Málaga año 2008

Datos personales

Torroxeño nacido en Antequera en 1940

COMIENZOS

En otro blog, dedicado a CITESA, escribí sobre mi paso por esta compañía y, una buena parte de mi existencia, ya quedó reflejada en el mismo.
Este blog fue idea de mi amigo y compañero Rafael Vertedor y, junto a él, figuran aportaciones de de Lorenzo Martínez, Angel Estévez, Florentino, José Outes y otros.
Ahora, quiero añadir otros aspectos y experiencias, al margen de mi vida laboral, aunque tantos años en esa compañía, me obliguen a referirme a los mismos, con algunos enlaces.
Mi marcha de esa empresa puede considerarse como punto de arranque para este blog, y desde aquí, llegar a su capítulo final:

Epilogo http://www.box.net/shared/4iuitb04kw

Los enlaces al resto de capítulos de Citesa figuran al margen del blog.

domingo, 13 de julio de 2008

PRIMEROS VERANOS EN TORROX


Mis vacaciones y Torrox son los dos términos de un binomio, presente durante el verano de muchos años, en dos etapas diferentes: una, en el pueblo; la otra, en algún apartamento de alquiler de su costa.
Ahora, al referirme a la primera, la contaré en clave de pasado, sobre un escenario y forma de vida, diferentes de los actuales.
Estos veranos, corresponden a una época posterior a la desaparición de mis abuelos. Pero, de algunas visitas, anteriores a su muerte, todavía, guardo, aunque sea de forma difusa, parte de su recuerdo.
Mis abuelos maternos dieron origen a una dinastía- dispersa por distintos puntos de nuestra geografía-, pero que, cada año, convergía en el pueblo, para pasar el verano, junto a los suyos.
No se si, por cierta proximidad geográfica o cualquier otra razón de afinidad, había un cierto dejo granadino en la forma de hablar de los torroxeños. Quizás, por esa razón, a mi abuelo le llamábamos “papaíco” Manuel y, a mi abuela, “mamaíca” Lola. Pero, para todas las personas del pueblo, él, era un hombre de gran relevancia y, ¡cuantas veces!, accedía alguien por la puerta de la calle, que nunca estaba cerrada, para consultar cualquier cosa, sobre la que pedir consejo a don Manuel.
Cuando llegábamos a su casa, yo me resistía al obligado protocolo de besarlo al y, aun, recuerdo, una frase, que, él, pronunciaba a modo de sentencia:
-¡Dejadlo! Me gustan los hombres libres.
A mis otros abuelos, creo no haberlos conocido, pero se que, ella, se llamaba Fuensanta y quedó ciega, por culpa de un glaucoma, según me dijo mi padre.
Los veranos de Torrox transcurrían en dos escenarios, separados por cuatro kilómetros y unidos por un viejo autobús: el pueblo y la playa, que, hoy, son distintos en su fisonomía, pero, sobre todo, en sus costumbres…
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La casa de mis abuelos estaba - y sigue estando, aunque totalmente reformada- en la calle Baltasar Márquez, junto a la plaza del pueblo y al Ayuntamiento. Del nombre de esta calle, siempre me despertó curiosidad su posible vinculación con nuestra familia. Pero, sólo unas memorias, escritas por un hermano de mi madre (Manuel Márquez Mira), parecen situar su origen en un primo lejano, que se fue a Méjico donde, según dicen, “hizo las Américas”.
A la muerte de sus padres, mi tía Margarita y mi tío Manolo siguieron viviendo en la misma, donde siempre lo habían hecho, y fueron nuestros anfitriones durante años, aunque, mi recuerdo y mi cariño hacia ellos, va mucho más lejos de esa circunstancia y formarán una parte, imprescindible y necesaria, de este relato. Su hija, que ya había nacido por entonces, completaba la familia pero, por razones de edad, compartía, en menor grado, la actividad del resto de mis primos y yo, en esa época. Finalmente, no puedo pasar por alto a un personaje singular, que ya vivía en la casa desde no se sabe cuando.
Era una mujer menuda, enteca de carnes, de baja estatura y edad indefinible, pero, al mismo tiempo, activa y nerviosa. Había ayudado, en vida de mis abuelos, a las tareas de la casa y, ahora, continuaba haciéndolo con mis tíos y, según decía, nos había visto nacer a todos. Su función en la casa, recibiría, hoy, recibiría el nombre de asistenta de hogar y, entonces, quizás otro. Pero, yo, no emplearé ningún apelativo, que no sea su nombre de pila, porque, Lolica, formaba, ya, parte de nuestra familia.
De la misma forma que nosotros, los otros hermanos de mi madre acudían, cada verano, al pueblo, junto a sus hijos y, el consiguiente problema de alojamiento, se resolvía en las viviendas de otra parte de nuestra familia: las de mis tías Ángeles y Ana María, que, según creo recordar, eran primas de ellos.
