Mis vacaciones y Torrox son los dos términos de un binomio, presente durante el verano de muchos años, en dos etapas diferentes: una, en el pueblo; la otra, en algún apartamento de alquiler de su costa.
Ahora, al referirme a la primera, la contaré en clave de pasado, sobre un escenario y forma de vida, diferentes de los actuales.
Estos veranos, corresponden a una época posterior a la desaparición de mis abuelos. Pero, de algunas visitas, anteriores a su muerte, todavía, guardo, aunque sea de forma difusa, parte de su recuerdo.
Mis abuelos maternos dieron origen a una dinastía- dispersa por distintos puntos de nuestra geografía-, pero que, cada año, convergía en el pueblo, para pasar el verano, junto a los suyos.
No se si, por cierta proximidad geográfica o cualquier otra razón de afinidad, había un cierto dejo granadino en la forma de hablar de los torroxeños. Quizás, por esa razón, a mi abuelo le llamábamos “papaíco” Manuel y, a mi abuela, “mamaíca” Lola. Pero, para todas las personas del pueblo, él, era un hombre de gran relevancia y, ¡cuantas veces!, accedía alguien por la puerta de la calle, que nunca estaba cerrada, para consultar cualquier cosa, sobre la que pedir consejo a don Manuel.
Cuando llegábamos a su casa, yo me resistía al obligado protocolo de besarlo al y, aun, recuerdo, una frase, que, él, pronunciaba a modo de sentencia:
-¡Dejadlo! Me gustan los hombres libres.
A mis otros abuelos, creo no haberlos conocido, pero se que, ella, se llamaba Fuensanta y quedó ciega, por culpa de un glaucoma, según me dijo mi padre.
Los veranos de Torrox transcurrían en dos escenarios, separados por cuatro kilómetros y unidos por un viejo autobús: el pueblo y la playa, que, hoy, son distintos en su fisonomía, pero, sobre todo, en sus costumbres…
********
La casa de mis abuelos estaba - y sigue estando, aunque totalmente reformada- en la calle Baltasar Márquez, junto a la plaza del pueblo y al Ayuntamiento. Del nombre de esta calle, siempre me despertó curiosidad su posible vinculación con nuestra familia. Pero, sólo unas memorias, escritas por un hermano de mi madre (Manuel Márquez Mira), parecen situar su origen en un primo lejano, que se fue a Méjico donde, según dicen, “hizo las Américas”.
A la muerte de sus padres, mi tía Margarita y mi tío Manolo siguieron viviendo en la misma, donde siempre lo habían hecho, y fueron nuestros anfitriones durante años, aunque, mi recuerdo y mi cariño hacia ellos, va mucho más lejos de esa circunstancia y formarán una parte, imprescindible y necesaria, de este relato. Su hija, que ya había nacido por entonces, completaba la familia pero, por razones de edad, compartía, en menor grado, la actividad del resto de mis primos y yo, en esa época. Finalmente, no puedo pasar por alto a un personaje singular, que ya vivía en la casa desde no se sabe cuando.
Era una mujer menuda, enteca de carnes, de baja estatura y edad indefinible, pero, al mismo tiempo, activa y nerviosa. Había ayudado, en vida de mis abuelos, a las tareas de la casa y, ahora, continuaba haciéndolo con mis tíos y, según decía, nos había visto nacer a todos. Su función en la casa, recibiría, hoy, recibiría el nombre de asistenta de hogar y, entonces, quizás otro. Pero, yo, no emplearé ningún apelativo, que no sea su nombre de pila, porque, Lolica, formaba, ya, parte de nuestra familia.
De la misma forma que nosotros, los otros hermanos de mi madre acudían, cada verano, al pueblo, junto a sus hijos y, el consiguiente problema de alojamiento, se resolvía en las viviendas de otra parte de nuestra familia: las de mis tías Ángeles y Ana María, que, según creo recordar, eran primas de ellos.
Mi tío Paco era registrador de la propiedad; actividad que desarrolló en diferentes localidades, aunque residía, de forma habitual, en Granada. Su trabajo, le permitía pasar, cada año, un largo verano en el pueblo.
En cambio, a mi tío Manuel, su puesto de dirigente en una multinacional, en Madrid, sólo le permitía algunas semanas de vacaciones.
Y, así, junto con otras familias, que concurrían, al pueblo, por razones similares a la nuestra, se formaba la escasa colonia veraniega del Torrox de aquellos tiempos.
La plaza- hoy de la Constitución- tenía la misma forma de pistola de ahora, pero estaba exenta de la frescura, el colorido y la concurrencia, de ahora. En su pavimento de cemento gris, algunos bancos de color verde, cuatro farolas y otras tantas acacias, formaban su único ornamento, mientras que, un asiento de piedra (la baranda), se extendía a todo lo largo del lado sur de su perímetro.
Además del Ayuntamiento, en la plaza, estaban las oficinas de Correos y de Telégrafos, el Registro de la Propiedad, donde trabajaba un sobrino de ni padre (mi primo Pepe) y el Café de Azuaga, más conocido por el casino. Las demás calles del pueblo confluían, allí, desde diferentes niveles, para completar el paisaje urbano, blanco y vertical, de Torrox.
Salvo en su situación, la casa de mis tíos es, ahora, diferente de la antigua y, si acaso, conserva el portón de la calle, como rasgo de su antigua identidad. Sin embargo, este relato me obliga a contar de aquella, lo poco que conservo en la memoria:
En la entrada, había dos habitaciones, de las que, una, servía de alcoba para Lolica y unas escaleras de mármol, por las que se accedía a la pieza principal de la casa: un comedor, con balcones hacia la plaza; una mesa, lo suficientemente larga para sentarnos a todos; un aparador antiguo y un par de mecedoras, con asiento y respaldo de mimbre. Una de las paredes, la cubría una pintura, realizada por mi padre, a modo de tapiz, que recreaba una escena bíblica. La cocina y el despacho de mi tío Manolo completaban esta planta.
La cocina era de las que, antes, se llamaban de hornilla y funcionaban con carbón, a golpe de soplillo. A falta de los electrodomésticos de hoy, la desnudez de las paredes se cubría con algunos peroles de cobre y, la ausencia de agua corriente, con un rústico mueble de madera, que servía para alojar los cantaros, que, cada día, traían los aguadores desde la fuente Correas, en las afueras del pueblo.
Del despacho de mi tío Manolo, solo recordaré un cuadro, que colgaba en una de sus paredes y que me inspiraba cierto recelo: era el retrato antiguo de un hombre -nunca supe quien fue- de apariencia severa y vestimenta oscura, que, a mí, se me antojaba de corte clerical. Desde cualquier ángulo, que lo miraras, sus ojos parecían devolverte la mirada, de forma inquisitiva. Y, esto, sucedía cada noche, porque era el paso obligado hacia los dormitorios, que estaban en la segunda planta.
Como ya habrá adivinado cualquiera que me lea, no hay que describir ningún cuarto de baño; una jofaina y una jarra con agua, en la alcoba, y un wáter rudimentario, en un estrecho patinillo, suplían su ausencia.
Cada mañana, me despertaba el paso de los rebaños de cabras por la plaza. Yo lo percibía, en esos momentos de duermevela, como un murmullo de pisadas sordas y sin estridencias, solo roto por esporádicos sonidos de cencerros y las voces de los pastores, que se detenían, en cada casa, para vender la leche, recién ordeñada.
Mi jornada, en Torrox, transcurría, en su mayor parte, fuera de casa y la compartía, casi de forma asidua, con mi primo Paco. Junto con él y otros muchachos, que, también, venían cada año, formábamos nuestra pandilla. Mientras, mi hermana y el reto de nuestros primos, formaban un grupo aparte, por razones obvias de edad.
Por la mañana, solíamos abandonar la plaza, por la calle Baltasar Márquez, hasta el final de la misma y llegar al paseo Moreas, donde, de forma casi repentina, se pasaba, desde la estrechez de la calle, a un espacio abierto y luminoso:
Hacia el sur, se podía contemplar un paisaje, verde y fresco, deslizándose en bancales de cultivos, por una pendiente suave, hasta la costa, donde, el mar dibujaba la línea del horizonte, sin edificios que la rompieran. Desde allí, tratábamos de adivinar el estado de la mar, por el cariz, que presentaba en la distancia.
Este paseo, que se prolongaba hasta la carreta de Cómpeta- hoy, hacia la nueva autovía-, es, realmente, una cornisa de la ladera del monte, donde se asienta el pueblo. Desde allí, volviendo la vista al norte, podíamos ver otros montes, salpicados de blanco por algunos cortijos y, mas lejos, los picos de una sierra, detrás de la cual, suponíamos que comenzaban las tierras de Granada.
