De mi nacimiento en Antequera, solo sé que lo hice el 23 de Enero de 1940, porque me lo dijeron mis padres y así está escrito en el libro de familia.
Mis primeros recuerdos, unos siete años después, son de una casa, en la que viví mi primera infancia, y que estaba situada en la arteria principal del municipio: la calle Infante don Fernando, más conocida por calle Estepa.
Antequera es una encrucijada de direcciones hacia las principales capitales andaluzas y, de ahí, el nombre de algunas calles y sitios: Por un extremo de mi calle, se accedía a la carretera de Sevilla y, por la otra, hasta un lugar conocido por la puerta de Granada. La calle Lucena, paralela a la anterior, tomaba su nombre del camino a Córdoba, hacia donde conducía. En cambio, no existía ninguna alusión a la ruta hacia Málaga, a pesar de que era la ciudad más cercana, pero al mismo tiempo, la más lejana en el corazón de los antequeranos.
Mi casa, como muchas en Antequera, era grande y más próxima a la configuración de las que existen en Sevilla. En ella, estaba ubicada la oficina de telégrafos, de la que mi padre era el responsable, a la que se entraba directamente desde la calle, mientras que, por otra puerta, se accedía a la vivienda, a través de una cancela y un patio, amplio y fresco, adornado de macetas. En la parte de atrás, existía otro patio- éste era rústico-, donde una higuera vieja daba algunos higos, pero nunca brevas, y, una losa redonda, escondía la existencia de un pozo, pero no el rumor del agua, que, desde arriba, podía escucharse.
En aquellos años, mi vida transcurrió en aquella casa, de la que apenas salía y, realmente, no sentía la necesidad de hacerlo: la amplitud de espacio, de que disponía, me permitía jugar a la pelota, con algunos amigos, en el patio. Otras veces, jugábamos al escondite, aprovechando todo el edificio, que incluía, en la parte superior, una buhardilla. Este lugar, al que mis padres llamaban cámara, solo albergaba algunos trastos viejos, pero, sobre todo, tenía el atractivo misterio, que las cosas recónditas y desconocidas producen.
Allí tuve mi primer maestro, que no fue otro que mi padre, y aprendí a leer y escribir, así como unas primeras nociones de geografía y aritmética. También leí, como no podía ser de otra forma, mi primera obra literaria: una versión abreviada de Don Quijote de la Mancha. Todo ello me permitió acudir a la escuela con una buena parte del camino andado, lo que no hubiera sido posible de otra forma, si tenemos en cuenta que, en aquel tiempo, no existían los parvularios y guarderías que, hoy, proliferan.
Pasaba, también, algunas horas en la oficina de telégrafos, escuchando, aunque sin entender, el continuo tictac de las transmisiones en Morse, así como observaba las palabras, más inteligibles, que el teletipo generaba e imprimía en unas cintas, que, después, debían ser pegadas sobre el papel azul de los telegramas. Recuerdo que, a través de ese teletipo, llego una noticia, que, mi padre, me contó y que, en aquel año de 1947, fue impactante: Manuel Rodríguez “Manolete” había muerto en la plaza de Linares. Aunque nunca le vi torear, la afición a los toros ya había germinado en mí, por alguna corrida, que presencié en la plaza de Antequera.
Después, a través de algunos medios audiovisuales, pude ver fragmentos de sus actuaciones frente al toro. Su figura alargada, así como su semblante serio y de cierta tristeza, componían una imagen, que parecía extrapolada de una pintura del Greco.
Recuerdo su toreo de corte vertical- raramente abría el compás-, cimentado, preferentemente, sobre el manejo de la espada y la muleta, donde, la proximidad entre toro y torero, llevaban a los dos protagonistas a fundirse en una sola imagen. No voy referirme a la “manoletina” como una faceta reseñable de sus faenas, porque, aunque efectista, no la considero como suerte fundamental.
