas como buenas. Desde aquí, quiero recordar a Fuencisla, que militaba en uno de los muchos partidos políticos-Bandera Roja creo que era su nombre-, hoy desaparecidos, y que no he vuelto a ver desde entonces y a Salvador Fernández de CCOO, que fue secretario del comité de empresa, con el que me he encontrado en una par de ocasiones y hasta nos hemos tomado una copa juntos.
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Yo también tuve mi particular transición:
Durante lo veranos de aquellos años, mi afición por la playa seguía imperecedera y me trasladaba alguno sábados o domingos a cualquiera de la muchas playas, más o menos cercanas, en el viejo coche, pero no era lo mismo: El regreso hacia Málaga, con el traje de baño, aún húmedo e impregnado de salitre, se me hacía penoso. Por esa razón, planifiqué mis vacaciones de Agosto hacia el mismo sitio, que tanto quise antes, donde me reencontré con un paisaje cambiado y masificado pero, también, descubrí algunos amigos, que, todavía, permanecen en los más entrañables rincones del recuerdo.
Un compañero de trabajo, Pepe Cotilla, me hablo de una finca (Santa Rosa), entre el Morche y el cruce de de Conejito con Torrox, que había sido remodelada en apartamentos de alquiler, y, en uno de ellos, pasamos las vacaciones de Agosto, durante dos años.
Pepe Cotilla trabajaba en Citesa, lo mismo que su mujer Pili- desgraciadamente, ella nos ha abandonado hace unos días- y pasaban, también, sus vacaciones en una casa, situada en la misma finca, donde vivía su padre y trabajaba como capatazaz de la misma. A partir de entonces, Pepe paso, de ser un compañero de trabajo, a ser un amigo, con el que pude pasar, junto a él y algunos de sus allegados, muchos ratos inolvidables.
Pasábamos la mañana en la playa o en la piscina-realmente, era una gran alberca para el regadío-, mientras Pepe se dedicaba a su gran afición, que no era otra- como sigue siendo-en el campo, matando el gusanillo en unos palmos de terrenos, que tenían entre Torrox y Nerja.
Atada con una correa, al borde la piscina, estaba Tula… Tula era una perra, de tamaño mediano y trazas de alguna raza cazadora, que tenía una especial predilección por mi hijo Alejandro y al que, desde que aparecía por el camino de acceso a la casa, con su gorrilla siempre al revés, saludaba con sonoros y alegre ladridos.
Al caer la tarde, junto con Pepe, su mujer y sus hermanas y cuñados, integrábamos una pandilla, que, después de dejar a David y Alejandro en la casa de sus “nuevos abuelos”, nos desplazábamos a cenar en algún pueblo de la comarca, como Salayonga, Frigiliana o Cómpeta; al merendero de Lagos o a una venta en la carretera de Algarrobo.
Después de dos años, abandoné ese lugar, como residencia de las vacaciones, para cambiarla por un apartamento de una urbanización (Torcasol), ubicada en primera línea de playa, justo enfrente de Santa Rosa, a la que acudía cada año, por Agosto, hasta que dejé de hacerlo en 1992, justo el año en que terminó mi estancia en Citesa. Entonces, la familia ya se había incrementado con Cristina y, además, o tal vez por eso, habíamos dejado nuestro primer piso de Málaga por otro mayor, en la Avenida de Andalucía, donde vivo actualmente.
La mayoría de de personas que pasaban el verano en esa urbanización procedían de Córdoba y, otros, de Alemania. Recuerdo, de estos últimos que pasaban la mayoría del tiempo bebiendo considerables cantidades de cerveza y brandy en alguno de los chiringuitos, que abandonaban, de vez en cuando, para refrescarse con alguna zambullida en el mar. Pero yo seguí frecuentando, después de la playa, el trato con mi antigua pandilla y haciendo las mismas excursiones por los mismos lugares de antes.
A lo largo de esos años, mis hijos habían crecido y, a bordo de una barca neumática, que teníamos, se alejaban en el mar y buceaban, tratando de sorprender y arponear alguna presa, mientras los demás nos quedábamos contemplado sus peripecias, sentados sobre una toalla en la arena caliente o sumergidos en el agua, desde una distancia prudencial a la orilla.
Pepe Cotilla, que también había abandonado Santa Rosa, pasaba el verano en una casa, que, que tenía en el Morche y, allí, pasábamos las primeras horas de la tarde jugando al póquer y planificando el plan de la noche. El grupo se había incrementado, por esos años, con la presencia de Antonio Lozano y su mujer y, esporádicamente, con otros compañeros del trabajo en Málaga.
Pero siempre rompía mi rutina, al menos una o dos veces, para subir a Torrox y visitar a mis tíos o acercarme a otra urbanización, en el mismo cruce de Conejito, donde mi prima Margarita tenía una tienda y una apartamento en uno de sus bloques. Tanto la playa como el pueblo habían cambiado, notablemente su fisonomía, pero, la visión de este último, me seguía produciendo la sensación agridulce de la añoranza a los pasados veranos de mi niñez. Y, allí, sentado alguno de sus balcones, observaba la nueva plaza, mientras charlaba con mi tía Margarita, que me recordaba algunos pasajes de mis antiguos veraneos.