Mi tío Paco era registrador de la propiedad; actividad que desarrolló en diferentes localidades, aunque residía, de forma habitual, en Granada. Su trabajo, le permitía pasar, cada año, un largo verano en el pueblo.
En cambio, a mi tío Manuel, su puesto de dirigente en una multinacional, en Madrid, sólo le permitía algunas semanas de vacaciones.
Y, así, junto con otras familias, que concurrían, al pueblo, por razones similares a la nuestra, se formaba la escasa colonia veraniega del Torrox de aquellos tiempos.
La plaza- hoy de la Constitución- tenía la misma forma de pistola de ahora, pero estaba exenta de la frescura, el colorido y la concurrencia, de ahora. En su pavimento de cemento gris, algunos bancos de color verde, cuatro farolas y otras tantas acacias, formaban su único ornamento, mientras que, un asiento de piedra (la baranda), se extendía a todo lo largo del lado sur de su perímetro.
Además del Ayuntamiento, en la plaza, estaban las oficinas de Correos y de Telégrafos, el Registro de la Propiedad, donde trabajaba un sobrino de ni padre (mi primo Pepe) y el Café de Azuaga, más conocido por el casino. Las demás calles del pueblo confluían, allí, desde diferentes niveles, para completar el paisaje urbano, blanco y vertical, de Torrox.
Salvo en su situación, la casa de mis tíos es, ahora, diferente de la antigua y, si acaso, conserva el portón de la calle, como rasgo de su antigua identidad. Sin embargo, este relato me obliga a contar de aquella, lo poco que conservo en la memoria:
En la entrada, había dos habitaciones, de las que, una, servía de alcoba para Lolica y unas escaleras de mármol, por las que se accedía a la pieza principal de la casa: un comedor, con balcones hacia la plaza; una mesa, lo suficientemente larga para sentarnos a todos; un aparador antiguo y un par de mecedoras, con asiento y respaldo de mimbre. Una de las paredes, la cubría una pintura, realizada por mi padre, a modo de tapiz, que recreaba una escena bíblica. La cocina y el despacho de mi tío Manolo completaban esta planta.
La cocina era de las que, antes, se llamaban de hornilla y funcionaban con carbón, a golpe de soplillo. A falta de los electrodomésticos de hoy, la desnudez de las paredes se cubría con algunos peroles de cobre y, la ausencia de agua corriente, con un rústico mueble de madera, que servía para alojar los cantaros, que, cada día, traían los aguadores desde la fuente Correas, en las afueras del pueblo.
Del despacho de mi tío Manolo, solo recordaré un cuadro, que colgaba en una de sus paredes y que me inspiraba cierto recelo: era el retrato antiguo de un hombre -nunca supe quien fue- de apariencia severa y vestimenta oscura, que, a mí, se me antojaba de corte clerical. Desde cualquier ángulo, que lo miraras, sus ojos parecían devolverte la mirada, de forma inquisitiva. Y, esto, sucedía cada noche, porque era el paso obligado hacia los dormitorios, que estaban en la segunda planta.
Como ya habrá adivinado cualquiera que me lea, no hay que describir ningún cuarto de baño; una jofaina y una jarra con agua, en la alcoba, y un wáter rudimentario, en un estrecho patinillo, suplían su ausencia.
Cada mañana, me despertaba el paso de los rebaños de cabras por la plaza. Yo lo percibía, en esos momentos de duermevela, como un murmullo de pisadas sordas y sin estridencias, solo roto por esporádicos sonidos de cencerros y las voces de los pastores, que se detenían, en cada casa, para vender la leche, recién ordeñada.
Mi jornada, en Torrox, transcurría, en su mayor parte, fuera de casa y la compartía, casi de forma asidua, con mi primo Paco. Junto con él y otros muchachos, que, también, venían cada año, formábamos nuestra pandilla. Mientras, mi hermana y el reto de nuestros primos, formaban un grupo aparte, por razones obvias de edad.
Por la mañana, solíamos abandonar la plaza, por la calle Baltasar Márquez, hasta el final de la misma y llegar al paseo Moreas, donde, de forma casi repentina, se pasaba, desde la estrechez de la calle, a un espacio abierto y luminoso:
Hacia el sur, se podía contemplar un paisaje, verde y fresco, deslizándose en bancales de cultivos, por una pendiente suave, hasta la costa, donde, el mar dibujaba la línea del horizonte, sin edificios que la rompieran. Desde allí, tratábamos de adivinar el estado de la mar, por el cariz, que presentaba en la distancia.