Algunas veces, nuestra predicción meteorológica- normalmente, optimista- se veía chafada por las noticias, que traía Lolica, a la vuelta del mercado.
-Hoy tiene que estar la mar por las nubes. No hay ni “mijita de pescao”.
Pero, en la mayoría de las ocasiones, cogíamos bañador y toalla y bajábamos, desde la plaza, por la Calzada, hasta la parada del autobús.
Era el autobús de las doce y, la mayoría de sus pasajeros, la formaba los que íbamos de playa, que, entonces, no éramos muchos. Los menos, continuaban viaje a Nerja, Torre del Mar, Vélez, o Málaga. Mi hermana pagaba al conductor, tanto su billete como el mío y, esta rutina, la traigo a colación, para recordar una anécdota, de la que, todavía, nos reímos al recordarla.
-Julio, mi “guarri” y yo- decía, deforma invariable, al darle el dinero.
Y, él, le contestó, un día, que andaba mal de cambio:
-A la “guarri” me pagas, Lolita.
********
Desde el cruce de Conejito, donde nos dejaba el autobús, íbamos hacia el mar, por un estrecho camino agropecuario, bordeado por algunos cañaverales, después de dejar, atrás, la venta de Pepe el chico y la casa del veterinario, hasta llegar a la playa de Ferrara.
Entonces, era una playa desierta y, nosotros, sus únicos pobladores, junto con algún visitante ocasional. No existían chiringuitos, ni duchas, ni bloques de apartamentos y, sólo el faro, emergía sobre las rocas de un acantilado, como la única construcción del entorno. Hacia poniente, se adivinaba la presencia de Torre del Mar, aunque poco patente, aún, por su incipiente desarrollo. Y, por la parte de poniente, la vista podía extenderse hasta los acantilados de Nerja y Maro.
Ni siquiera llevábamos sombrillas; solo el traje de baño- puesto de antemano- y las toallas, con que secarnos y tendernos sobre la arena, donde, tampoco, había tumbonas. El bañador de las mujeres era, en aquellos años, casi un vestido, con falda hasta las rodillas, que, necesariamente, tenía que se molesto, después de quedar empapado de agua salada.
En los primeros años, mis inmersiones en el mar no pasaban de la orilla. Pero, con el tiempo, aprendí a nadar, aunque con un estilo rudimentario y, eso, me permitía salvar el rompeolas y llegar hasta el banco de arena, donde el agua adquiría una mayor transparencia, para bucear y descubrir el zigzagueo veloz de algunos peces.
Nuestra permanencia, en la playa, no era larga, porque, la necesidad de regresar al pueblo, en el mismo autobús, nos obligaba a reemprender, pronto, la marcha hasta el cruce, añadiendo el polvo del camino al salitre acumulado sobre la piel. De esta guisa, llegábamos hasta la venta de Pepe, donde esperábamos, bebiendo algún refresco, el momento de la salida hacia el pueblo.
Entonces, el autobús emprendía una marcha, razonablemente ligera al principio, pero, renqueante y lenta, al abordar las cuestas de la rabitilla, donde, algunas veces, claudicaba y, después de algunos intentos infructuosos, Julio, empapado de sudor, emitía veredicto, con su voz ronca.
-Señores: ¡hasta aquí hemos llegado!
Entonces, terminábamos, a pie, el regreso al pueblo, por algunos atajos que conocíamos, para llegar, bien pasadas las cuatro de la tarde, a la plaza, en la que irrumpíamos como un ejército derrotado y sediento.
-¡Ya están aquí los bañistas!- decía la tía Margarita, para aprestar a Lolica en la cocina.
Y, después de medio asearnos, nos sentábamos a comer, con más hambre que apetito, junto ella y el tío Manolo. De éste, recuerdo su costumbre de picar, siempre, en el plato de los demás, tanto, si su comida fuese o no, la misma, que la nuestra.
Mi tía, que siempre me encontraba desmejorado, a mi llegada, desde Antequera, me atiborraba con montañas de patatas fritas, para acompañar la carne o el pescado. Y, el efecto, no tardaba en producirse, a los pocos días, según su propia conclusión:
-Antoñito; ya estas más repuesto.
********
Las primeras horas de la tarde las pasaba, junto a mi primo Paquito, en un kiosco de golosinas, donde nos cobijábamos del sol, que caía, implacable, sobre la plaza, casi desierta. Manolo Parchipé- su propietario- liaba, constantemente, cigarrillos, para su venta, mientras participaba, con nosotros, en una apretada tertulia.
Desde fuera, solo llegaba el ruido de las fichas de dominó, sobre las mesas del casino; el sonido, chirriante, del vapor, al escapar de la cafetera y las campanadas del reloj de la iglesia.
Pasada la calina, solíamos reunirnos, con el resto de la pandilla, en alguno de los bancos o sentados en la baranda. Otras veces, emprendíamos pequeñas excursiones, a las que se unían mi hermana y el resto de nuestros primos, como responsables de la expedición, hasta las afueras del pueblo.
La actividad de la plaza era, entonces, casi nula: sólo un grupo- de cuatro o cinco personas, como mucho- solía medirla, con paseos apresurados, de ida y vuelta. En cambio, los domingos, se llenaba de gentes, que venían desde el Pontil. Por allí está la iglesia de san Roque y, entonces, había un lavadero público, conocido por los caños. Los pontileños, apenas abandonaban su “gueto”, salvo en los días de fiesta o de feria, para mezclarse con la burguesía de la plaza y sus alrededores.
Pero, los domingos, tenían otra particularidad…
Durante horas, las campanas de la iglesia anunciaban la celebración de la misa, pero con un tañido diferente, según se tratara del primer aviso, del segundo o del tercero. El artífice de tan singular concierto era don Bartolomé; un cura mallorquín, de figura oronda, vestida con sotana, que fue el párroco durante años.
Las noches, en Torrox, eran largas:
Después de cenar, todos, incluidos mis tíos, nos íbamos a la calle, donde, la velada, se prolongaba hasta bien pasada la medianoche, en grupos y bancos, diferenciados por la edad de los contertulios. Si el caso lo requería, mi tío Manolo, me entregaba la llave de la puerta de la casa, para entrar, después de ellos. Pero no era una llave cualquiera: era de esas antiguas, que no pueden insertarse en ningún llavero y que, apenas, cabía en alguno de mis bolsillos.
Otras veces, trasladábamos la reunión, fuera de la plaza:
Nos íbamos, por las Moreas, hacia la carreta de Competa y, después de dejar atrás el Molino Pérez, llegábamos hasta la Granja.
El primero era una construcción en ruinas, donde se dice había fantasmas- espantos, según los lugareños- por lo que, aunque nadie creía en ello, apresurábamos la marcha, al pasar por el mismo.
La Granja, según creo, era un edificio, dedicado a investigaciones agrícolas, pero, también un lugar muy agradable, con alguna vegetación y bancos. Allí, lejos de cualquier ruido e iluminación, la noche se hacía más íntima y, el cielo, se llenaba de miles- tal vez, millones- de estrellas.
********
Algunos años, después,- al final de la década de los cincuenta- comencé mis estudios en Málaga y vivía en una pensión de la calle san Agustín, donde, a veces, recibía la visita de mis tíos. Mi vinculación con Torrox, lejos de perderse, se fue estrechando, cada vez más.
Compartía mis vacaciones, entre Antequera y Torrox, alargando las segundas el mayor tiempo posible.
Durante ese tiempo, viví los primeros vestigios de turismo en el pueblo y su costa:
Junto al faro, aparecía una residencia de verano, donde venía gente mayor de Córdova, huyendo del calor de su tierra y, en el Tablazo, se había establecido una pequeña colonia de belgas.
Las costumbres de la pandilla también cambiaron, con la independencia, que nos daba la edad: bajábamos a la playa, en bicicleta, para permanecer más tiempo, pero volvíamos en el autobús de Julio. También comenzamos a cambiar nuestras tertulias de banco de plaza, por guateques y a frecuentar el casino y otros bares del pueblo.
La proximidad del siguiente curso académico, terminaba con las vacaciones y emprendía mi regreso hacia Antequera, desde donde volvía a mi pensión de Málaga. Pero, siempre, encontraba unos días, para asistir, por las primeras fechas de Octubre, a la feria de Torrox.
En aquellos años, la caseta oficial estaba situada en una terraza, encima del mercado, aunque, también, estuvo ubicada en la misma plaza y en la Hoya.
Nuestra pandilla se hacía, entonces, más numerosa, por la incorporación de otros amigos del pueblo, poco amigos de la playa. Juntos, ocupábamos cinco o seis mesas de la caseta, por la que aparecían, siempre, mi tíos.