viernes, 24 de octubre de 2008

FINAL DE LA SOLTERIA Y DE LA DICTADURA

Contraje matrimonio una tarde de Octubre de 1970 en una Iglesia malagueña, con la asistencia de la familia y algunos amigos y compañeros. Esa ceremonia y una cena, sencilla e íntima, en un conocido restaurante del Paseo Marítimo, constituyeron todos los fastos de una boda, que, después, se completarían con una luna de miel, también diferente a la que, la moda y las costumbres, imponían.
Yo nunca fui partidario de los viajes organizados, que sacrifican muchas libertades en aras de una estricta planificación y las encorsetan en estrictos horarios. Por eso, unos días después, hicimos las maletas y, a bordo del “seiscientos”, nos pusimos en la carretera, sin marcarnos ningún objetivo final, que no fuera el que nos impusieran el tiempo y el dinero disponibles, así como las ganas de continuarlo o terminarlo.
La necesidad de alojarse o comer fue marcando los intervalos entre etapa y etapa y, de esa forma, recorrimos la costa oriental, por las provincias de Almería, Granada, Murcia y Alicante, llegando a Benidorm, desde donde emprendimos el regreso. Entonces, abandonamos la costa y nos aventuramos por el interior hasta la capital granadina, para, desde allí, bajar hasta Motril y encontrar, de nuevo, el mar.
Los últimos días- como no podía ser de otra forma- los consumimos en Torrox, con mis tíos y mi prima Margarita y su marido Salvador, dando fin a nuestro pequeño periplo para, finalmente, regresar a nuestra apenas estrenada casa de Málaga; un piso pequeño de alquiler, por la zona de Eugenio Gros, en el que permanecimos los primeros siete años y donde, también, discurrieron los primeros de la vida de nuestros hijos David y Alejandro.
Mi nueva condición de padre fue, para mí, lo más importante de aquella época. Pero, durante esos años, otros acontecimientos, al margen de lo anterior, producirían cambios radicales en todo el país y proporcionarían una fisonomía del mismo, distinta a la que, durante mis primeros cuarenta años, yo había conocido. Su recuerdo, necesariamente, tiene que constituir un punto de inflexión en este blog, que, nunca, pretenderá contar unos hechos, ya escritos y recordados hasta la saciedad, sino, simplemente, reseñarlos.
Sin embargo y sin abandonar el eje principal de mí relato, que no es otro que mi propia historia, tengo que ensanchar el círculo en que se ha desenvuelto - hasta ahora estuvo limitado al entorno, más cercano, de familiares y amigos- para continuarlo por otro más amplio y compartirlo con los nuevas personas, circunstancias y costumbres, que, éste, proporcionaría.
Al principio, la vida política del país seguía siendo una imagen fija, congelada desde hace años, de la que sólo habíamos tenido noticias, primero, a través del NODO y, después, nos la servía una Televisión, todavía joven, con la repetitiva aparición de Franco y sus ministros, bajo el telón de fondo de los símbolos de la dictadura, en los que, por entonces, figuraba la leyenda de “una grande libre”. Nunca comprendí el significado de esas tres palabras, pero sí que representaban una mentira a medias: España era, desde luego, una; no era grande, ni en el sentido peyorativo, ni en ningún otro; pero, sobre todo, carecía de la libertad, que sólo la democracia puede dar a un país.
En un escenario, inamovible desde casi cuarenta años, unos protagonistas, también invariables, seguían representando una escena, digna de ser encuadrada en el género de la pantomima, que, sin embargo, era seguida y plasmada por los medios de comunicación, naturalmente afines al régimen, pero que, para la mayoría, aunque la soportaba, resultaba aburrida y no era tema de conversación habitual, al menos en mis círculos más cercanos. Sin embargo, durante esos años, algunos hechos vinieron a romper esa “plácida” monotonía.
El conocimiento de los mismos, debidamente matizados a través de prensa y televisión, no me permitieron tener una opinión clara de los mismos. Pero por el eco, que de ellos se hizo en los medios extranjeros y, también, en algunas esferas dentro del país, junto a nuestro aislamiento político y la avanzada edad del general, me pareció que, tal vez, serían el canto del cisne del franquismo:
-En el año 1968, se produjeron los primeros atentados de ETA contra miembros de la gobernación; lo que daría lugar a decretar el estado de excepción en Guipúzcoa y, posteriormente, al llamado proceso de Burgos, en 1970. Este proceso, militar y sumarísimo, que incluía la petición de penas de muerte, levantó el rechazo, no solamente en Europa sino, también, en España. A mi, particularmente, se me quedó grabada la imagen del primer ministro sueco Olof Palme, con una hucha en la mano, tratando de recolectar fondos, para oponerse al mismo.
-Un año después, el territorio de Ifni fue cedido a Marruecos. Y, aunque yo hice allí mi servicio militar, la perdida de un terreno estéril, donde, únicamente, algunas parcelas de cebada rompían de pálido verde un paisaje pedregoso y lleno de cactus, no me produjo ninguna sensación de añoranza y sí, por el contrario, la certeza de que se habían eliminado los gastos de algo, que no servía para nada.
- En 1973, ETA reapareció en el atentado, que hizo volar por los aires el coche, donde viajaba el entonces presidente del gobierno Luis Carrero Blanco que, junto con otras dos personas, perdió la vida y condujo al nombramiento del último presidente de Franco: Carlos Arias Salgado, de cuya presidencia, en un gobierno, que ya agonizaba junto al general, poco hay que recordar, tanto por la brevedad de su mandato como por la escasa relevancia que los regímenes dictatoriales permiten. A Arias Salgado, sin embargo, se le recordaba más por su actuación represiva, durante la postguerra, que le hizo acreedor del apelativo de “verdugo de Málaga”.
-Dos años más tarde, mientas Franco consumía los últimos y ocultos días de su vida, se produjo la llamada “marcha verde” sobre el Sahara Español y, con ella, el final de los únicos vestigios que quedaban del antiguo imperio español. Y, finalmente, el 20 de Noviembre de ese mismo año, se produjo la muerte del del general.
La muerte, que no suele ser un hecho extraordinario, por habitual y cotidiano, lo fue entonces y, yo creo, que produjo sentimientos opuestos en las dos Españas que, todavía, quedaban, como consecuencia de la guerra civil; una guerra, que, por mi edad, no me había dejado séquela alguna y, tampoco-al menos, yo no lo recuerdo-, la dejó en mi entorno familiar. Tal vez por eso, yo no sentía una especial animadversión hacia el general, aunque, tampoco, admiración alguna. Por eso, su muerte no me produjo sensación alguna de dolor o alegría, pero si la de que, naturalmente, no era una muerte cualquiera, por lo que podía representar en la evolución de la historia de España y, por lo tanto, en la mía y mis hijos, por lo que sí aparecerían otros dos sentimientos, igualmente controvertidos, de inquietud y esperanza: la continuación de la dictadura o el principio de la democracia.
Viví los días inmediatos, a través de la prensa y, sobre todo, de las imágenes en blanco y negro de televisión:
Un innumerable desfile de personas, por la capilla ardiente de Franco, me produjo una cierta duda sobre la voluntad de que los españoles quisieran enterrar, con él, una etapa de 40 años de la reciente historia de España. Pero, al mismo tiempo, también pensaba y, sobre todo, deseaba, que sólo podían representar una minoría, frente a los que, como yo, se limitaban a esperar, siguiendo la noticia y esperando acontecimientos.
Dos días después, el 22 de Noviembre, el, hasta entonces, príncipe, fue proclamado como Rey de España, con el nombre de Juan Carlos I. Su discurso y, sobre todo, su juramento a las leyes del Movimiento, no me hacían albergar, precisamente, demasiadas esperanzas de cambio. Esa inquietud era avivada por el natural desconocimiento, que yo, como la mayoría de los españoles, tenía de Don Juan Carlos y sus ideas.
Don Juan Carlos comenzó su reinado con el gobierno, que todavía presidía Carlos Arias Salgado, pero que, en 1976, presentaría su dimisión, para ser sustituido por Adolfo Suarez; una persona que había ejercido la política, durante el franquismo. De forma que, mis temores, continuaron.
Yo no podía saber, entonces, que, tanto la jefatura del Estado como la del Gobierno, serían encarnadas por los que, tal vez, serían los principales artífices del cambio hacia la democracia.
Estas sólo pretenden ser la impresión, que dejaron estos dos años en mi propia vivencia y que dieron lugar a la llamada transición, que no voy a relatar, por ser suficientemente conocidas.

lunes, 18 de agosto de 2008

MALAGA DE SOLTERO

Mi vida en Málaga comenzó con el inicio de mis estudios en la Escuela de Peritos Industriales y trascurrió por distintas pensiones, durante esos años y, aún, se prolongó durante todo el tiempo, que duró mi soltería.
De mi época de estudiante, aunque mi recuerdo sea más extenso, solo narraré algunas cosas:
En mi primera pensión, que estaba en la calle San Agustín y se llamaba “Huéspedes la Zarzuela”, formaba parte de una pequeña y variopinta población, compuesta, por algunos empleados de banco y de Telefónica, un canónigo de la catedral y otros, pero, donde yo, era el único estudiante.
Este escenario o, tal vez, mi poca identificación con la carrera que estaba emprendiendo, quizás sea el motivo de mi escasa relación con los compañeros de estudios y que dedicara un mayor recuerdo a los de mi pensión.
Con, ellos, empecé a descubrir la vida de Málaga y a compararla, siempre de forma favorable, con la de Antequera, a donde seguía yendo por vacaciones, aunque, también, me escapaba, siempre que podía, a Torrox.
Me relacioné, preferentemente, con algunos de los que trabajaban en Telefónica, con los que me integré en un equipo de futbol, que habían formado, participando en varios partidos. También asistí, con ellos, a mis primeras fiestas –entonces, se llamaban guateques- y, con otras actividades, a ocupar el tiempo libre, que mis estudios me permitían.
Pero, mis inclinaciones de siempre, totalmente contrapuestas a lo que sería mi profesión, años más tarde, me hicieron establecer una gran amistad con uno de los huéspedes:
José María Colomer, que era catalán y bohemio, sin embargo, se había venido a Málaga, donde trabajaba, como actor, en algunos seriales de Radio Nacional, persiguiendo un amor, del que, nunca, supe si culminó de forma feliz o desagraciada. Con él, mejoré mi declamación y aprendí alguna poesía, que, nunca antes, había escuchado ni leído y que, luego, terminé incorporando a mi repertorio.
Y, con él, asistí a la representación de una obra de Pemán, donde tuve la ocasión de conocer, personalmente, a su autor.
Anduve por otras pensiones, donde conocí a otras personas, que no mencionaré, para no alargar esta historia y, tal vez, por no considerarlas demasiado relevantes. Hasta que, finalmente, terminé la carrera y, con ello, cerré esta etapa de mi vida.