También supe que, a Manolete, lo hirió de muerte un toro de Miura, llamado Islero, justo en el momento de entrar a matar y que, aquella tarde, compartía cartel con Luis Miguel Dominguín y Gitanillo de Triana. Por otra parte, la lectura de alguna revista, en la que se detallaban las horas que transcurrieron, desde la cogida hasta el desenlace final, me hicieron reflexionar sobre ciertas imperfecciones del reglamento taurino:
Aun admitiendo la clasificación de las plazas en distintas categorías, pienso que, ésta, no debe ampliarse a la de las enfermerías. Y, mucho menos, en aquellos pueblos o ciudades que adolecen de los centros médicos que poseen las localidades más importantes. Pero, desgraciadamente, esto sigue ocurriendo y, bastantes años más tarde, otro torero sufrió una cogida –que, necesariamente, no debía ser de muerte- en Pozoblanco, para, finalmente, perder la vida, durante su traslado a Córdova. Estas circunstancias, proyectadas a pueblos pequeños, donde, ni la asistencia médica, ni el ganado, aportan suficientes garantías, configuran el escenario de una posible tragedia.
De estos primeros años de mi vida, hay pocas cosas más que contar; quizás porque no existieron; tal vez porque no las recuerdo. Ya he dicho que, entonces, mi actividad apenas se proyectaba fuera de mi casa, cuyos límites rebasaba en contadas ocasiones y, en cualquier caso, acompañado de mis padres.
El cambio de escenario se produjo, algún tiempo después, cuando fui, por primera vez, a la escuela:
Comencé mi actividad escolar, previa al inicio del bachillerato, en la escuela preparatoria del instituto Pedro Espinosa. Este era el único que, por entonces, existía y estaba situado en la calle Carrera-muy cerca de la puerta de Granada-, por lo que, cada día, había de recorrer Antequera, de punta a punta.
Mi grupo de amigos, así como el conocimiento de la ciudad, comenzó a ampliarse de forma paulatina. Pero, de esta primera etapa, solo quiero recordar, ahora, a mi primer maestro, que fue Don Antonio Muñoz Rama y del que conservo, aparte de su nombre, solo la imagen difusa de un hombre de cierta corpulencia y de aspecto bonachón.
Una vez finalizada la enseñanza primaria, comencé los estudios del bachillerato, que, por entonces, estaba dividido en elemental y superior, con exámenes de reválida, al final de cada una de las dos etapas.
De mi actividad académica, aunque mi memoria me permitiría hacer un relato más extenso, solo quiero recordar algunas cosas:
Los responsables de las diferentes asignaturas no tenían el rango de catedráticos. Quizás, su categoría fuera la de profesores no numerarios o adjuntos a cátedra, pero, de eso, no estoy seguro. En cualquier caso, con ellos, pude construir una base sólida de conocimientos sobre nuestra historia, nuestra lengua y nuestro arte, más allá de las ciencias puras y aplicadas.
En cuanto a idioma moderno, elegí el francés, porque, en aquella época (craso error), parecía la lengua del futuro. Mi profesor, empleaba pocas palabras en ese idioma.
-Bonjour; silence dans la classe s’il vous plait-decía para comenzar la clase.
-Oui Monsieur- respondíamos de forma invariable.
Este profesor, cuyo verdadero nombre era el de Juan, estableció relaciones con una de dos hermanas, a las que se conocían por las zapatonas. Y, a don Juan, el humor de las gentes, le asignó el apelativo de “mesié le zapatoné”.
Por entonces, había una asignatura, dentro de las denominadas “marías”, que se impartía bajo el nombre de Formación Política y del Espíritu Nacional. Afortunadamente, no se necesitaba más allá de la poca atención, que yo le prestaba, para aprobarla. Con el paso de los años, llegué a entender mi animadversión hacia aquella materia:
Era la historia más reciente de España, pero sólo desde la óptica de una de las dos que, tristemente, la protagonizaron. Yo, percibía el indudable tufo de parcialidad, con que, la dictadura, había impregnado sus páginas. Tenía, como la luna, su lado oculto. Pero, los que lo vieron, o estaban en el exilio, o escondían su memoria o, simplemente, ya no estaban, para contarlo.