Cada año, mi tía Margarita me hacía la misma petición, que, yo, cumplía con satisfacción:
-Antoñito, me tienes que sacar a bailar un pasodoble.
Después de los festejos, regresaba a Málaga y, definitivamente, el verano había terminado.
Málaga año 2008
Datos personales
- Antonio Yañez
- Torroxeño nacido en Antequera en 1940
COMIENZOS
En otro blog, dedicado a CITESA, escribí sobre mi paso por esta compañía y, una buena parte de mi existencia, ya quedó reflejada en el mismo.
Este blog fue idea de mi amigo y compañero Rafael Vertedor y, junto a él, figuran aportaciones de de Lorenzo Martínez, Angel Estévez, Florentino, José Outes y otros.
Ahora, quiero añadir otros aspectos y experiencias, al margen de mi vida laboral, aunque tantos años en esa compañía, me obliguen a referirme a los mismos, con algunos enlaces.
Mi marcha de esa empresa puede considerarse como punto de arranque para este blog, y desde aquí, llegar a su capítulo final:
Epilogo http://www.box.net/shared/4iuitb04kw
Los enlaces al resto de capítulos de Citesa figuran al margen del blog.
Este blog fue idea de mi amigo y compañero Rafael Vertedor y, junto a él, figuran aportaciones de de Lorenzo Martínez, Angel Estévez, Florentino, José Outes y otros.
Ahora, quiero añadir otros aspectos y experiencias, al margen de mi vida laboral, aunque tantos años en esa compañía, me obliguen a referirme a los mismos, con algunos enlaces.
Mi marcha de esa empresa puede considerarse como punto de arranque para este blog, y desde aquí, llegar a su capítulo final:
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domingo, 13 de julio de 2008
DESDE ANTEQUERA A TORROX
Siempre que, alguien, me pregunta de de dónde soy, mi contestación suele ser la misma:
-Nací en Antequera, pero soy de Torrox.
Más que una afirmación, este es un sentimiento y, como todos los sentimientos, es difícil la explicación del por qué del mismo, más allá de de que te sale de lo profundo del alma. Tal vez sean mis vínculos familiares; unos veranos inolvidables, a lo largo de muchos años; el carácter abierto de su gente, en contrapuesto con el de Antequera o, quizás, la proximidad del mar, que yo siempre buscaba, durante mis ausencias, desde cualquier lugar elevado, donde pudiera divisar algún espacio abierto, sin encontrar nunca el horizonte que deseaba, ni percibir el olor salobre y a yodo, que permanecía, en el cuerpo y en la mente, hasta que, solo el regreso de las vacaciones, conseguía borrarlo.
Mis desplazamientos Torrox han sido numerosos, pero, ahora, me referiré a los primeros, allá por la década de los cincuenta, que yo hacía, acompañado por mis padres y hermana.
Cada año, al comienzo del verano, nos íbamos a Torrox, para lo que emprendíamos un viaje que, por aquellos tiempos, era largo, pero esperado con ilusión –al menos, para mí-, durante meses.
Cuando todavía no existían indicios del próximo amanecer, rompíamos el silencio de la ciudad, con nuestra maletas, para buscar el único autobús, que, por aquel entonces, había en Antequera: un vehículo, viejo y destartalado, que conducía, correspondencia y viajeros, desde la puerta de la Administración de Correos, hasta la estación de la Renfe, para emprender viaje a Málaga.
Algunas películas del wéstern americano, me traen recuerdos de aquel ferrocarril, con asientos de madera y máquina de vapor, que tenía una parada inicial en Bobadilla, donde esperaba la llegada de otros de cercanías, para formar el convoy definitivo y reemprender su camino- jalonado por seis o siete estaciones más- hacia la capital.
Entre Gobantes y Alora, existen varios túneles, cuya oscuridad hacía prolongar la noche y, sólo al final, cuando la luz del alba empezaba a despuntar, descubría, en breves intervalos de tiempo, el paisaje abrupto y vertical del desfiladero de los Gavilanes, donde- una increíble pasarela, que se conoce como el camino del rey- parece observar el transcurso del rio Guadalhorce al fondo.
Después de abandonar Campanillas, el día se hacía realidad y, bajo la luz del sol recién nacido, un paisaje, más luminoso y verde, me hacía guardar, las tierras áridas del secano, en un recuerdo sin nostalgia. Desde las ventanillas, ya se podía adivinar la presencia del mar, bajo la línea de un nuevo horizonte, que, todavía, se dibujaba confuso y lejano. Y, el tren, parecía avanzar de forma, cada vez más cansina, hacia Málaga.
Después, la marcha se hacía aun más lenta y renqueante, a través de una maraña de cruces de vías, que anunciaba la llegada inminente a la capital, a la que arribamos, por fin, después de tres horas.
En ese momento (sobre las diez de la mañana), tomábamos un coche de caballos- de los que, todavía, existen- para desplazarnos hasta la estación de autobuses y encargar los billetes a Torrox. Por el corto trayecto, yo alternaba mi atención hacia el balanceo cadencioso del animal y los edificios, que flaqueaban la calle Cuarteles, para, luego, a través de la Alameda desembocar en la plaza de la Marina.
Allí, donde el cielo se hace más ancho y, la presencia del mar, es tangible con la cercanía del puerto, estaba ubicada, por entonces, la oficina de la compañía Alsina, donde dejábamos el equipaje y a la que volveríamos, posteriormente, para emprender nuestro camino hacia Torrox a la una del mediodía.
Mis padres aprovechaban ese paréntesis de tiempo en algunas visitas, casi protocolarias, mientras, a mí, no me quedaba otra disyuntiva, que no fuera formar parte de las mismas:
Normalmente, visitábamos una zapatería de la plaza del Carbón-calzados Alas era y, tal vez lo siga siendo, su nombre- para saludar a su propietario, con el que, mi madre, tenía algún parentesco, a través de uno de sus hermanos: mi tío Paco.
Algunas veces, también nos pasábamos por la acera del Círculo Mercantil, donde, mi padre, podía encontrase con un amigo de su infancia en Torrox, al que todos llamábamos el tío Esteban.
Después de cubiertas estas formalidades, emprendíamos, por fin, el viaje a Torrox…
En aquel tiempo, el autobús, que hacía el trayecto desde Málaga a Nerja, admitía más personas que asientos y, a lo largo del camino, se iban incorporando nuevos viajeros, mientras otros lo abandonaban y, la sensación de agobio y el perceptible olor a cuerpos sudorosos y gasóleo, se hacía cada vez más patente, llegando a su punto más crítico, durante la parada, que se hacía en Torre del Mar.
Entonces, la Torre- que, de esta forma, se le llamaba- era poco menos que la calle, que formaba la propia carretera y, allí, se detenía el autocar, mientras, conductor y cobrador, gestionaban la correspondencia de Vélez, tomando copas en la improvisada estafeta de un bar cercano y, el vehículo, era asaltado por vendedores de productos típicos de la comarca.
-¡Tortas de Algarrobo! ¿Quién quiere tortas de Algarrobo?
Luego, al reemprender la marcha, con un ambiente menos pesado, la carretera se aproximaba al mar por la Caleta, la Mezquitilla y Lagos y se llegaba a percibir el rumor de oleaje, hasta que, finalmente, llegábamos al cruce con Torrox: Conejito.
A este paraje, da su nombre una venta, situada en la confluencia de la carreta comarcal y la general. Pero era en otra- la de Pepe el chico- donde se repetía la ceremonia del correo, así como las libaciones pertinentes, en una época exenta de cualquier control de alcoholemia.
Ya solo nos quedaba subir al pueblo y, así, lo hacíamos en otro autobús, más y pequeño y viejo, que conducía Julio, un hombre de edad avanzada y cascada voz, a través de cuatro kilómetros de una carretera empinada y serpenteante, que se conoce por la rabitilla, para terminar, pasadas las cuatro de la tarde, en nuestro destino.
Era el momento, todo había terminaba y, al mismo tiempo, todo estaba por empezar.
-Nací en Antequera, pero soy de Torrox.
Más que una afirmación, este es un sentimiento y, como todos los sentimientos, es difícil la explicación del por qué del mismo, más allá de de que te sale de lo profundo del alma. Tal vez sean mis vínculos familiares; unos veranos inolvidables, a lo largo de muchos años; el carácter abierto de su gente, en contrapuesto con el de Antequera o, quizás, la proximidad del mar, que yo siempre buscaba, durante mis ausencias, desde cualquier lugar elevado, donde pudiera divisar algún espacio abierto, sin encontrar nunca el horizonte que deseaba, ni percibir el olor salobre y a yodo, que permanecía, en el cuerpo y en la mente, hasta que, solo el regreso de las vacaciones, conseguía borrarlo.