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En el año 1962, comencé a trabajar en Citesa y, desde entonces, Málaga se convirtió en mi residencia habitual y, yo, pasé a engrosar su censo, del que sigo formando parte.
Sobre mi vida laboral, ya he escrito, suficientemente, como aportación en un blog, que existe sobre CITESA, por lo que no lo repetiré, aquí.
Solo he querido traer, en el enlace que figura al final, el capítulo dedicado a Sidi Ifni, cuyo final puede servir para conectar con la continuación de este capítulo.
A la vuelta de África, volví a Antequera, solo por unos días, para reintegrarme, después, a mi trabajo y, ya, de forma casi definitiva, a Málaga, donde conocí, por medio de mi hermana y mi cuñado Manolo, a un personaje peculiar, con el compartí, algunos años, pensión, amistad y algunas peripecias.
Ernesto era de Sevilla y trabajaba de agente de seguros, aunque, realmente, aspiraba a entrar en el cuerpo de policía, lo que consiguió algunos años, después de abandonar Málaga y de casarse.
Con él, viví en una pensión por los alrededores de la Alameda y, más tarde, en un apartamento en el Paseo Marítimo. Ernesto había conocido, antes, a una persona muy relacionada con el ambiente taurino de Málaga, y, eso, había influido de alguna forma en su personalidad- quizás demasiado moldeable- y lo exteriorizaba, antes de tomar una decisión sobre cualquier cosa, en una frase, que, normalmente, no preludiaba nada bueno:
-¡Y que Dios reparta suerte!
Se había comprado un coche de segunda mano- un seiscientos azul y descapotable-, que nos permitía ampliar nuestras andanzas, hasta Torremolinos, Fuengirola o Marbella, durante los fines de semanas. El resto de la semana, frecuentábamos, en Málaga, una sala de fiestas del Paseo Marítimo (Pigall) y, a veces, la noche se hacía interminable.
Podría contar muchas de las situaciones, que viví con Ernesto, pero, sólo quiero dejar, aquí, la constancia y el recuerdo de uno de los mejores amigos, que tuve en mi vida de soltero en Málaga.
Mis padres, a la jubilación de él, se vinieron a vivir a Málaga, donde ya lo hacían mi hermana y su marido, por lo que, yo, dejé el apartamento y me fui, con ellos, con los que viví un tiempo, antes de casarme.
Entonces, mis vínculos, con Antequera, que nunca fueron excesivos, terminaron por romperse, definitivamente y, también, quedaron atrás una parte de mis costumbres.
Fuera del trabajo, mi vida se desarrollaba por la zona del Hospital Civil, donde vivía con mis padres y, también lo hacían mi hermana y mi cuñado Manolo.
Por aquél tiempo, me compré un coche, lo que, por ser el primero, constituyó un acontecimiento, hasta tal punto que es el único del que guardo recuerdos precisos:
Era un Seat 600, MA-67826, de color beige, con el que comencé a conducir, torpemente por la ciudad, ayudado por mi cuñado, hasta que hice mi primer desplazamiento largo a Torrox, como no podía ser de otra forma.
Ya tenía novia, entonces, y, eso, fue lo más trascendente de esos años, porque, finalmente, me casé con ella.
A partir de mi boda, no solo cambió mi vida, sino que, otros acontecimientos- ajenos a mi entorno y que ocurrieron años después- cambiaron la del resto de los españoles. Merece la pena, pues, dejar, todo esto, para futuros capítulos.