Este paseo, que se prolongaba hasta la carreta de Cómpeta- hoy, hacia la nueva autovía-, es, realmente, una cornisa de la ladera del monte, donde se asienta el pueblo. Desde allí, volviendo la vista al norte, podíamos ver otros montes, salpicados de blanco por algunos cortijos y, mas lejos, los picos de una sierra, detrás de la cual, suponíamos que comenzaban las tierras de Granada.
Algunas veces, nuestra predicción meteorológica- normalmente, optimista- se veía chafada por las noticias, que traía Lolica, a la vuelta del mercado.
-Hoy tiene que estar la mar por las nubes. No hay ni “mijita de pescao”.
Pero, en la mayoría de las ocasiones, cogíamos bañador y toalla y bajábamos, desde la plaza, por la Calzada, hasta la parada del autobús.
Era el autobús de las doce y, la mayoría de sus pasajeros, la formaba los que íbamos de playa, que, entonces, no éramos muchos. Los menos, continuaban viaje a Nerja, Torre del Mar, Vélez, o Málaga. Mi hermana pagaba al conductor, tanto su billete como el mío y, esta rutina, la traigo a colación, para recordar una anécdota, de la que, todavía, nos reímos al recordarla.
-Julio, mi “guarri” y yo- decía, deforma invariable, al darle el dinero.
Y, él, le contestó, un día, que andaba mal de cambio:
-A la “guarri” me pagas, Lolita.
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Desde el cruce de Conejito, donde nos dejaba el autobús, íbamos hacia el mar, por un estrecho camino agropecuario, bordeado por algunos cañaverales, después de dejar, atrás, la venta de Pepe el chico y la casa del veterinario, hasta llegar a la playa de Ferrara.
Entonces, era una playa desierta y, nosotros, sus únicos pobladores, junto con algún visitante ocasional. No existían chiringuitos, ni duchas, ni bloques de apartamentos y, sólo el faro, emergía sobre las rocas de un acantilado, como la única construcción del entorno. Hacia poniente, se adivinaba la presencia de Torre del Mar, aunque poco patente, aún, por su incipiente desarrollo. Y, por la parte de poniente, la vista podía extenderse hasta los acantilados de Nerja y Maro.
Ni siquiera llevábamos sombrillas; solo el traje de baño- puesto de antemano- y las toallas, con que secarnos y tendernos sobre la arena, donde, tampoco, había tumbonas. El bañador de las mujeres era, en aquellos años, casi un vestido, con falda hasta las rodillas, que, necesariamente, tenía que se molesto, después de quedar empapado de agua salada.
En los primeros años, mis inmersiones en el mar no pasaban de la orilla. Pero, con el tiempo, aprendí a nadar, aunque con un estilo rudimentario y, eso, me permitía salvar el rompeolas y llegar hasta el banco de arena, donde el agua adquiría una mayor transparencia, para bucear y descubrir el zigzagueo veloz de algunos peces.
Nuestra permanencia, en la playa, no era larga, porque, la necesidad de regresar al pueblo, en el mismo autobús, nos obligaba a reemprender, pronto, la marcha hasta el cruce, añadiendo el polvo del camino al salitre acumulado sobre la piel. De esta guisa, llegábamos hasta la venta de Pepe, donde esperábamos, bebiendo algún refresco, el momento de la salida hacia el pueblo.
Entonces, el autobús emprendía una marcha, razonablemente ligera al principio, pero, renqueante y lenta, al abordar las cuestas de la rabitilla, donde, algunas veces, claudicaba y, después de algunos intentos infructuosos, Julio, empapado de sudor, emitía veredicto, con su voz ronca.
-Señores: ¡hasta aquí hemos llegado!
Entonces, terminábamos, a pie, el regreso al pueblo, por algunos atajos que conocíamos, para llegar, bien pasadas las cuatro de la tarde, a la plaza, en la que irrumpíamos como un ejército derrotado y sediento.
-¡Ya están aquí los bañistas!- decía la tía Margarita, para aprestar a Lolica en la cocina.
Y, después de medio asearnos, nos sentábamos a comer, con más hambre que apetito, junto ella y el tío Manolo. De éste, recuerdo su costumbre de picar, siempre, en el plato de los demás, tanto, si su comida fuese o no, la misma, que la nuestra.
Mi tía, que siempre me encontraba desmejorado, a mi llegada, desde Antequera, me atiborraba con montañas de patatas fritas, para acompañar la carne o el pescado. Y, el efecto, no tardaba en producirse, a los pocos días, según su propia conclusión:
-Antoñito; ya estas más repuesto.
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Las primeras horas de la tarde las pasaba, junto a mi primo Paquito, en un kiosco de golosinas, donde nos cobijábamos del sol, que caía, implacable, sobre la plaza, casi desierta. Manolo Parchipé- su propietario- liaba, constantemente, cigarrillos, para su venta, mientras participaba, con nosotros, en una apretada tertulia.