Mis desplazamientos Torrox han sido numerosos, pero, ahora, me referiré a los primeros, allá por la década de los cincuenta, que yo hacía, acompañado por mis padres y hermana.
Cada año, al comienzo del verano, nos íbamos a Torrox, para lo que emprendíamos un viaje que, por aquellos tiempos, era largo, pero esperado con ilusión –al menos, para mí-, durante meses.
Cuando todavía no existían indicios del próximo amanecer, rompíamos el silencio de la ciudad, con nuestra maletas, para buscar el único autobús, que, por aquel entonces, había en Antequera: un vehículo, viejo y destartalado, que conducía, correspondencia y viajeros, desde la puerta de la Administración de Correos, hasta la estación de la Renfe, para emprender viaje a Málaga.
Algunas películas del wéstern americano, me traen recuerdos de aquel ferrocarril, con asientos de madera y máquina de vapor, que tenía una parada inicial en Bobadilla, donde esperaba la llegada de otros de cercanías, para formar el convoy definitivo y reemprender su camino- jalonado por seis o siete estaciones más- hacia la capital.
Entre Gobantes y Alora, existen varios túneles, cuya oscuridad hacía prolongar la noche y, sólo al final, cuando la luz del alba empezaba a despuntar, descubría, en breves intervalos de tiempo, el paisaje abrupto y vertical del desfiladero de los Gavilanes, donde- una increíble pasarela, que se conoce como el camino del rey- parece observar el transcurso del rio Guadalhorce al fondo.
Después de abandonar Campanillas, el día se hacía realidad y, bajo la luz del sol recién nacido, un paisaje, más luminoso y verde, me hacía guardar, las tierras áridas del secano, en un recuerdo sin nostalgia. Desde las ventanillas, ya se podía adivinar la presencia del mar, bajo la línea de un nuevo horizonte, que, todavía, se dibujaba confuso y lejano. Y, el tren, parecía avanzar de forma, cada vez más cansina, hacia Málaga.
Después, la marcha se hacía aun más lenta y renqueante, a través de una maraña de cruces de vías, que anunciaba la llegada inminente a la capital, a la que arribamos, por fin, después de tres horas.
En ese momento (sobre las diez de la mañana), tomábamos un coche de caballos- de los que, todavía, existen- para desplazarnos hasta la estación de autobuses y encargar los billetes a Torrox. Por el corto trayecto, yo alternaba mi atención hacia el balanceo cadencioso del animal y los edificios, que flaqueaban la calle Cuarteles, para, luego, a través de la Alameda desembocar en la plaza de la Marina.
Allí, donde el cielo se hace más ancho y, la presencia del mar, es tangible con la cercanía del puerto, estaba ubicada, por entonces, la oficina de la compañía Alsina, donde dejábamos el equipaje y a la que volveríamos, posteriormente, para emprender nuestro camino hacia Torrox a la una del mediodía.
Mis padres aprovechaban ese paréntesis de tiempo en algunas visitas, casi protocolarias, mientras, a mí, no me quedaba otra disyuntiva, que no fuera formar parte de las mismas:
Normalmente, visitábamos una zapatería de la plaza del Carbón-calzados Alas era y, tal vez lo siga siendo, su nombre- para saludar a su propietario, con el que, mi madre, tenía algún parentesco, a través de uno de sus hermanos: mi tío Paco.
Algunas veces, también nos pasábamos por la acera del Círculo Mercantil, donde, mi padre, podía encontrase con un amigo de su infancia en Torrox, al que todos llamábamos el tío Esteban.
Después de cubiertas estas formalidades, emprendíamos, por fin, el viaje a Torrox…
En aquel tiempo, el autobús, que hacía el trayecto desde Málaga a Nerja, admitía más personas que asientos y, a lo largo del camino, se iban incorporando nuevos viajeros, mientras otros lo abandonaban y, la sensación de agobio y el perceptible olor a cuerpos sudorosos y gasóleo, se hacía cada vez más patente, llegando a su punto más crítico, durante la parada, que se hacía en Torre del Mar.
Entonces, la Torre- que, de esta forma, se le llamaba- era poco menos que la calle, que formaba la propia carretera y, allí, se detenía el autocar, mientras, conductor y cobrador, gestionaban la correspondencia de Vélez, tomando copas en la improvisada estafeta de un bar cercano y, el vehículo, era asaltado por vendedores de productos típicos de la comarca.
-¡Tortas de Algarrobo! ¿Quién quiere tortas de Algarrobo?
Luego, al reemprender la marcha, con un ambiente menos pesado, la carretera se aproximaba al mar por la Caleta, la Mezquitilla y Lagos y se llegaba a percibir el rumor de oleaje, hasta que, finalmente, llegábamos al cruce con Torrox: Conejito.
A este paraje, da su nombre una venta, situada en la confluencia de la carreta comarcal y la general. Pero era en otra- la de Pepe el chico- donde se repetía la ceremonia del correo, así como las libaciones pertinentes, en una época exenta de cualquier control de alcoholemia.
Ya solo nos quedaba subir al pueblo y, así, lo hacíamos en otro autobús, más y pequeño y viejo, que conducía Julio, un hombre de edad avanzada y cascada voz, a través de cuatro kilómetros de una carretera empinada y serpenteante, que se conoce por la rabitilla, para terminar, pasadas las cuatro de la tarde, en nuestro destino.
Era el momento, todo había terminaba y, al mismo tiempo, todo estaba por empezar.
ANTEQUERA
De mi nacimiento en Antequera, solo sé que lo hice el 23 de Enero de 1940, porque me lo dijeron mis padres y así está escrito en el libro de familia.
Mis primeros recuerdos, unos siete años después, son de una casa, en la que viví mi primera infancia, y que estaba situada en la arteria principal del municipio: la calle Infante don Fernando, más conocida por calle Estepa.
Antequera es una encrucijada de direcciones hacia las principales capitales andaluzas y, de ahí, el nombre de algunas calles y sitios: Por un extremo de mi calle, se accedía a la carretera de Sevilla y, por la otra, hasta un lugar conocido por la puerta de Granada. La calle Lucena, paralela a la anterior, tomaba su nombre del camino a Córdoba, hacia donde conducía. En cambio, no existía ninguna alusión a la ruta hacia Málaga, a pesar de que era la ciudad más cercana, pero al mismo tiempo, la más lejana en el corazón de los antequeranos.
Mi casa, como muchas en Antequera, era grande y más próxima a la configuración de las que existen en Sevilla. En ella, estaba ubicada la oficina de telégrafos, de la que mi padre era el responsable, a la que se entraba directamente desde la calle, mientras que, por otra puerta, se accedía a la vivienda, a través de una cancela y un patio, amplio y fresco, adornado de macetas. En la parte de atrás, existía otro patio- éste era rústico-, donde una higuera vieja daba algunos higos, pero nunca brevas, y, una losa redonda, escondía la existencia de un pozo, pero no el rumor del agua, que, desde arriba, podía escucharse.
En aquellos años, mi vida transcurrió en aquella casa, de la que apenas salía y, realmente, no sentía la necesidad de hacerlo: la amplitud de espacio, de que disponía, me permitía jugar a la pelota, con algunos amigos, en el patio. Otras veces, jugábamos al escondite, aprovechando todo el edificio, que incluía, en la parte superior, una buhardilla. Este lugar, al que mis padres llamaban cámara, solo albergaba algunos trastos viejos, pero, sobre todo, tenía el atractivo misterio, que las cosas recónditas y desconocidas producen.
Allí tuve mi primer maestro, que no fue otro que mi padre, y aprendí a leer y escribir, así como unas primeras nociones de geografía y aritmética. También leí, como no podía ser de otra forma, mi primera obra literaria: una versión abreviada de Don Quijote de la Mancha. Todo ello me permitió acudir a la escuela con una buena parte del camino andado, lo que no hubiera sido posible de otra forma, si tenemos en cuenta que, en aquel tiempo, no existían los parvularios y guarderías que, hoy, proliferan.
Pasaba, también, algunas horas en la oficina de telégrafos, escuchando, aunque sin entender, el continuo tictac de las transmisiones en Morse, así como observaba las palabras, más inteligibles, que el teletipo generaba e imprimía en unas cintas, que, después, debían ser pegadas sobre el papel azul de los telegramas. Recuerdo que, a través de ese teletipo, llego una noticia, que, mi padre, me contó y que, en aquel año de 1947, fue impactante: Manuel Rodríguez “Manolete” había muerto en la plaza de Linares. Aunque nunca le vi torear, la afición a los toros ya había germinado en mí, por alguna corrida, que presencié en la plaza de Antequera.