Mi estancia en Sidi Ifni: http://www.box.net/shared/4bpjljotcc

domingo, 13 de julio de 2008

PRIMEROS VERANOS EN TORROX


Mis vacaciones y Torrox son los dos términos de un binomio, presente durante el verano de muchos años, en dos etapas diferentes: una, en el pueblo; la otra, en algún apartamento de alquiler de su costa.
Ahora, al referirme a la primera, la contaré en clave de pasado, sobre un escenario y forma de vida, diferentes de los actuales.
Estos veranos, corresponden a una época posterior a la desaparición de mis abuelos. Pero, de algunas visitas, anteriores a su muerte, todavía, guardo, aunque sea de forma difusa, parte de su recuerdo.
Mis abuelos maternos dieron origen a una dinastía- dispersa por distintos puntos de nuestra geografía-, pero que, cada año, convergía en el pueblo, para pasar el verano, junto a los suyos.
No se si, por cierta proximidad geográfica o cualquier otra razón de afinidad, había un cierto dejo granadino en la forma de hablar de los torroxeños. Quizás, por esa razón, a mi abuelo le llamábamos “papaíco” Manuel y, a mi abuela, “mamaíca” Lola. Pero, para todas las personas del pueblo, él, era un hombre de gran relevancia y, ¡cuantas veces!, accedía alguien por la puerta de la calle, que nunca estaba cerrada, para consultar cualquier cosa, sobre la que pedir consejo a don Manuel.
Cuando llegábamos a su casa, yo me resistía al obligado protocolo de besarlo al y, aun, recuerdo, una frase, que, él, pronunciaba a modo de sentencia:
-¡Dejadlo! Me gustan los hombres libres.
A mis otros abuelos, creo no haberlos conocido, pero se que, ella, se llamaba Fuensanta y quedó ciega, por culpa de un glaucoma, según me dijo mi padre.
Los veranos de Torrox transcurrían en dos escenarios, separados por cuatro kilómetros y unidos por un viejo autobús: el pueblo y la playa, que, hoy, son distintos en su fisonomía, pero, sobre todo, en sus costumbres…
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La casa de mis abuelos estaba - y sigue estando, aunque totalmente reformada- en la calle Baltasar Márquez, junto a la plaza del pueblo y al Ayuntamiento. Del nombre de esta calle, siempre me despertó curiosidad su posible vinculación con nuestra familia. Pero, sólo unas memorias, escritas por un hermano de mi madre (Manuel Márquez Mira), parecen situar su origen en un primo lejano, que se fue a Méjico donde, según dicen, “hizo las Américas”.
A la muerte de sus padres, mi tía Margarita y mi tío Manolo siguieron viviendo en la misma, donde siempre lo habían hecho, y fueron nuestros anfitriones durante años, aunque, mi recuerdo y mi cariño hacia ellos, va mucho más lejos de esa circunstancia y formarán una parte, imprescindible y necesaria, de este relato. Su hija, que ya había nacido por entonces, completaba la familia pero, por razones de edad, compartía, en menor grado, la actividad del resto de mis primos y yo, en esa época. Finalmente, no puedo pasar por alto a un personaje singular, que ya vivía en la casa desde no se sabe cuando.
Era una mujer menuda, enteca de carnes, de baja estatura y edad indefinible, pero, al mismo tiempo, activa y nerviosa. Había ayudado, en vida de mis abuelos, a las tareas de la casa y, ahora, continuaba haciéndolo con mis tíos y, según decía, nos había visto nacer a todos. Su función en la casa, recibiría, hoy, recibiría el nombre de asistenta de hogar y, entonces, quizás otro. Pero, yo, no emplearé ningún apelativo, que no sea su nombre de pila, porque, Lolica, formaba, ya, parte de nuestra familia.
De la misma forma que nosotros, los otros hermanos de mi madre acudían, cada verano, al pueblo, junto a sus hijos y, el consiguiente problema de alojamiento, se resolvía en las viviendas de otra parte de nuestra familia: las de mis tías Ángeles y Ana María, que, según creo recordar, eran primas de ellos.
Mi tío Paco era registrador de la propiedad; actividad que desarrolló en diferentes localidades, aunque residía, de forma habitual, en Granada. Su trabajo, le permitía pasar, cada año, un largo verano en el pueblo.
En cambio, a mi tío Manuel, su puesto de dirigente en una multinacional, en Madrid, sólo le permitía algunas semanas de vacaciones.
Y, así, junto con otras familias, que concurrían, al pueblo, por razones similares a la nuestra, se formaba la escasa colonia veraniega del Torrox de aquellos tiempos.
La plaza- hoy de la Constitución- tenía la misma forma de pistola de ahora, pero estaba exenta de la frescura, el colorido y la concurrencia, de ahora. En su pavimento de cemento gris, algunos bancos de color verde, cuatro farolas y otras tantas acacias, formaban su único ornamento, mientras que, un asiento de piedra (la baranda), se extendía a todo lo largo del lado sur de su perímetro.
Además del Ayuntamiento, en la plaza, estaban las oficinas de Correos y de Telégrafos, el Registro de la Propiedad, donde trabajaba un sobrino de ni padre (mi primo Pepe) y el Café de Azuaga, más conocido por el casino. Las demás calles del pueblo confluían, allí, desde diferentes niveles, para completar el paisaje urbano, blanco y vertical, de Torrox.
Salvo en su situación, la casa de mis tíos es, ahora, diferente de la antigua y, si acaso, conserva el portón de la calle, como rasgo de su antigua identidad. Sin embargo, este relato me obliga a contar de aquella, lo poco que conservo en la memoria:
En la entrada, había dos habitaciones, de las que, una, servía de alcoba para Lolica y unas escaleras de mármol, por las que se accedía a la pieza principal de la casa: un comedor, con balcones hacia la plaza; una mesa, lo suficientemente larga para sentarnos a todos; un aparador antiguo y un par de mecedoras, con asiento y respaldo de mimbre. Una de las paredes, la cubría una pintura, realizada por mi padre, a modo de tapiz, que recreaba una escena bíblica. La cocina y el despacho de mi tío Manolo completaban esta planta.
La cocina era de las que, antes, se llamaban de hornilla y funcionaban con carbón, a golpe de soplillo. A falta de los electrodomésticos de hoy, la desnudez de las paredes se cubría con algunos peroles de cobre y, la ausencia de agua corriente, con un rústico mueble de madera, que servía para alojar los cantaros, que, cada día, traían los aguadores desde la fuente Correas, en las afueras del pueblo.
Del despacho de mi tío Manolo, solo recordaré un cuadro, que colgaba en una de sus paredes y que me inspiraba cierto recelo: era el retrato antiguo de un hombre -nunca supe quien fue- de apariencia severa y vestimenta oscura, que, a mí, se me antojaba de corte clerical. Desde cualquier ángulo, que lo miraras, sus ojos parecían devolverte la mirada, de forma inquisitiva. Y, esto, sucedía cada noche, porque era el paso obligado hacia los dormitorios, que estaban en la segunda planta.
Como ya habrá adivinado cualquiera que me lea, no hay que describir ningún cuarto de baño; una jofaina y una jarra con agua, en la alcoba, y un wáter rudimentario, en un estrecho patinillo, suplían su ausencia.
Cada mañana, me despertaba el paso de los rebaños de cabras por la plaza. Yo lo percibía, en esos momentos de duermevela, como un murmullo de pisadas sordas y sin estridencias, solo roto por esporádicos sonidos de cencerros y las voces de los pastores, que se detenían, en cada casa, para vender la leche, recién ordeñada.
Mi jornada, en Torrox, transcurría, en su mayor parte, fuera de casa y la compartía, casi de forma asidua, con mi primo Paco. Junto con él y otros muchachos, que, también, venían cada año, formábamos nuestra pandilla. Mientras, mi hermana y el reto de nuestros primos, formaban un grupo aparte, por razones obvias de edad.
Por la mañana, solíamos abandonar la plaza, por la calle Baltasar Márquez, hasta el final de la misma y llegar al paseo Moreas, donde, de forma casi repentina, se pasaba, desde la estrechez de la calle, a un espacio abierto y luminoso:
Hacia el sur, se podía contemplar un paisaje, verde y fresco, deslizándose en bancales de cultivos, por una pendiente suave, hasta la costa, donde, el mar dibujaba la línea del horizonte, sin edificios que la rompieran. Desde allí, tratábamos de adivinar el estado de la mar, por el cariz, que presentaba en la distancia.
Este paseo, que se prolongaba hasta la carreta de Cómpeta- hoy, hacia la nueva autovía-, es, realmente, una cornisa de la ladera del monte, donde se asienta el pueblo. Desde allí, volviendo la vista al norte, podíamos ver otros montes, salpicados de blanco por algunos cortijos y, mas lejos, los picos de una sierra, detrás de la cual, suponíamos que comenzaban las tierras de Granada.