Ahora, cuando escribo sobre aquello, omito, de forma intencionada, los términos de vencedores y vencidos, porque, realmente, ¿los hubo? Yo creo que no. Todos perdieron y, las secuelas de nuestro pasado enfrentamiento, han lastrado a más de una generación y, tal vez, alcanza, todavía, a la nuestra.
Durante los primeros años, fui un estudiante brillante, que tuvo su primer tropiezo en la primera reválida:
Para este examen se establecía un tribunal mixto, compuesto por catedráticos, venidos desde Málaga o Granada –eso, no lo recuerdo bien- y profesores locales, donde, los primeros, llevaban la iniciativa. Recuerdo, en el examen escrito, a una profesora que nos dio un texto francés, para traducirlo y que, cuando, ella, lo leyó, me di cuenta de que, este idioma y el que yo conocía, no se parecían en nada.
De cualquier forma, fue en el examen oral donde no conseguí aprobar, en parte por el miedo escénico, que la presencia del tribunal y el público me producían y, por otro lado, por una deficiente preparación en química.
El segundo fracaso se produjo, de forma idéntica, en la segunda y última reválida.
Paralelamente a mis estudios, yo iba creciendo, no solamente en edad, sino, también, en otros aspectos: la asistencia al instituto, me permitía ampliar, tanto el escenario de mi actividad, como mi nómina de amistades.
Aprovechábamos el tiempo libre, entre clase y clase, para jugar al futbol en el patio del instituto y, otras veces salíamos fuera, emprendiendo largos paseos, por la salida hacia Granada. Por ese camino, se llegaba a las cuevas de Menga y Viera, que, por entonces, eran de entrada libre y, hasta ellas, nos conducía nuestra excursión. Aunque la primera está considerada como uno de los monumentos megalíticos más importantes, nuestra preferencia se inclinaba por la segunda. En ella, una vez dentro, existía una abertura, angosta y cuadrada, por la que se podía acceder a dos pasadizos o túneles, que nos permitían prolongar nuestra aventura, avanzando, por uno de ellos, hasta el final, mientras que, por el otro, jamás conseguimos saber donde terminaba.
Otras veces, tomábamos el cruce, que conduce a Málaga por las Pedrizas, hasta encontrar la alberca de una finca, donde nos bañábamos, incluso en los meses más crudos del invierno.
Pero, el escenario habitual de esparcimiento, en el extremo opuesto de la ciudad, nos lo proporcionaba el parque, del que, forzosamente, tengo que escribir, según lo recuerdo:
El paseo central, con numerosos bancos de madera, a ambos lados, estaba flanqueado por el campo de futbol (el antiguo Maulí), por una parte, y, la carretera de Sevilla, por la otra. Había, también un auditorio (“el kiosco de la música”), donde la banda municipal daba conciertos los domingos. Y, el fondo, lo coronaba la estatua del capitán Moreno: un héroe de la guerra de la independencia contra los franceses, según constaba en su pedestal.
Atravesando la carretera, el parque se extendía, en diferentes niveles, a través caminos ajardinados y glorietas, por los que se podía acceder a un estanque con patos, para llegar, por último, a su parte más elevada:
Desde allí, donde había una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, que daba nombre a este lugar, podía contemplarse la enorme extensión de la vega antequerana: una llanura, ocre y casi inmensa, en la que, sólo la silueta de la Peña de los Enamorados, quebraba la lejana línea del horizonte.
En esta zona de Antequera, también está la plaza de toros, a la que, yo, acudía con mi padre, cuando se celebraba alguna corrida, así como una explanada, que servía de real de la feria y en la que, el resto del año, improvisábamos partidos de futbol.