Después, a través de algunos medios audiovisuales, pude ver fragmentos de sus actuaciones frente al toro. Su figura alargada, así como su semblante serio y de cierta tristeza, componían una imagen, que parecía extrapolada de una pintura del Greco.
Recuerdo su toreo de corte vertical- raramente abría el compás-, cimentado, preferentemente, sobre el manejo de la espada y la muleta, donde, la proximidad entre toro y torero, llevaban a los dos protagonistas a fundirse en una sola imagen. No voy referirme a la “manoletina” como una faceta reseñable de sus faenas, porque, aunque efectista, no la considero como suerte fundamental.
También supe que, a Manolete, lo hirió de muerte un toro de Miura, llamado Islero, justo en el momento de entrar a matar y que, aquella tarde, compartía cartel con Luis Miguel Dominguín y Gitanillo de Triana. Por otra parte, la lectura de alguna revista, en la que se detallaban las horas que transcurrieron, desde la cogida hasta el desenlace final, me hicieron reflexionar sobre ciertas imperfecciones del reglamento taurino:
Aun admitiendo la clasificación de las plazas en distintas categorías, pienso que, ésta, no debe ampliarse a la de las enfermerías. Y, mucho menos, en aquellos pueblos o ciudades que adolecen de los centros médicos que poseen las localidades más importantes. Pero, desgraciadamente, esto sigue ocurriendo y, bastantes años más tarde, otro torero sufrió una cogida –que, necesariamente, no debía ser de muerte- en Pozoblanco, para, finalmente, perder la vida, durante su traslado a Córdova. Estas circunstancias, proyectadas a pueblos pequeños, donde, ni la asistencia médica, ni el ganado, aportan suficientes garantías, configuran el escenario de una posible tragedia.
De estos primeros años de mi vida, hay pocas cosas más que contar; quizás porque no existieron; tal vez porque no las recuerdo. Ya he dicho que, entonces, mi actividad apenas se proyectaba fuera de mi casa, cuyos límites rebasaba en contadas ocasiones y, en cualquier caso, acompañado de mis padres.
El cambio de escenario se produjo, algún tiempo después, cuando fui, por primera vez, a la escuela:
Comencé mi actividad escolar, previa al inicio del bachillerato, en la escuela preparatoria del instituto Pedro Espinosa. Este era el único que, por entonces, existía y estaba situado en la calle Carrera-muy cerca de la puerta de Granada-, por lo que, cada día, había de recorrer Antequera, de punta a punta.
Mi grupo de amigos, así como el conocimiento de la ciudad, comenzó a ampliarse de forma paulatina. Pero, de esta primera etapa, solo quiero recordar, ahora, a mi primer maestro, que fue Don Antonio Muñoz Rama y del que conservo, aparte de su nombre, solo la imagen difusa de un hombre de cierta corpulencia y de aspecto bonachón.
Una vez finalizada la enseñanza primaria, comencé los estudios del bachillerato, que, por entonces, estaba dividido en elemental y superior, con exámenes de reválida, al final de cada una de las dos etapas.
De mi actividad académica, aunque mi memoria me permitiría hacer un relato más extenso, solo quiero recordar algunas cosas:
Los responsables de las diferentes asignaturas no tenían el rango de catedráticos. Quizás, su categoría fuera la de profesores no numerarios o adjuntos a cátedra, pero, de eso, no estoy seguro. En cualquier caso, con ellos, pude construir una base sólida de conocimientos sobre nuestra historia, nuestra lengua y nuestro arte, más allá de las ciencias puras y aplicadas.
En cuanto a idioma moderno, elegí el francés, porque, en aquella época (craso error), parecía la lengua del futuro. Mi profesor, empleaba pocas palabras en ese idioma.
-Bonjour; silence dans la classe s’il vous plait-decía para comenzar la clase.
-Oui Monsieur- respondíamos de forma invariable.
Este profesor, cuyo verdadero nombre era el de Juan, estableció relaciones con una de dos hermanas, a las que se conocían por las zapatonas. Y, a don Juan, el humor de las gentes, le asignó el apelativo de “mesié le zapatoné”.
Por entonces, había una asignatura, dentro de las denominadas “marías”, que se impartía bajo el nombre de Formación Política y del Espíritu Nacional. Afortunadamente, no se necesitaba más allá de la poca atención, que yo le prestaba, para aprobarla. Con el paso de los años, llegué a entender mi animadversión hacia aquella materia:
Era la historia más reciente de España, pero sólo desde la óptica de una de las dos que, tristemente, la protagonizaron. Yo, percibía el indudable tufo de parcialidad, con que, la dictadura, había impregnado sus páginas. Tenía, como la luna, su lado oculto. Pero, los que lo vieron, o estaban en el exilio, o escondían su memoria o, simplemente, ya no estaban, para contarlo.
Ahora, cuando escribo sobre aquello, omito, de forma intencionada, los términos de vencedores y vencidos, porque, realmente, ¿los hubo? Yo creo que no. Todos perdieron y, las secuelas de nuestro pasado enfrentamiento, han lastrado a más de una generación y, tal vez, alcanza, todavía, a la nuestra.
Durante los primeros años, fui un estudiante brillante, que tuvo su primer tropiezo en la primera reválida:
Para este examen se establecía un tribunal mixto, compuesto por catedráticos, venidos desde Málaga o Granada –eso, no lo recuerdo bien- y profesores locales, donde, los primeros, llevaban la iniciativa. Recuerdo, en el examen escrito, a una profesora que nos dio un texto francés, para traducirlo y que, cuando, ella, lo leyó, me di cuenta de que, este idioma y el que yo conocía, no se parecían en nada.
De cualquier forma, fue en el examen oral donde no conseguí aprobar, en parte por el miedo escénico, que la presencia del tribunal y el público me producían y, por otro lado, por una deficiente preparación en química.
El segundo fracaso se produjo, de forma idéntica, en la segunda y última reválida.
Paralelamente a mis estudios, yo iba creciendo, no solamente en edad, sino, también, en otros aspectos: la asistencia al instituto, me permitía ampliar, tanto el escenario de mi actividad, como mi nómina de amistades.
Aprovechábamos el tiempo libre, entre clase y clase, para jugar al futbol en el patio del instituto y, otras veces salíamos fuera, emprendiendo largos paseos, por la salida hacia Granada. Por ese camino, se llegaba a las cuevas de Menga y Viera, que, por entonces, eran de entrada libre y, hasta ellas, nos conducía nuestra excursión. Aunque la primera está considerada como uno de los monumentos megalíticos más importantes, nuestra preferencia se inclinaba por la segunda. En ella, una vez dentro, existía una abertura, angosta y cuadrada, por la que se podía acceder a dos pasadizos o túneles, que nos permitían prolongar nuestra aventura, avanzando, por uno de ellos, hasta el final, mientras que, por el otro, jamás conseguimos saber donde terminaba.
Otras veces, tomábamos el cruce, que conduce a Málaga por las Pedrizas, hasta encontrar la alberca de una finca, donde nos bañábamos, incluso en los meses más crudos del invierno.
Pero, el escenario habitual de esparcimiento, en el extremo opuesto de la ciudad, nos lo proporcionaba el parque, del que, forzosamente, tengo que escribir, según lo recuerdo:
El paseo central, con numerosos bancos de madera, a ambos lados, estaba flanqueado por el campo de futbol (el antiguo Maulí), por una parte, y, la carretera de Sevilla, por la otra. Había, también un auditorio (“el kiosco de la música”), donde la banda municipal daba conciertos los domingos. Y, el fondo, lo coronaba la estatua del capitán Moreno: un héroe de la guerra de la independencia contra los franceses, según constaba en su pedestal.
Atravesando la carretera, el parque se extendía, en diferentes niveles, a través caminos ajardinados y glorietas, por los que se podía acceder a un estanque con patos, para llegar, por último, a su parte más elevada:
Desde allí, donde había una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, que daba nombre a este lugar, podía contemplarse la enorme extensión de la vega antequerana: una llanura, ocre y casi inmensa, en la que, sólo la silueta de la Peña de los Enamorados, quebraba la lejana línea del horizonte.
En esta zona de Antequera, también está la plaza de toros, a la que, yo, acudía con mi padre, cuando se celebraba alguna corrida, así como una explanada, que servía de real de la feria y en la que, el resto del año, improvisábamos partidos de futbol.
Durante este tiempo, mi actividad habitual era repetitiva y monocorde.
A diario me desplazaba al instituto, en una de las bicicletas, de las que se utilizaban, en la oficina de mi padre, para el reparto de telegramas, mientras que, el resto de la jornada, estudiaba en casa.