Algunas veces, nuestra predicción meteorológica- normalmente, optimista- se veía chafada por las noticias, que traía Lolica, a la vuelta del mercado.
-Hoy tiene que estar la mar por las nubes. No hay ni “mijita de pescao”.
Pero, en la mayoría de las ocasiones, cogíamos bañador y toalla y bajábamos, desde la plaza, por la Calzada, hasta la parada del autobús.
Era el autobús de las doce y, la mayoría de sus pasajeros, la formaba los que íbamos de playa, que, entonces, no éramos muchos. Los menos, continuaban viaje a Nerja, Torre del Mar, Vélez, o Málaga. Mi hermana pagaba al conductor, tanto su billete como el mío y, esta rutina, la traigo a colación, para recordar una anécdota, de la que, todavía, nos reímos al recordarla.
-Julio, mi “guarri” y yo- decía, deforma invariable, al darle el dinero.
Y, él, le contestó, un día, que andaba mal de cambio:
-A la “guarri” me pagas, Lolita.
********
Desde el cruce de Conejito, donde nos dejaba el autobús, íbamos hacia el mar, por un estrecho camino agropecuario, bordeado por algunos cañaverales, después de dejar, atrás, la venta de Pepe el chico y la casa del veterinario, hasta llegar a la playa de Ferrara.
Entonces, era una playa desierta y, nosotros, sus únicos pobladores, junto con algún visitante ocasional. No existían chiringuitos, ni duchas, ni bloques de apartamentos y, sólo el faro, emergía sobre las rocas de un acantilado, como la única construcción del entorno. Hacia poniente, se adivinaba la presencia de Torre del Mar, aunque poco patente, aún, por su incipiente desarrollo. Y, por la parte de poniente, la vista podía extenderse hasta los acantilados de Nerja y Maro.
Ni siquiera llevábamos sombrillas; solo el traje de baño- puesto de antemano- y las toallas, con que secarnos y tendernos sobre la arena, donde, tampoco, había tumbonas. El bañador de las mujeres era, en aquellos años, casi un vestido, con falda hasta las rodillas, que, necesariamente, tenía que se molesto, después de quedar empapado de agua salada.
En los primeros años, mis inmersiones en el mar no pasaban de la orilla. Pero, con el tiempo, aprendí a nadar, aunque con un estilo rudimentario y, eso, me permitía salvar el rompeolas y llegar hasta el banco de arena, donde el agua adquiría una mayor transparencia, para bucear y descubrir el zigzagueo veloz de algunos peces.
Nuestra permanencia, en la playa, no era larga, porque, la necesidad de regresar al pueblo, en el mismo autobús, nos obligaba a reemprender, pronto, la marcha hasta el cruce, añadiendo el polvo del camino al salitre acumulado sobre la piel. De esta guisa, llegábamos hasta la venta de Pepe, donde esperábamos, bebiendo algún refresco, el momento de la salida hacia el pueblo.
Entonces, el autobús emprendía una marcha, razonablemente ligera al principio, pero, renqueante y lenta, al abordar las cuestas de la rabitilla, donde, algunas veces, claudicaba y, después de algunos intentos infructuosos, Julio, empapado de sudor, emitía veredicto, con su voz ronca.
-Señores: ¡hasta aquí hemos llegado!
Entonces, terminábamos, a pie, el regreso al pueblo, por algunos atajos que conocíamos, para llegar, bien pasadas las cuatro de la tarde, a la plaza, en la que irrumpíamos como un ejército derrotado y sediento.
-¡Ya están aquí los bañistas!- decía la tía Margarita, para aprestar a Lolica en la cocina.
Y, después de medio asearnos, nos sentábamos a comer, con más hambre que apetito, junto ella y el tío Manolo. De éste, recuerdo su costumbre de picar, siempre, en el plato de los demás, tanto, si su comida fuese o no, la misma, que la nuestra.
Mi tía, que siempre me encontraba desmejorado, a mi llegada, desde Antequera, me atiborraba con montañas de patatas fritas, para acompañar la carne o el pescado. Y, el efecto, no tardaba en producirse, a los pocos días, según su propia conclusión:
-Antoñito; ya estas más repuesto.
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Las primeras horas de la tarde las pasaba, junto a mi primo Paquito, en un kiosco de golosinas, donde nos cobijábamos del sol, que caía, implacable, sobre la plaza, casi desierta. Manolo Parchipé- su propietario- liaba, constantemente, cigarrillos, para su venta, mientras participaba, con nosotros, en una apretada tertulia.
Desde fuera, solo llegaba el ruido de las fichas de dominó, sobre las mesas del casino; el sonido, chirriante, del vapor, al escapar de la cafetera y las campanadas del reloj de la iglesia.
Pasada la calina, solíamos reunirnos, con el resto de la pandilla, en alguno de los bancos o sentados en la baranda. Otras veces, emprendíamos pequeñas excursiones, a las que se unían mi hermana y el resto de nuestros primos, como responsables de la expedición, hasta las afueras del pueblo.
La actividad de la plaza era, entonces, casi nula: sólo un grupo- de cuatro o cinco personas, como mucho- solía medirla, con paseos apresurados, de ida y vuelta. En cambio, los domingos, se llenaba de gentes, que venían desde el Pontil. Por allí está la iglesia de san Roque y, entonces, había un lavadero público, conocido por los caños. Los pontileños, apenas abandonaban su “gueto”, salvo en los días de fiesta o de feria, para mezclarse con la burguesía de la plaza y sus alrededores.
Pero, los domingos, tenían otra particularidad…
Durante horas, las campanas de la iglesia anunciaban la celebración de la misa, pero con un tañido diferente, según se tratara del primer aviso, del segundo o del tercero. El artífice de tan singular concierto era don Bartolomé; un cura mallorquín, de figura oronda, vestida con sotana, que fue el párroco durante años.
Las noches, en Torrox, eran largas:
Después de cenar, todos, incluidos mis tíos, nos íbamos a la calle, donde, la velada, se prolongaba hasta bien pasada la medianoche, en grupos y bancos, diferenciados por la edad de los contertulios. Si el caso lo requería, mi tío Manolo, me entregaba la llave de la puerta de la casa, para entrar, después de ellos. Pero no era una llave cualquiera: era de esas antiguas, que no pueden insertarse en ningún llavero y que, apenas, cabía en alguno de mis bolsillos.
Otras veces, trasladábamos la reunión, fuera de la plaza:
Nos íbamos, por las Moreas, hacia la carreta de Competa y, después de dejar atrás el Molino Pérez, llegábamos hasta la Granja.
El primero era una construcción en ruinas, donde se dice había fantasmas- espantos, según los lugareños- por lo que, aunque nadie creía en ello, apresurábamos la marcha, al pasar por el mismo.
La Granja, según creo, era un edificio, dedicado a investigaciones agrícolas, pero, también un lugar muy agradable, con alguna vegetación y bancos. Allí, lejos de cualquier ruido e iluminación, la noche se hacía más íntima y, el cielo, se llenaba de miles- tal vez, millones- de estrellas.
********
Algunos años, después,- al final de la década de los cincuenta- comencé mis estudios en Málaga y vivía en una pensión de la calle san Agustín, donde, a veces, recibía la visita de mis tíos. Mi vinculación con Torrox, lejos de perderse, se fue estrechando, cada vez más.
Compartía mis vacaciones, entre Antequera y Torrox, alargando las segundas el mayor tiempo posible.
Durante ese tiempo, viví los primeros vestigios de turismo en el pueblo y su costa:
Junto al faro, aparecía una residencia de verano, donde venía gente mayor de Córdova, huyendo del calor de su tierra y, en el Tablazo, se había establecido una pequeña colonia de belgas.
Las costumbres de la pandilla también cambiaron, con la independencia, que nos daba la edad: bajábamos a la playa, en bicicleta, para permanecer más tiempo, pero volvíamos en el autobús de Julio. También comenzamos a cambiar nuestras tertulias de banco de plaza, por guateques y a frecuentar el casino y otros bares del pueblo.
La proximidad del siguiente curso académico, terminaba con las vacaciones y emprendía mi regreso hacia Antequera, desde donde volvía a mi pensión de Málaga. Pero, siempre, encontraba unos días, para asistir, por las primeras fechas de Octubre, a la feria de Torrox.
En aquellos años, la caseta oficial estaba situada en una terraza, encima del mercado, aunque, también, estuvo ubicada en la misma plaza y en la Hoya.
Nuestra pandilla se hacía, entonces, más numerosa, por la incorporación de otros amigos del pueblo, poco amigos de la playa. Juntos, ocupábamos cinco o seis mesas de la caseta, por la que aparecían, siempre, mi tíos.
Cada año, mi tía Margarita me hacía la misma petición, que, yo, cumplía con satisfacción:
-Antoñito, me tienes que sacar a bailar un pasodoble.
Después de los festejos, regresaba a Málaga y, definitivamente, el verano había terminado.