Durante este tiempo, mi actividad habitual era repetitiva y monocorde.
A diario me desplazaba al instituto, en una de las bicicletas, de las que se utilizaban, en la oficina de mi padre, para el reparto de telegramas, mientras que, el resto de la jornada, estudiaba en casa.
En los días festivos, también me atenía a una cierta disciplina de horario y de costumbres:
Después de levantarme, cambiaba mi ropa de diario por el “traje de los domingos” y asistía a misa, en una de las muchas iglesias, que hay en Antequera. Yo, normalmente, lo hacía a hora temprana, para aprovechar más la mañana, pero la mayoría, iba a la iglesia de Los Remedios, donde se celebraba la misa de los “pellejones”- así se llamaban a los que apuraban más las horas de sueño- a las doce del mediodía, en el centro de calle Estepa, junto al ayuntamiento. Avanzando por esta misma calle, aparece la colegiata de San Sebastián, en la plaza del mismo nombre, donde estaba ubicada la vicaría. La arquitectura de este templo, es mezcla estilos arquitectónicos diferentes: Mientras, su fachada principal, es de corte renacentista, en uno de sus laterales, se eleva una torre barroca, coronada por una veleta, a la que se conoce por el angelote. Pero, con independencia del templo visitado, en la entrada de cada uno, existía un panel, sobre el que se clavaban unas tarjetas, que informaban sobre las películas, que se exhibían en el cine, y, sobre todo, de su moralidad. En aquellos años, se calificaban con un color, que subía de tono, en orden inverso a la conveniencia de verlas, de forma que, cuando se asistía a una “película grana”, debía de contarse en la próxima confesión.
Por la tarde, me sumaba al rito, que seguían los antequeranos: presenciaba un partido de futbol, cuando tocaba y, luego, me iba al cine, si la censura lo permitía, para, después, terminar el día paseando a lo largo de la calle Estepa, que quedaba prácticamente cubierta de personas.
Otra parte de la sociedad –la clase más influyente- refugiaba su ocio en los salones del Círculo Recreativo o, si el tiempo lo permitía, observaba el ir y venir de los demás, desde la tribuna, que formaban los asientos de mimbre, alineados a lo largo de la acera del casino.
Los demás días de la semana, las calles de Antequera recuperaban la actividad normal. Y, sólo una parte, conocida por las cuatro esquinas, presentaba una mayor afluencia de personas. Esto sucedía en el cruce de la calle de la calle Estepa con las de Carreteros y Comedias, donde se aglomeraban trabajadores en paro, en busca de ser contratados para realizar las peonadas, que pudiera ofrecerle el latifundio de aquellos tiempos.
Mientras tanto, mi madre hacía su trabajo de atender a la casa; mi hermana preparaba unas oposiciones a Justicia, que, finalmente, ganó y, mi padre, alternaba su función de jefe de Telégrafos con la de profesor de electrotecnia en la escuela de Arte y Oficios. Allí, conoció a un alumno, que aprendía dibujo y que, según nos contó, apuntaba grandes cualidades. Este alumno –un niño, entonces- se llamaba Cristóbal Toral. Y, mi padre, que era gran aficionado y autodidacta de la pintura y de la música, se interesó por su promoción, e influyó, en la misma, con la persona, que podía hacerlo: el fundador de la Caja de Ahorros de Antequera.
En aquel tiempo, mi padre había abandonado la pintura, aunque, tanto en nuestra casa, como en la de nuestra familia en Torrox, colgaban algunos vestigios de su actividad pictórica. Sin embargo, seguía dedicado a la música, entre numerosos pentagramas y el violín, que tocaba durante horas. Y, finalmente, abordó la idea de montar una zarzuela – o, tal vez, ¿era una opereta?- en Antequera, lo que, finalmente, consiguió.