Desde fuera, solo llegaba el ruido de las fichas de dominó, sobre las mesas del casino; el sonido, chirriante, del vapor, al escapar de la cafetera y las campanadas del reloj de la iglesia.
Pasada la calina, solíamos reunirnos, con el resto de la pandilla, en alguno de los bancos o sentados en la baranda. Otras veces, emprendíamos pequeñas excursiones, a las que se unían mi hermana y el resto de nuestros primos, como responsables de la expedición, hasta las afueras del pueblo.
La actividad de la plaza era, entonces, casi nula: sólo un grupo- de cuatro o cinco personas, como mucho- solía medirla, con paseos apresurados, de ida y vuelta. En cambio, los domingos, se llenaba de gentes, que venían desde el Pontil. Por allí está la iglesia de san Roque y, entonces, había un lavadero público, conocido por los caños. Los pontileños, apenas abandonaban su “gueto”, salvo en los días de fiesta o de feria, para mezclarse con la burguesía de la plaza y sus alrededores.
Pero, los domingos, tenían otra particularidad…
Durante horas, las campanas de la iglesia anunciaban la celebración de la misa, pero con un tañido diferente, según se tratara del primer aviso, del segundo o del tercero. El artífice de tan singular concierto era don Bartolomé; un cura mallorquín, de figura oronda, vestida con sotana, que fue el párroco durante años.
Las noches, en Torrox, eran largas:
Después de cenar, todos, incluidos mis tíos, nos íbamos a la calle, donde, la velada, se prolongaba hasta bien pasada la medianoche, en grupos y bancos, diferenciados por la edad de los contertulios. Si el caso lo requería, mi tío Manolo, me entregaba la llave de la puerta de la casa, para entrar, después de ellos. Pero no era una llave cualquiera: era de esas antiguas, que no pueden insertarse en ningún llavero y que, apenas, cabía en alguno de mis bolsillos.
Otras veces, trasladábamos la reunión, fuera de la plaza:
Nos íbamos, por las Moreas, hacia la carreta de Competa y, después de dejar atrás el Molino Pérez, llegábamos hasta la Granja.
El primero era una construcción en ruinas, donde se dice había fantasmas- espantos, según los lugareños- por lo que, aunque nadie creía en ello, apresurábamos la marcha, al pasar por el mismo.
La Granja, según creo, era un edificio, dedicado a investigaciones agrícolas, pero, también un lugar muy agradable, con alguna vegetación y bancos. Allí, lejos de cualquier ruido e iluminación, la noche se hacía más íntima y, el cielo, se llenaba de miles- tal vez, millones- de estrellas.
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Algunos años, después,- al final de la década de los cincuenta- comencé mis estudios en Málaga y vivía en una pensión de la calle san Agustín, donde, a veces, recibía la visita de mis tíos. Mi vinculación con Torrox, lejos de perderse, se fue estrechando, cada vez más.
Compartía mis vacaciones, entre Antequera y Torrox, alargando las segundas el mayor tiempo posible.
Durante ese tiempo, viví los primeros vestigios de turismo en el pueblo y su costa:
Junto al faro, aparecía una residencia de verano, donde venía gente mayor de Córdova, huyendo del calor de su tierra y, en el Tablazo, se había establecido una pequeña colonia de belgas.
Las costumbres de la pandilla también cambiaron, con la independencia, que nos daba la edad: bajábamos a la playa, en bicicleta, para permanecer más tiempo, pero volvíamos en el autobús de Julio. También comenzamos a cambiar nuestras tertulias de banco de plaza, por guateques y a frecuentar el casino y otros bares del pueblo.
La proximidad del siguiente curso académico, terminaba con las vacaciones y emprendía mi regreso hacia Antequera, desde donde volvía a mi pensión de Málaga. Pero, siempre, encontraba unos días, para asistir, por las primeras fechas de Octubre, a la feria de Torrox.
En aquellos años, la caseta oficial estaba situada en una terraza, encima del mercado, aunque, también, estuvo ubicada en la misma plaza y en la Hoya.
Nuestra pandilla se hacía, entonces, más numerosa, por la incorporación de otros amigos del pueblo, poco amigos de la playa. Juntos, ocupábamos cinco o seis mesas de la caseta, por la que aparecían, siempre, mi tíos.
Cada año, mi tía Margarita me hacía la misma petición, que, yo, cumplía con satisfacción:
-Antoñito, me tienes que sacar a bailar un pasodoble.
Después de los festejos, regresaba a Málaga y, definitivamente, el verano había terminado.