DESDE ANTEQUERA A TORROX

Siempre que, alguien, me pregunta de de dónde soy, mi contestación suele ser la misma:
-Nací en Antequera, pero soy de Torrox.
Más que una afirmación, este es un sentimiento y, como todos los sentimientos, es difícil la explicación del por qué del mismo, más allá de de que te sale de lo profundo del alma. Tal vez sean mis vínculos familiares; unos veranos inolvidables, a lo largo de muchos años; el carácter abierto de su gente, en contrapuesto con el de Antequera o, quizás, la proximidad del mar, que yo siempre buscaba, durante mis ausencias, desde cualquier lugar elevado, donde pudiera divisar algún espacio abierto, sin encontrar nunca el horizonte que deseaba, ni percibir el olor salobre y a yodo, que permanecía, en el cuerpo y en la mente, hasta que, solo el regreso de las vacaciones, conseguía borrarlo.
Mis desplazamientos Torrox han sido numerosos, pero, ahora, me referiré a los primeros, allá por la década de los cincuenta, que yo hacía, acompañado por mis padres y hermana.
Cada año, al comienzo del verano, nos íbamos a Torrox, para lo que emprendíamos un viaje que, por aquellos tiempos, era largo, pero esperado con ilusión –al menos, para mí-, durante meses.
Cuando todavía no existían indicios del próximo amanecer, rompíamos el silencio de la ciudad, con nuestra maletas, para buscar el único autobús, que, por aquel entonces, había en Antequera: un vehículo, viejo y destartalado, que conducía, correspondencia y viajeros, desde la puerta de la Administración de Correos, hasta la estación de la Renfe, para emprender viaje a Málaga.
Algunas películas del wéstern americano, me traen recuerdos de aquel ferrocarril, con asientos de madera y máquina de vapor, que tenía una parada inicial en Bobadilla, donde esperaba la llegada de otros de cercanías, para formar el convoy definitivo y reemprender su camino- jalonado por seis o siete estaciones más- hacia la capital.
Entre Gobantes y Alora, existen varios túneles, cuya oscuridad hacía prolongar la noche y, sólo al final, cuando la luz del alba empezaba a despuntar, descubría, en breves intervalos de tiempo, el paisaje abrupto y vertical del desfiladero de los Gavilanes, donde- una increíble pasarela, que se conoce como el camino del rey- parece observar el transcurso del rio Guadalhorce al fondo.
Después de abandonar Campanillas, el día se hacía realidad y, bajo la luz del sol recién nacido, un paisaje, más luminoso y verde, me hacía guardar, las tierras áridas del secano, en un recuerdo sin nostalgia. Desde las ventanillas, ya se podía adivinar la presencia del mar, bajo la línea de un nuevo horizonte, que, todavía, se dibujaba confuso y lejano. Y, el tren, parecía avanzar de forma, cada vez más cansina, hacia Málaga.
Después, la marcha se hacía aun más lenta y renqueante, a través de una maraña de cruces de vías, que anunciaba la llegada inminente a la capital, a la que arribamos, por fin, después de tres horas.
En ese momento (sobre las diez de la mañana), tomábamos un coche de caballos- de los que, todavía, existen- para desplazarnos hasta la estación de autobuses y encargar los billetes a Torrox. Por el corto trayecto, yo alternaba mi atención hacia el balanceo cadencioso del animal y los edificios, que flaqueaban la calle Cuarteles, para, luego, a través de la Alameda desembocar en la plaza de la Marina.
Allí, donde el cielo se hace más ancho y, la presencia del mar, es tangible con la cercanía del puerto, estaba ubicada, por entonces, la oficina de la compañía Alsina, donde dejábamos el equipaje y a la que volveríamos, posteriormente, para emprender nuestro camino hacia Torrox a la una del mediodía.
Mis padres aprovechaban ese paréntesis de tiempo en algunas visitas, casi protocolarias, mientras, a mí, no me quedaba otra disyuntiva, que no fuera formar parte de las mismas:
Normalmente, visitábamos una zapatería de la plaza del Carbón-calzados Alas era y, tal vez lo siga siendo, su nombre- para saludar a su propietario, con el que, mi madre, tenía algún parentesco, a través de uno de sus hermanos: mi tío Paco.
Algunas veces, también nos pasábamos por la acera del Círculo Mercantil, donde, mi padre, podía encontrase con un amigo de su infancia en Torrox, al que todos llamábamos el tío Esteban.
Después de cubiertas estas formalidades, emprendíamos, por fin, el viaje a Torrox…
En aquel tiempo, el autobús, que hacía el trayecto desde Málaga a Nerja, admitía más personas que asientos y, a lo largo del camino, se iban incorporando nuevos viajeros, mientras otros lo abandonaban y, la sensación de agobio y el perceptible olor a cuerpos sudorosos y gasóleo, se hacía cada vez más patente, llegando a su punto más crítico, durante la parada, que se hacía en Torre del Mar.
Entonces, la Torre- que, de esta forma, se le llamaba- era poco menos que la calle, que formaba la propia carretera y, allí, se detenía el autocar, mientras, conductor y cobrador, gestionaban la correspondencia de Vélez, tomando copas en la improvisada estafeta de un bar cercano y, el vehículo, era asaltado por vendedores de productos típicos de la comarca.
-¡Tortas de Algarrobo! ¿Quién quiere tortas de Algarrobo?
Luego, al reemprender la marcha, con un ambiente menos pesado, la carretera se aproximaba al mar por la Caleta, la Mezquitilla y Lagos y se llegaba a percibir el rumor de oleaje, hasta que, finalmente, llegábamos al cruce con Torrox: Conejito.
A este paraje, da su nombre una venta, situada en la confluencia de la carreta comarcal y la general. Pero era en otra- la de Pepe el chico- donde se repetía la ceremonia del correo, así como las libaciones pertinentes, en una época exenta de cualquier control de alcoholemia.
Ya solo nos quedaba subir al pueblo y, así, lo hacíamos en otro autobús, más y pequeño y viejo, que conducía Julio, un hombre de edad avanzada y cascada voz, a través de cuatro kilómetros de una carretera empinada y serpenteante, que se conoce por la rabitilla, para terminar, pasadas las cuatro de la tarde, en nuestro destino.
Era el momento, todo había terminaba y, al mismo tiempo, todo estaba por empezar.