En los días festivos, también me atenía a una cierta disciplina de horario y de costumbres:
Después de levantarme, cambiaba mi ropa de diario por el “traje de los domingos” y asistía a misa, en una de las muchas iglesias, que hay en Antequera. Yo, normalmente, lo hacía a hora temprana, para aprovechar más la mañana, pero la mayoría, iba a la iglesia de Los Remedios, donde se celebraba la misa de los “pellejones”- así se llamaban a los que apuraban más las horas de sueño- a las doce del mediodía, en el centro de calle Estepa, junto al ayuntamiento. Avanzando por esta misma calle, aparece la colegiata de San Sebastián, en la plaza del mismo nombre, donde estaba ubicada la vicaría. La arquitectura de este templo, es mezcla estilos arquitectónicos diferentes: Mientras, su fachada principal, es de corte renacentista, en uno de sus laterales, se eleva una torre barroca, coronada por una veleta, a la que se conoce por el angelote. Pero, con independencia del templo visitado, en la entrada de cada uno, existía un panel, sobre el que se clavaban unas tarjetas, que informaban sobre las películas, que se exhibían en el cine, y, sobre todo, de su moralidad. En aquellos años, se calificaban con un color, que subía de tono, en orden inverso a la conveniencia de verlas, de forma que, cuando se asistía a una “película grana”, debía de contarse en la próxima confesión.
Por la tarde, me sumaba al rito, que seguían los antequeranos: presenciaba un partido de futbol, cuando tocaba y, luego, me iba al cine, si la censura lo permitía, para, después, terminar el día paseando a lo largo de la calle Estepa, que quedaba prácticamente cubierta de personas.
Otra parte de la sociedad –la clase más influyente- refugiaba su ocio en los salones del Círculo Recreativo o, si el tiempo lo permitía, observaba el ir y venir de los demás, desde la tribuna, que formaban los asientos de mimbre, alineados a lo largo de la acera del casino.
Los demás días de la semana, las calles de Antequera recuperaban la actividad normal. Y, sólo una parte, conocida por las cuatro esquinas, presentaba una mayor afluencia de personas. Esto sucedía en el cruce de la calle de la calle Estepa con las de Carreteros y Comedias, donde se aglomeraban trabajadores en paro, en busca de ser contratados para realizar las peonadas, que pudiera ofrecerle el latifundio de aquellos tiempos.
Mientras tanto, mi madre hacía su trabajo de atender a la casa; mi hermana preparaba unas oposiciones a Justicia, que, finalmente, ganó y, mi padre, alternaba su función de jefe de Telégrafos con la de profesor de electrotecnia en la escuela de Arte y Oficios. Allí, conoció a un alumno, que aprendía dibujo y que, según nos contó, apuntaba grandes cualidades. Este alumno –un niño, entonces- se llamaba Cristóbal Toral. Y, mi padre, que era gran aficionado y autodidacta de la pintura y de la música, se interesó por su promoción, e influyó, en la misma, con la persona, que podía hacerlo: el fundador de la Caja de Ahorros de Antequera.
En aquel tiempo, mi padre había abandonado la pintura, aunque, tanto en nuestra casa, como en la de nuestra familia en Torrox, colgaban algunos vestigios de su actividad pictórica. Sin embargo, seguía dedicado a la música, entre numerosos pentagramas y el violín, que tocaba durante horas. Y, finalmente, abordó la idea de montar una zarzuela – o, tal vez, ¿era una opereta?- en Antequera, lo que, finalmente, consiguió.
Molinos de Viento, se representó en el cine Torcal y, la soprano, fue Carmen Zabala, mientras, que, del protagonista masculino, solo recuerdo que se apellidaba Checa. La orquesta la componían, entre otros, mi padre y don Miguel Mohedano, que era, entonces, el director de la banda municipal.
Esto, me trae a la memoria la estancia de mi prima Margarita en Antequera, a donde se vino, desde Torrox, para cursar parte de sus estudios. Nuestra línea genética materna adolecía de actitudes musicales y, ella, que es sobrina carnal de mi madre, no era, precisamente, la excepción de la regla, por lo que, la lucha de mi padre, en el intento de enseñarle el solfeo, fue denodada e infructuosa. Y, ahora, es el momento de cerrar el paréntesis de este pasaje, para retomar el hilo principal de mi relato.
A lo largo del año, había dos acontecimientos, que rompían la monotonía de la vida antequerana: la feria –una en Mayo y, otra, en Agosto- y la Semana Santa.
Las procesiones de Antequera son muy parecidas a la de cualquier ciudad andaluza, pero, al mismo tiempo, distintas, por ciertas características: Los tronos se sostienen, en las pausas del recorrido, por las horquillas, que portan los hermanacos –allí no se llaman costaleros- y que en encajan en los varales, durante el descanso. Antes de iniciar el último tramo del recorrido, en algunas procesiones, se deshace el orden del cortejo y los pasos se detienen al borde de la empinada cuesta, que los separa de su templo. Entonces, sólo un murmullo de expectación rompe el silencio…Después, se produce un vivo redoble de tambor y, al grito de “¡a la vega!” se emprende una frenética carrera del trono y sus portadores, hasta las puertas de la iglesia.
Años después, una película de Berlanga, que vi por televisión, me trajo a la memoria un acontecimiento, que fue único, en aquellos tiempos de los que escribo. La película era “bienvenido míster Marshall” y, el acontecimiento de Antequera, la visita de Franco a la ciudad.
No recuerdo con exactitud el año, pero sí conservo la imagen de la expectación que se produjo en Antequera:
La calle Estepa se llenó de gente, esperando la llegada del general, y, balcones y farolas, se engalanaron con banderas de España. Algunos- supongo que los tenían algún cargo- lucían indumentaria de chaqueta blanca, sobre camisa azul o negra; otros vestían uniforme militar. Pero, sobre todos, destacaba una persona, a la que siempre había visto con ropas civiles, que había desempolvado, de no se sabe donde, un antigua guerrera, cubierta de condecoraciones.
Por fin, comenzaron a llegar los automóviles y motocicletas, que componían el séquito del caudillo, pero que pasaban sin detener la marcha, mientras, algunas personas, con el brazo en alto, entonaban el “cara al sol”. Por último, en otro coche, donde flameaban unas banderolas, parecía adivinarse la figura de Franco, a través de las lunas entintadas. Pero, todo, acabó como en la película: el vehículo siguió su marcha a toda velocidad, dejando, sobre muchos el polvo de una cierta frustración.
Creo que fue por los años cincuenta y cuatro o cincuenta y cinco, cuando, la oficina de telégrafos, se trasladó de sitio y, con ella, mi familia y yo.
Mi nueva vivienda, donde permanecí hasta el final de mi vida en Antequera, era un bloque, con planta baja, donde se ubicó la oficina, y dos pisos. Nosotros ocupamos el primero, mientras, en el segundo, vivían los propietarios. Esta casa estaba (y está, todavía) entre la calle Estepa y el parque, en una vía que se llamaba avenida del general Varela (más conocida por la Alameda), justo en el cruce con la calle Merecillas.
Pasé, entonces, a vivir en un piso, de habitaciones menos espaciosas y techos más bajos, aunque también había un patio, por el que se accedía a la oficina y al despacho de mi padre, que nunca utilizaba. Pero, yo, no echaba de menos mi antigua vivienda, porque, la edad, ya había proyectado mi vida más hacia la calle y, además, el nuevo entorno, me trabajo nuevas amistades.
Creo que fue, en esa época, cuando ocurrieron los hechos, que describo ahora:
Cada año –no sabría precisar, con exactitud, el mes-, se celebraba un festejo taurino, en beneficio del Asilo de las Hermanitas de los Pobres: una becerrada, que lidiaban algunos jóvenes de la sociedad más destacada de Antequera y, que se conocía como la “corrida de los señoritos”. Durante las horas anteriores y posteriores a la celebración del festejo, los “matadores” y sus cuadrillas paseaban, en coches de caballos o automóviles, vestidos de corto, e interrumpiendo su marcha, numerosas veces, para detenerse en cualquiera de los bares que jalonaban su itinerario. La del año, a que me refiero, fue distinta…
Estaba en pleno apogeo el proceso de la emigración, que se venía produciendo en España y, de forma particular, en Andalucía. En Antequera, algunos habían puesto su punto de mira en las lejanas tierras de Australia, a donde se habían marchado, o pensaban hacerlo. Y, aquel año, la comitiva de los “señoritos” apareció “engalanada” con pancartas, que aludían, de forma burlesca y despectiva, a los que se iban. El pueblo no lo aguantó y, al término del festejo, la muchedumbre enfurecida, rodeó y detuvo, en el parque, la marcha del cortejo, haciendo necesaria la participación de la guardia civil, para evitar el linchamiento.
La poca empatía, que ya existía entre la sociedad antequerana y yo, terminó por desaparecer y, expresé mi repulsa en la sección de cartas al director del periódico local.