Molinos de Viento, se representó en el cine Torcal y, la soprano, fue Carmen Zabala, mientras, que, del protagonista masculino, solo recuerdo que se apellidaba Checa. La orquesta la componían, entre otros, mi padre y don Miguel Mohedano, que era, entonces, el director de la banda municipal.
Esto, me trae a la memoria la estancia de mi prima Margarita en Antequera, a donde se vino, desde Torrox, para cursar parte de sus estudios. Nuestra línea genética materna adolecía de actitudes musicales y, ella, que es sobrina carnal de mi madre, no era, precisamente, la excepción de la regla, por lo que, la lucha de mi padre, en el intento de enseñarle el solfeo, fue denodada e infructuosa. Y, ahora, es el momento de cerrar el paréntesis de este pasaje, para retomar el hilo principal de mi relato.
A lo largo del año, había dos acontecimientos, que rompían la monotonía de la vida antequerana: la feria –una en Mayo y, otra, en Agosto- y la Semana Santa.
Las procesiones de Antequera son muy parecidas a la de cualquier ciudad andaluza, pero, al mismo tiempo, distintas, por ciertas características: Los tronos se sostienen, en las pausas del recorrido, por las horquillas, que portan los hermanacos –allí no se llaman costaleros- y que en encajan en los varales, durante el descanso. Antes de iniciar el último tramo del recorrido, en algunas procesiones, se deshace el orden del cortejo y los pasos se detienen al borde de la empinada cuesta, que los separa de su templo. Entonces, sólo un murmullo de expectación rompe el silencio…Después, se produce un vivo redoble de tambor y, al grito de “¡a la vega!” se emprende una frenética carrera del trono y sus portadores, hasta las puertas de la iglesia.
Años después, una película de Berlanga, que vi por televisión, me trajo a la memoria un acontecimiento, que fue único, en aquellos tiempos de los que escribo. La película era “bienvenido míster Marshall” y, el acontecimiento de Antequera, la visita de Franco a la ciudad.
No recuerdo con exactitud el año, pero sí conservo la imagen de la expectación que se produjo en Antequera:
La calle Estepa se llenó de gente, esperando la llegada del general, y, balcones y farolas, se engalanaron con banderas de España. Algunos- supongo que los tenían algún cargo- lucían indumentaria de chaqueta blanca, sobre camisa azul o negra; otros vestían uniforme militar. Pero, sobre todos, destacaba una persona, a la que siempre había visto con ropas civiles, que había desempolvado, de no se sabe donde, un antigua guerrera, cubierta de condecoraciones.
Por fin, comenzaron a llegar los automóviles y motocicletas, que componían el séquito del caudillo, pero que pasaban sin detener la marcha, mientras, algunas personas, con el brazo en alto, entonaban el “cara al sol”. Por último, en otro coche, donde flameaban unas banderolas, parecía adivinarse la figura de Franco, a través de las lunas entintadas. Pero, todo, acabó como en la película: el vehículo siguió su marcha a toda velocidad, dejando, sobre muchos el polvo de una cierta frustración.
Creo que fue por los años cincuenta y cuatro o cincuenta y cinco, cuando, la oficina de telégrafos, se trasladó de sitio y, con ella, mi familia y yo.
Mi nueva vivienda, donde permanecí hasta el final de mi vida en Antequera, era un bloque, con planta baja, donde se ubicó la oficina, y dos pisos. Nosotros ocupamos el primero, mientras, en el segundo, vivían los propietarios. Esta casa estaba (y está, todavía) entre la calle Estepa y el parque, en una vía que se llamaba avenida del general Varela (más conocida por la Alameda), justo en el cruce con la calle Merecillas.
Pasé, entonces, a vivir en un piso, de habitaciones menos espaciosas y techos más bajos, aunque también había un patio, por el que se accedía a la oficina y al despacho de mi padre, que nunca utilizaba. Pero, yo, no echaba de menos mi antigua vivienda, porque, la edad, ya había proyectado mi vida más hacia la calle y, además, el nuevo entorno, me trabajo nuevas amistades.