ANTEQUERA


De mi nacimiento en Antequera, solo sé que lo hice el 23 de Enero de 1940, porque me lo dijeron mis padres y así está escrito en el libro de familia.
Mis primeros recuerdos, unos siete años después, son de una casa, en la que viví mi primera infancia, y que estaba situada en la arteria principal del municipio: la calle Infante don Fernando, más conocida por calle Estepa.
Antequera es una encrucijada de direcciones hacia las principales capitales andaluzas y, de ahí, el nombre de algunas calles y sitios: Por un extremo de mi calle, se accedía a la carretera de Sevilla y, por la otra, hasta un lugar conocido por la puerta de Granada. La calle Lucena, paralela a la anterior, tomaba su nombre del camino a Córdoba, hacia donde conducía. En cambio, no existía ninguna alusión a la ruta hacia Málaga, a pesar de que era la ciudad más cercana, pero al mismo tiempo, la más lejana en el corazón de los antequeranos.
Mi casa, como muchas en Antequera, era grande y más próxima a la configuración de las que existen en Sevilla. En ella, estaba ubicada la oficina de telégrafos, de la que mi padre era el responsable, a la que se entraba directamente desde la calle, mientras que, por otra puerta, se accedía a la vivienda, a través de una cancela y un patio, amplio y fresco, adornado de macetas. En la parte de atrás, existía otro patio- éste era rústico-, donde una higuera vieja daba algunos higos, pero nunca brevas, y, una losa redonda, escondía la existencia de un pozo, pero no el rumor del agua, que, desde arriba, podía escucharse.
En aquellos años, mi vida transcurrió en aquella casa, de la que apenas salía y, realmente, no sentía la necesidad de hacerlo: la amplitud de espacio, de que disponía, me permitía jugar a la pelota, con algunos amigos, en el patio. Otras veces, jugábamos al escondite, aprovechando todo el edificio, que incluía, en la parte superior, una buhardilla. Este lugar, al que mis padres llamaban cámara, solo albergaba algunos trastos viejos, pero, sobre todo, tenía el atractivo misterio, que las cosas recónditas y desconocidas producen.
Allí tuve mi primer maestro, que no fue otro que mi padre, y aprendí a leer y escribir, así como unas primeras nociones de geografía y aritmética. También leí, como no podía ser de otra forma, mi primera obra literaria: una versión abreviada de Don Quijote de la Mancha. Todo ello me permitió acudir a la escuela con una buena parte del camino andado, lo que no hubiera sido posible de otra forma, si tenemos en cuenta que, en aquel tiempo, no existían los parvularios y guarderías que, hoy, proliferan.
Pasaba, también, algunas horas en la oficina de telégrafos, escuchando, aunque sin entender, el continuo tictac de las transmisiones en Morse, así como observaba las palabras, más inteligibles, que el teletipo generaba e imprimía en unas cintas, que, después, debían ser pegadas sobre el papel azul de los telegramas. Recuerdo que, a través de ese teletipo, llego una noticia, que, mi padre, me contó y que, en aquel año de 1947, fue impactante: Manuel Rodríguez “Manolete” había muerto en la plaza de Linares. Aunque nunca le vi torear, la afición a los toros ya había germinado en mí, por alguna corrida, que presencié en la plaza de Antequera.
Después, a través de algunos medios audiovisuales, pude ver fragmentos de sus actuaciones frente al toro. Su figura alargada, así como su semblante serio y de cierta tristeza, componían una imagen, que parecía extrapolada de una pintura del Greco.
Recuerdo su toreo de corte vertical- raramente abría el compás-, cimentado, preferentemente, sobre el manejo de la espada y la muleta, donde, la proximidad entre toro y torero, llevaban a los dos protagonistas a fundirse en una sola imagen. No voy referirme a la “manoletina” como una faceta reseñable de sus faenas, porque, aunque efectista, no la considero como suerte fundamental.
También supe que, a Manolete, lo hirió de muerte un toro de Miura, llamado Islero, justo en el momento de entrar a matar y que, aquella tarde, compartía cartel con Luis Miguel Dominguín y Gitanillo de Triana. Por otra parte, la lectura de alguna revista, en la que se detallaban las horas que transcurrieron, desde la cogida hasta el desenlace final, me hicieron reflexionar sobre ciertas imperfecciones del reglamento taurino:
Aun admitiendo la clasificación de las plazas en distintas categorías, pienso que, ésta, no debe ampliarse a la de las enfermerías. Y, mucho menos, en aquellos pueblos o ciudades que adolecen de los centros médicos que poseen las localidades más importantes. Pero, desgraciadamente, esto sigue ocurriendo y, bastantes años más tarde, otro torero sufrió una cogida –que, necesariamente, no debía ser de muerte- en Pozoblanco, para, finalmente, perder la vida, durante su traslado a Córdova. Estas circunstancias, proyectadas a pueblos pequeños, donde, ni la asistencia médica, ni el ganado, aportan suficientes garantías, configuran el escenario de una posible tragedia.
De estos primeros años de mi vida, hay pocas cosas más que contar; quizás porque no existieron; tal vez porque no las recuerdo. Ya he dicho que, entonces, mi actividad apenas se proyectaba fuera de mi casa, cuyos límites rebasaba en contadas ocasiones y, en cualquier caso, acompañado de mis padres.
El cambio de escenario se produjo, algún tiempo después, cuando fui, por primera vez, a la escuela:
Comencé mi actividad escolar, previa al inicio del bachillerato, en la escuela preparatoria del instituto Pedro Espinosa. Este era el único que, por entonces, existía y estaba situado en la calle Carrera-muy cerca de la puerta de Granada-, por lo que, cada día, había de recorrer Antequera, de punta a punta.
Mi grupo de amigos, así como el conocimiento de la ciudad, comenzó a ampliarse de forma paulatina. Pero, de esta primera etapa, solo quiero recordar, ahora, a mi primer maestro, que fue Don Antonio Muñoz Rama y del que conservo, aparte de su nombre, solo la imagen difusa de un hombre de cierta corpulencia y de aspecto bonachón.
Una vez finalizada la enseñanza primaria, comencé los estudios del bachillerato, que, por entonces, estaba dividido en elemental y superior, con exámenes de reválida, al final de cada una de las dos etapas.
De mi actividad académica, aunque mi memoria me permitiría hacer un relato más extenso, solo quiero recordar algunas cosas:
Los responsables de las diferentes asignaturas no tenían el rango de catedráticos. Quizás, su categoría fuera la de profesores no numerarios o adjuntos a cátedra, pero, de eso, no estoy seguro. En cualquier caso, con ellos, pude construir una base sólida de conocimientos sobre nuestra historia, nuestra lengua y nuestro arte, más allá de las ciencias puras y aplicadas.
En cuanto a idioma moderno, elegí el francés, porque, en aquella época (craso error), parecía la lengua del futuro. Mi profesor, empleaba pocas palabras en ese idioma.
-Bonjour; silence dans la classe s’il vous plait-decía para comenzar la clase.
-Oui Monsieur- respondíamos de forma invariable.
Este profesor, cuyo verdadero nombre era el de Juan, estableció relaciones con una de dos hermanas, a las que se conocían por las zapatonas. Y, a don Juan, el humor de las gentes, le asignó el apelativo de “mesié le zapatoné”.
Por entonces, había una asignatura, dentro de las denominadas “marías”, que se impartía bajo el nombre de Formación Política y del Espíritu Nacional. Afortunadamente, no se necesitaba más allá de la poca atención, que yo le prestaba, para aprobarla. Con el paso de los años, llegué a entender mi animadversión hacia aquella materia:
Era la historia más reciente de España, pero sólo desde la óptica de una de las dos que, tristemente, la protagonizaron. Yo, percibía el indudable tufo de parcialidad, con que, la dictadura, había impregnado sus páginas. Tenía, como la luna, su lado oculto. Pero, los que lo vieron, o estaban en el exilio, o escondían su memoria o, simplemente, ya no estaban, para contarlo.
Ahora, cuando escribo sobre aquello, omito, de forma intencionada, los términos de vencedores y vencidos, porque, realmente, ¿los hubo? Yo creo que no. Todos perdieron y, las secuelas de nuestro pasado enfrentamiento, han lastrado a más de una generación y, tal vez, alcanza, todavía, a la nuestra.
Durante los primeros años, fui un estudiante brillante, que tuvo su primer tropiezo en la primera reválida:
Para este examen se establecía un tribunal mixto, compuesto por catedráticos, venidos desde Málaga o Granada –eso, no lo recuerdo bien- y profesores locales, donde, los primeros, llevaban la iniciativa. Recuerdo, en el examen escrito, a una profesora que nos dio un texto francés, para traducirlo y que, cuando, ella, lo leyó, me di cuenta de que, este idioma y el que yo conocía, no se parecían en nada.
De cualquier forma, fue en el examen oral donde no conseguí aprobar, en parte por el miedo escénico, que la presencia del tribunal y el público me producían y, por otro lado, por una deficiente preparación en química.
El segundo fracaso se produjo, de forma idéntica, en la segunda y última reválida.
Paralelamente a mis estudios, yo iba creciendo, no solamente en edad, sino, también, en otros aspectos: la asistencia al instituto, me permitía ampliar, tanto el escenario de mi actividad, como mi nómina de amistades.
Aprovechábamos el tiempo libre, entre clase y clase, para jugar al futbol en el patio del instituto y, otras veces salíamos fuera, emprendiendo largos paseos, por la salida hacia Granada. Por ese camino, se llegaba a las cuevas de Menga y Viera, que, por entonces, eran de entrada libre y, hasta ellas, nos conducía nuestra excursión. Aunque la primera está considerada como uno de los monumentos megalíticos más importantes, nuestra preferencia se inclinaba por la segunda. En ella, una vez dentro, existía una abertura, angosta y cuadrada, por la que se podía acceder a dos pasadizos o túneles, que nos permitían prolongar nuestra aventura, avanzando, por uno de ellos, hasta el final, mientras que, por el otro, jamás conseguimos saber donde terminaba.
Otras veces, tomábamos el cruce, que conduce a Málaga por las Pedrizas, hasta encontrar la alberca de una finca, donde nos bañábamos, incluso en los meses más crudos del invierno.
Pero, el escenario habitual de esparcimiento, en el extremo opuesto de la ciudad, nos lo proporcionaba el parque, del que, forzosamente, tengo que escribir, según lo recuerdo:
El paseo central, con numerosos bancos de madera, a ambos lados, estaba flanqueado por el campo de futbol (el antiguo Maulí), por una parte, y, la carretera de Sevilla, por la otra. Había, también un auditorio (“el kiosco de la música”), donde la banda municipal daba conciertos los domingos. Y, el fondo, lo coronaba la estatua del capitán Moreno: un héroe de la guerra de la independencia contra los franceses, según constaba en su pedestal.
Atravesando la carretera, el parque se extendía, en diferentes niveles, a través caminos ajardinados y glorietas, por los que se podía acceder a un estanque con patos, para llegar, por último, a su parte más elevada:
Desde allí, donde había una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, que daba nombre a este lugar, podía contemplarse la enorme extensión de la vega antequerana: una llanura, ocre y casi inmensa, en la que, sólo la silueta de la Peña de los Enamorados, quebraba la lejana línea del horizonte.
En esta zona de Antequera, también está la plaza de toros, a la que, yo, acudía con mi padre, cuando se celebraba alguna corrida, así como una explanada, que servía de real de la feria y en la que, el resto del año, improvisábamos partidos de futbol.
Durante este tiempo, mi actividad habitual era repetitiva y monocorde.
A diario me desplazaba al instituto, en una de las bicicletas, de las que se utilizaban, en la oficina de mi padre, para el reparto de telegramas, mientras que, el resto de la jornada, estudiaba en casa.
En los días festivos, también me atenía a una cierta disciplina de horario y de costumbres:
Después de levantarme, cambiaba mi ropa de diario por el “traje de los domingos” y asistía a misa, en una de las muchas iglesias, que hay en Antequera. Yo, normalmente, lo hacía a hora temprana, para aprovechar más la mañana, pero la mayoría, iba a la iglesia de Los Remedios, donde se celebraba la misa de los “pellejones”- así se llamaban a los que apuraban más las horas de sueño- a las doce del mediodía, en el centro de calle Estepa, junto al ayuntamiento. Avanzando por esta misma calle, aparece la colegiata de San Sebastián, en la plaza del mismo nombre, donde estaba ubicada la vicaría. La arquitectura de este templo, es mezcla estilos arquitectónicos diferentes: Mientras, su fachada principal, es de corte renacentista, en uno de sus laterales, se eleva una torre barroca, coronada por una veleta, a la que se conoce por el angelote. Pero, con independencia del templo visitado, en la entrada de cada uno, existía un panel, sobre el que se clavaban unas tarjetas, que informaban sobre las películas, que se exhibían en el cine, y, sobre todo, de su moralidad. En aquellos años, se calificaban con un color, que subía de tono, en orden inverso a la conveniencia de verlas, de forma que, cuando se asistía a una “película grana”, debía de contarse en la próxima confesión.
Por la tarde, me sumaba al rito, que seguían los antequeranos: presenciaba un partido de futbol, cuando tocaba y, luego, me iba al cine, si la censura lo permitía, para, después, terminar el día paseando a lo largo de la calle Estepa, que quedaba prácticamente cubierta de personas.
Otra parte de la sociedad –la clase más influyente- refugiaba su ocio en los salones del Círculo Recreativo o, si el tiempo lo permitía, observaba el ir y venir de los demás, desde la tribuna, que formaban los asientos de mimbre, alineados a lo largo de la acera del casino.
Los demás días de la semana, las calles de Antequera recuperaban la actividad normal. Y, sólo una parte, conocida por las cuatro esquinas, presentaba una mayor afluencia de personas. Esto sucedía en el cruce de la calle de la calle Estepa con las de Carreteros y Comedias, donde se aglomeraban trabajadores en paro, en busca de ser contratados para realizar las peonadas, que pudiera ofrecerle el latifundio de aquellos tiempos.
Mientras tanto, mi madre hacía su trabajo de atender a la casa; mi hermana preparaba unas oposiciones a Justicia, que, finalmente, ganó y, mi padre, alternaba su función de jefe de Telégrafos con la de profesor de electrotecnia en la escuela de Arte y Oficios. Allí, conoció a un alumno, que aprendía dibujo y que, según nos contó, apuntaba grandes cualidades. Este alumno –un niño, entonces- se llamaba Cristóbal Toral. Y, mi padre, que era gran aficionado y autodidacta de la pintura y de la música, se interesó por su promoción, e influyó, en la misma, con la persona, que podía hacerlo: el fundador de la Caja de Ahorros de Antequera.
En aquel tiempo, mi padre había abandonado la pintura, aunque, tanto en nuestra casa, como en la de nuestra familia en Torrox, colgaban algunos vestigios de su actividad pictórica. Sin embargo, seguía dedicado a la música, entre numerosos pentagramas y el violín, que tocaba durante horas. Y, finalmente, abordó la idea de montar una zarzuela – o, tal vez, ¿era una opereta?- en Antequera, lo que, finalmente, consiguió.
Molinos de Viento, se representó en el cine Torcal y, la soprano, fue Carmen Zabala, mientras, que, del protagonista masculino, solo recuerdo que se apellidaba Checa. La orquesta la componían, entre otros, mi padre y don Miguel Mohedano, que era, entonces, el director de la banda municipal.
Esto, me trae a la memoria la estancia de mi prima Margarita en Antequera, a donde se vino, desde Torrox, para cursar parte de sus estudios. Nuestra línea genética materna adolecía de actitudes musicales y, ella, que es sobrina carnal de mi madre, no era, precisamente, la excepción de la regla, por lo que, la lucha de mi padre, en el intento de enseñarle el solfeo, fue denodada e infructuosa. Y, ahora, es el momento de cerrar el paréntesis de este pasaje, para retomar el hilo principal de mi relato.
A lo largo del año, había dos acontecimientos, que rompían la monotonía de la vida antequerana: la feria –una en Mayo y, otra, en Agosto- y la Semana Santa.
Las procesiones de Antequera son muy parecidas a la de cualquier ciudad andaluza, pero, al mismo tiempo, distintas, por ciertas características: Los tronos se sostienen, en las pausas del recorrido, por las horquillas, que portan los hermanacos –allí no se llaman costaleros- y que en encajan en los varales, durante el descanso. Antes de iniciar el último tramo del recorrido, en algunas procesiones, se deshace el orden del cortejo y los pasos se detienen al borde de la empinada cuesta, que los separa de su templo. Entonces, sólo un murmullo de expectación rompe el silencio…Después, se produce un vivo redoble de tambor y, al grito de “¡a la vega!” se emprende una frenética carrera del trono y sus portadores, hasta las puertas de la iglesia.
Años después, una película de Berlanga, que vi por televisión, me trajo a la memoria un acontecimiento, que fue único, en aquellos tiempos de los que escribo. La película era “bienvenido míster Marshall” y, el acontecimiento de Antequera, la visita de Franco a la ciudad.
No recuerdo con exactitud el año, pero sí conservo la imagen de la expectación que se produjo en Antequera:
La calle Estepa se llenó de gente, esperando la llegada del general, y, balcones y farolas, se engalanaron con banderas de España. Algunos- supongo que los tenían algún cargo- lucían indumentaria de chaqueta blanca, sobre camisa azul o negra; otros vestían uniforme militar. Pero, sobre todos, destacaba una persona, a la que siempre había visto con ropas civiles, que había desempolvado, de no se sabe donde, un antigua guerrera, cubierta de condecoraciones.
Por fin, comenzaron a llegar los automóviles y motocicletas, que componían el séquito del caudillo, pero que pasaban sin detener la marcha, mientras, algunas personas, con el brazo en alto, entonaban el “cara al sol”. Por último, en otro coche, donde flameaban unas banderolas, parecía adivinarse la figura de Franco, a través de las lunas entintadas. Pero, todo, acabó como en la película: el vehículo siguió su marcha a toda velocidad, dejando, sobre muchos el polvo de una cierta frustración.
Creo que fue por los años cincuenta y cuatro o cincuenta y cinco, cuando, la oficina de telégrafos, se trasladó de sitio y, con ella, mi familia y yo.
Mi nueva vivienda, donde permanecí hasta el final de mi vida en Antequera, era un bloque, con planta baja, donde se ubicó la oficina, y dos pisos. Nosotros ocupamos el primero, mientras, en el segundo, vivían los propietarios. Esta casa estaba (y está, todavía) entre la calle Estepa y el parque, en una vía que se llamaba avenida del general Varela (más conocida por la Alameda), justo en el cruce con la calle Merecillas.
Pasé, entonces, a vivir en un piso, de habitaciones menos espaciosas y techos más bajos, aunque también había un patio, por el que se accedía a la oficina y al despacho de mi padre, que nunca utilizaba. Pero, yo, no echaba de menos mi antigua vivienda, porque, la edad, ya había proyectado mi vida más hacia la calle y, además, el nuevo entorno, me trabajo nuevas amistades.
Creo que fue, en esa época, cuando ocurrieron los hechos, que describo ahora:
Cada año –no sabría precisar, con exactitud, el mes-, se celebraba un festejo taurino, en beneficio del Asilo de las Hermanitas de los Pobres: una becerrada, que lidiaban algunos jóvenes de la sociedad más destacada de Antequera y, que se conocía como la “corrida de los señoritos”. Durante las horas anteriores y posteriores a la celebración del festejo, los “matadores” y sus cuadrillas paseaban, en coches de caballos o automóviles, vestidos de corto, e interrumpiendo su marcha, numerosas veces, para detenerse en cualquiera de los bares que jalonaban su itinerario. La del año, a que me refiero, fue distinta…
Estaba en pleno apogeo el proceso de la emigración, que se venía produciendo en España y, de forma particular, en Andalucía. En Antequera, algunos habían puesto su punto de mira en las lejanas tierras de Australia, a donde se habían marchado, o pensaban hacerlo. Y, aquel año, la comitiva de los “señoritos” apareció “engalanada” con pancartas, que aludían, de forma burlesca y despectiva, a los que se iban. El pueblo no lo aguantó y, al término del festejo, la muchedumbre enfurecida, rodeó y detuvo, en el parque, la marcha del cortejo, haciendo necesaria la participación de la guardia civil, para evitar el linchamiento.
La poca empatía, que ya existía entre la sociedad antequerana y yo, terminó por desaparecer y, expresé mi repulsa en la sección de cartas al director del periódico local.
Luego, mis vacaciones en Torrox, a donde acudía, cada vez con más frecuencia; posteriormente, mi vida en Málaga, durante mis estudios y, por último, la marcha de mi familia a esta capital, a la jubilación de mi padre, terminaron por alejarme, de forma definitiva, de Antequera.
Desde Málaga, donde vivo ahora, he vuelto a Antequera en contadas ocasiones, donde no quedan lazos sentimentales, que me obliguen hacerlo, pero quiero recordar la última:
En el año 2000, necesitaba aportar mi partida de nacimiento a los trámites, que necesitaba para la jubilación y, en busca de este requisito, cogí el coche, con mi hijo Alejandro, para llegar en un tiempo que, en aquellos años, sería impensable. Luego, busqué el registro civil, donde mi hermana trabajo algunos años, y lo encontré en el mismo sitio, donde siempre estuvo: la avenida General Varela –sorpresivamente, conservaba este nombre-, muy cerca de donde yo había vivido.
Paseamos, algún tiempo, por las calles y, tanto las personas, con las que me cruzaba, como la fisonomía de sus edificios, me recordaban pocas cosas de mi infancia. Pero yo se, que, más allá de esto, hay cambios más profundos, que han convertido la ciudad en una Antequera distinta a la que yo viví y en la que, ahora, no me importaría hacerlo.