Luego, mis vacaciones en Torrox, a donde acudía, cada vez con más frecuencia; posteriormente, mi vida en Málaga, durante mis estudios y, por último, la marcha de mi familia a esta capital, a la jubilación de mi padre, terminaron por alejarme, de forma definitiva, de Antequera.
Desde Málaga, donde vivo ahora, he vuelto a Antequera en contadas ocasiones, donde no quedan lazos sentimentales, que me obliguen hacerlo, pero quiero recordar la última:
En el año 2000, necesitaba aportar mi partida de nacimiento a los trámites, que necesitaba para la jubilación y, en busca de este requisito, cogí el coche, con mi hijo Alejandro, para llegar en un tiempo que, en aquellos años, sería impensable. Luego, busqué el registro civil, donde mi hermana trabajo algunos años, y lo encontré en el mismo sitio, donde siempre estuvo: la avenida General Varela –sorpresivamente, conservaba este nombre-, muy cerca de donde yo había vivido.
Paseamos, algún tiempo, por las calles y, tanto las personas, con las que me cruzaba, como la fisonomía de sus edificios, me recordaban pocas cosas de mi infancia. Pero yo se, que, más allá de esto, hay cambios más profundos, que han convertido la ciudad en una Antequera distinta a la que yo viví y en la que, ahora, no me importaría hacerlo.
Mis primeros recuerdos, unos siete años después, son de una casa, en la que viví mi primera infancia, y que estaba situada en la arteria principal del municipio: la calle Infante don Fernando, más conocida por calle Estepa.
Antequera es una encrucijada de direcciones hacia las principales capitales andaluzas y, de ahí, el nombre de algunas calles y sitios: Por un extremo de mi calle, se accedía a la carretera de Sevilla y, por la otra, hasta un lugar conocido por la puerta de Granada. La calle Lucena, paralela a la anterior, tomaba su nombre del camino a Córdoba, hacia donde conducía. En cambio, no existía ninguna alusión a la ruta hacia Málaga, a pesar de que era la ciudad más cercana, pero al mismo tiempo, la más lejana en el corazón de los antequeranos.
Mi casa, como muchas en Antequera, era grande y más próxima a la configuración de las que existen en Sevilla. En ella, estaba ubicada la oficina de telégrafos, de la que mi padre era el responsable, a la que se entraba directamente desde la calle, mientras que, por otra puerta, se accedía a la vivienda, a través de una cancela y un patio, amplio y fresco, adornado de macetas. En la parte de atrás, existía otro patio- éste era rústico-, donde una higuera vieja daba algunos higos, pero nunca brevas, y, una losa redonda, escondía la existencia de un pozo, pero no el rumor del agua, que, desde arriba, podía escucharse.
En aquellos años, mi vida transcurrió en aquella casa, de la que apenas salía y, realmente, no sentía la necesidad de hacerlo: la amplitud de espacio, de que disponía, me permitía jugar a la pelota, con algunos amigos, en el patio. Otras veces, jugábamos al escondite, aprovechando todo el edificio, que incluía, en la parte superior, una buhardilla. Este lugar, al que mis padres llamaban cámara, solo albergaba algunos trastos viejos, pero, sobre todo, tenía el atractivo misterio, que las cosas recónditas y desconocidas producen.
Allí tuve mi primer maestro, que no fue otro que mi padre, y aprendí a leer y escribir, así como unas primeras nociones de geografía y aritmética. También leí, como no podía ser de otra forma, mi primera obra literaria: una versión abreviada de Don Quijote de la Mancha. Todo ello me permitió acudir a la escuela con una buena parte del camino andado, lo que no hubiera sido posible de otra forma, si tenemos en cuenta que, en aquel tiempo, no existían los parvularios y guarderías que, hoy, proliferan.
Pasaba, también, algunas horas en la oficina de telégrafos, escuchando, aunque sin entender, el continuo tictac de las transmisiones en Morse, así como observaba las palabras, más inteligibles, que el teletipo generaba e imprimía en unas cintas, que, después, debían ser pegadas sobre el papel azul de los telegramas. Recuerdo que, a través de ese teletipo, llego una noticia, que, mi padre, me contó y que, en aquel año de 1947, fue impactante: Manuel Rodríguez “Manolete” había muerto en la plaza de Linares. Aunque nunca le vi torear, la afición a los toros ya había germinado en mí, por alguna corrida, que presencié en la plaza de Antequera.
Después, a través de algunos medios audiovisuales, pude ver fragmentos de sus actuaciones frente al toro. Su figura alargada, así como su semblante serio y de cierta tristeza, componían una imagen, que parecía extrapolada de una pintura del Greco.
Recuerdo su toreo de corte vertical- raramente abría el compás-, cimentado, preferentemente, sobre el manejo de la espada y la muleta, donde, la proximidad entre toro y torero, llevaban a los dos protagonistas a fundirse en una sola imagen. No voy referirme a la “manoletina” como una faceta reseñable de sus faenas, porque, aunque efectista, no la considero como suerte fundamental.
También supe que, a Manolete, lo hirió de muerte un toro de Miura, llamado Islero, justo en el momento de entrar a matar y que, aquella tarde, compartía cartel con Luis Miguel Dominguín y Gitanillo de Triana. Por otra parte, la lectura de alguna revista, en la que se detallaban las horas que transcurrieron, desde la cogida hasta el desenlace final, me hicieron reflexionar sobre ciertas imperfecciones del reglamento taurino:
Aun admitiendo la clasificación de las plazas en distintas categorías, pienso que, ésta, no debe ampliarse a la de las enfermerías. Y, mucho menos, en aquellos pueblos o ciudades que adolecen de los centros médicos que poseen las localidades más importantes. Pero, desgraciadamente, esto sigue ocurriendo y, bastantes años más tarde, otro torero sufrió una cogida –que, necesariamente, no debía ser de muerte- en Pozoblanco, para, finalmente, perder la vida, durante su traslado a Córdova. Estas circunstancias, proyectadas a pueblos pequeños, donde, ni la asistencia médica, ni el ganado, aportan suficientes garantías, configuran el escenario de una posible tragedia.
De estos primeros años de mi vida, hay pocas cosas más que contar; quizás porque no existieron; tal vez porque no las recuerdo. Ya he dicho que, entonces, mi actividad apenas se proyectaba fuera de mi casa, cuyos límites rebasaba en contadas ocasiones y, en cualquier caso, acompañado de mis padres.
El cambio de escenario se produjo, algún tiempo después, cuando fui, por primera vez, a la escuela:
Comencé mi actividad escolar, previa al inicio del bachillerato, en la escuela preparatoria del instituto Pedro Espinosa. Este era el único que, por entonces, existía y estaba situado en la calle Carrera-muy cerca de la puerta de Granada-, por lo que, cada día, había de recorrer Antequera, de punta a punta.
Mi grupo de amigos, así como el conocimiento de la ciudad, comenzó a ampliarse de forma paulatina. Pero, de esta primera etapa, solo quiero recordar, ahora, a mi primer maestro, que fue Don Antonio Muñoz Rama y del que conservo, aparte de su nombre, solo la imagen difusa de un hombre de cierta corpulencia y de aspecto bonachón.
Una vez finalizada la enseñanza primaria, comencé los estudios del bachillerato, que, por entonces, estaba dividido en elemental y superior, con exámenes de reválida, al final de cada una de las dos etapas.
De mi actividad académica, aunque mi memoria me permitiría hacer un relato más extenso, solo quiero recordar algunas cosas:
Los responsables de las diferentes asignaturas no tenían el rango de catedráticos. Quizás, su categoría fuera la de profesores no numerarios o adjuntos a cátedra, pero, de eso, no estoy seguro. En cualquier caso, con ellos, pude construir una base sólida de conocimientos sobre nuestra historia, nuestra lengua y nuestro arte, más allá de las ciencias puras y aplicadas.
En cuanto a idioma moderno, elegí el francés, porque, en aquella época (craso error), parecía la lengua del futuro. Mi profesor, empleaba pocas palabras en ese idioma.
-Bonjour; silence dans la classe s’il vous plait-decía para comenzar la clase.
-Oui Monsieur- respondíamos de forma invariable.
Este profesor, cuyo verdadero nombre era el de Juan, estableció relaciones con una de dos hermanas, a las que se conocían por las zapatonas. Y, a don Juan, el humor de las gentes, le asignó el apelativo de “mesié le zapatoné”.