Creo que fue, en esa época, cuando ocurrieron los hechos, que describo ahora:
Cada año –no sabría precisar, con exactitud, el mes-, se celebraba un festejo taurino, en beneficio del Asilo de las Hermanitas de los Pobres: una becerrada, que lidiaban algunos jóvenes de la sociedad más destacada de Antequera y, que se conocía como la “corrida de los señoritos”. Durante las horas anteriores y posteriores a la celebración del festejo, los “matadores” y sus cuadrillas paseaban, en coches de caballos o automóviles, vestidos de corto, e interrumpiendo su marcha, numerosas veces, para detenerse en cualquiera de los bares que jalonaban su itinerario. La del año, a que me refiero, fue distinta…
Estaba en pleno apogeo el proceso de la emigración, que se venía produciendo en España y, de forma particular, en Andalucía. En Antequera, algunos habían puesto su punto de mira en las lejanas tierras de Australia, a donde se habían marchado, o pensaban hacerlo. Y, aquel año, la comitiva de los “señoritos” apareció “engalanada” con pancartas, que aludían, de forma burlesca y despectiva, a los que se iban. El pueblo no lo aguantó y, al término del festejo, la muchedumbre enfurecida, rodeó y detuvo, en el parque, la marcha del cortejo, haciendo necesaria la participación de la guardia civil, para evitar el linchamiento.
La poca empatía, que ya existía entre la sociedad antequerana y yo, terminó por desaparecer y, expresé mi repulsa en la sección de cartas al director del periódico local.
Luego, mis vacaciones en Torrox, a donde acudía, cada vez con más frecuencia; posteriormente, mi vida en Málaga, durante mis estudios y, por último, la marcha de mi familia a esta capital, a la jubilación de mi padre, terminaron por alejarme, de forma definitiva, de Antequera.
Desde Málaga, donde vivo ahora, he vuelto a Antequera en contadas ocasiones, donde no quedan lazos sentimentales, que me obliguen hacerlo, pero quiero recordar la última:
En el año 2000, necesitaba aportar mi partida de nacimiento a los trámites, que necesitaba para la jubilación y, en busca de este requisito, cogí el coche, con mi hijo Alejandro, para llegar en un tiempo que, en aquellos años, sería impensable. Luego, busqué el registro civil, donde mi hermana trabajo algunos años, y lo encontré en el mismo sitio, donde siempre estuvo: la avenida General Varela –sorpresivamente, conservaba este nombre-, muy cerca de donde yo había vivido.
Paseamos, algún tiempo, por las calles y, tanto las personas, con las que me cruzaba, como la fisonomía de sus edificios, me recordaban pocas cosas de mi infancia. Pero yo se, que, más allá de esto, hay cambios más profundos, que han convertido la ciudad en una Antequera distinta a la que yo viví y en la que, ahora, no me importaría hacerlo.
Málaga año 2008
Datos personales
- Antonio Yañez
- Torroxeño nacido en Antequera en 1940
COMIENZOS
En otro blog, dedicado a CITESA, escribí sobre mi paso por esta compañía y, una buena parte de mi existencia, ya quedó reflejada en el mismo.
Este blog fue idea de mi amigo y compañero Rafael Vertedor y, junto a él, figuran aportaciones de de Lorenzo Martínez, Angel Estévez, Florentino, José Outes y otros.
Ahora, quiero añadir otros aspectos y experiencias, al margen de mi vida laboral, aunque tantos años en esa compañía, me obliguen a referirme a los mismos, con algunos enlaces.
Mi marcha de esa empresa puede considerarse como punto de arranque para este blog, y desde aquí, llegar a su capítulo final:
Epilogo http://www.box.net/shared/4iuitb04kw
Los enlaces al resto de capítulos de Citesa figuran al margen del blog.
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