Por entonces, había una asignatura, dentro de las denominadas “marías”, que se impartía bajo el nombre de Formación Política y del Espíritu Nacional. Afortunadamente, no se necesitaba más allá de la poca atención, que yo le prestaba, para aprobarla. Con el paso de los años, llegué a entender mi animadversión hacia aquella materia:
Era la historia más reciente de España, pero sólo desde la óptica de una de las dos que, tristemente, la protagonizaron. Yo, percibía el indudable tufo de parcialidad, con que, la dictadura, había impregnado sus páginas. Tenía, como la luna, su lado oculto. Pero, los que lo vieron, o estaban en el exilio, o escondían su memoria o, simplemente, ya no estaban, para contarlo.
Ahora, cuando escribo sobre aquello, omito, de forma intencionada, los términos de vencedores y vencidos, porque, realmente, ¿los hubo? Yo creo que no. Todos perdieron y, las secuelas de nuestro pasado enfrentamiento, han lastrado a más de una generación y, tal vez, alcanza, todavía, a la nuestra.
Durante los primeros años, fui un estudiante brillante, que tuvo su primer tropiezo en la primera reválida:
Para este examen se establecía un tribunal mixto, compuesto por catedráticos, venidos desde Málaga o Granada –eso, no lo recuerdo bien- y profesores locales, donde, los primeros, llevaban la iniciativa. Recuerdo, en el examen escrito, a una profesora que nos dio un texto francés, para traducirlo y que, cuando, ella, lo leyó, me di cuenta de que, este idioma y el que yo conocía, no se parecían en nada.
De cualquier forma, fue en el examen oral donde no conseguí aprobar, en parte por el miedo escénico, que la presencia del tribunal y el público me producían y, por otro lado, por una deficiente preparación en química.
El segundo fracaso se produjo, de forma idéntica, en la segunda y última reválida.
Paralelamente a mis estudios, yo iba creciendo, no solamente en edad, sino, también, en otros aspectos: la asistencia al instituto, me permitía ampliar, tanto el escenario de mi actividad, como mi nómina de amistades.
Aprovechábamos el tiempo libre, entre clase y clase, para jugar al futbol en el patio del instituto y, otras veces salíamos fuera, emprendiendo largos paseos, por la salida hacia Granada. Por ese camino, se llegaba a las cuevas de Menga y Viera, que, por entonces, eran de entrada libre y, hasta ellas, nos conducía nuestra excursión. Aunque la primera está considerada como uno de los monumentos megalíticos más importantes, nuestra preferencia se inclinaba por la segunda. En ella, una vez dentro, existía una abertura, angosta y cuadrada, por la que se podía acceder a dos pasadizos o túneles, que nos permitían prolongar nuestra aventura, avanzando, por uno de ellos, hasta el final, mientras que, por el otro, jamás conseguimos saber donde terminaba.
Otras veces, tomábamos el cruce, que conduce a Málaga por las Pedrizas, hasta encontrar la alberca de una finca, donde nos bañábamos, incluso en los meses más crudos del invierno.
Pero, el escenario habitual de esparcimiento, en el extremo opuesto de la ciudad, nos lo proporcionaba el parque, del que, forzosamente, tengo que escribir, según lo recuerdo:
El paseo central, con numerosos bancos de madera, a ambos lados, estaba flanqueado por el campo de futbol (el antiguo Maulí), por una parte, y, la carretera de Sevilla, por la otra. Había, también un auditorio (“el kiosco de la música”), donde la banda municipal daba conciertos los domingos. Y, el fondo, lo coronaba la estatua del capitán Moreno: un héroe de la guerra de la independencia contra los franceses, según constaba en su pedestal.
Atravesando la carretera, el parque se extendía, en diferentes niveles, a través caminos ajardinados y glorietas, por los que se podía acceder a un estanque con patos, para llegar, por último, a su parte más elevada:
Desde allí, donde había una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, que daba nombre a este lugar, podía contemplarse la enorme extensión de la vega antequerana: una llanura, ocre y casi inmensa, en la que, sólo la silueta de la Peña de los Enamorados, quebraba la lejana línea del horizonte.
En esta zona de Antequera, también está la plaza de toros, a la que, yo, acudía con mi padre, cuando se celebraba alguna corrida, así como una explanada, que servía de real de la feria y en la que, el resto del año, improvisábamos partidos de futbol.
Durante este tiempo, mi actividad habitual era repetitiva y monocorde.
A diario me desplazaba al instituto, en una de las bicicletas, de las que se utilizaban, en la oficina de mi padre, para el reparto de telegramas, mientras que, el resto de la jornada, estudiaba en casa.
En los días festivos, también me atenía a una cierta disciplina de horario y de costumbres:
Después de levantarme, cambiaba mi ropa de diario por el “traje de los domingos” y asistía a misa, en una de las muchas iglesias, que hay en Antequera. Yo, normalmente, lo hacía a hora temprana, para aprovechar más la mañana, pero la mayoría, iba a la iglesia de Los Remedios, donde se celebraba la misa de los “pellejones”- así se llamaban a los que apuraban más las horas de sueño- a las doce del mediodía, en el centro de calle Estepa, junto al ayuntamiento. Avanzando por esta misma calle, aparece la colegiata de San Sebastián, en la plaza del mismo nombre, donde estaba ubicada la vicaría. La arquitectura de este templo, es mezcla estilos arquitectónicos diferentes: Mientras, su fachada principal, es de corte renacentista, en uno de sus laterales, se eleva una torre barroca, coronada por una veleta, a la que se conoce por el angelote. Pero, con independencia del templo visitado, en la entrada de cada uno, existía un panel, sobre el que se clavaban unas tarjetas, que informaban sobre las películas, que se exhibían en el cine, y, sobre todo, de su moralidad. En aquellos años, se calificaban con un color, que subía de tono, en orden inverso a la conveniencia de verlas, de forma que, cuando se asistía a una “película grana”, debía de contarse en la próxima confesión.
Por la tarde, me sumaba al rito, que seguían los antequeranos: presenciaba un partido de futbol, cuando tocaba y, luego, me iba al cine, si la censura lo permitía, para, después, terminar el día paseando a lo largo de la calle Estepa, que quedaba prácticamente cubierta de personas.
Otra parte de la sociedad –la clase más influyente- refugiaba su ocio en los salones del Círculo Recreativo o, si el tiempo lo permitía, observaba el ir y venir de los demás, desde la tribuna, que formaban los asientos de mimbre, alineados a lo largo de la acera del casino.
Los demás días de la semana, las calles de Antequera recuperaban la actividad normal. Y, sólo una parte, conocida por las cuatro esquinas, presentaba una mayor afluencia de personas. Esto sucedía en el cruce de la calle de la calle Estepa con las de Carreteros y Comedias, donde se aglomeraban trabajadores en paro, en busca de ser contratados para realizar las peonadas, que pudiera ofrecerle el latifundio de aquellos tiempos.
Mientras tanto, mi madre hacía su trabajo de atender a la casa; mi hermana preparaba unas oposiciones a Justicia, que, finalmente, ganó y, mi padre, alternaba su función de jefe de Telégrafos con la de profesor de electrotecnia en la escuela de Arte y Oficios. Allí, conoció a un alumno, que aprendía dibujo y que, según nos contó, apuntaba grandes cualidades. Este alumno –un niño, entonces- se llamaba Cristóbal Toral. Y, mi padre, que era gran aficionado y autodidacta de la pintura y de la música, se interesó por su promoción, e influyó, en la misma, con la persona, que podía hacerlo: el fundador de la Caja de Ahorros de Antequera.
En aquel tiempo, mi padre había abandonado la pintura, aunque, tanto en nuestra casa, como en la de nuestra familia en Torrox, colgaban algunos vestigios de su actividad pictórica. Sin embargo, seguía dedicado a la música, entre numerosos pentagramas y el violín, que tocaba durante horas. Y, finalmente, abordó la idea de montar una zarzuela – o, tal vez, ¿era una opereta?- en Antequera, lo que, finalmente, consiguió.
Molinos de Viento, se representó en el cine Torcal y, la soprano, fue Carmen Zabala, mientras, que, del protagonista masculino, solo recuerdo que se apellidaba Checa. La orquesta la componían, entre otros, mi padre y don Miguel Mohedano, que era, entonces, el director de la banda municipal.
Esto, me trae a la memoria la estancia de mi prima Margarita en Antequera, a donde se vino, desde Torrox, para cursar parte de sus estudios. Nuestra línea genética materna adolecía de actitudes musicales y, ella, que es sobrina carnal de mi madre, no era, precisamente, la excepción de la regla, por lo que, la lucha de mi padre, en el intento de enseñarle el solfeo, fue denodada e infructuosa. Y, ahora, es el momento de cerrar el paréntesis de este pasaje, para retomar el hilo principal de mi relato.
A lo largo del año, había dos acontecimientos, que rompían la monotonía de la vida antequerana: la feria –una en Mayo y, otra, en Agosto- y la Semana Santa.
Las procesiones de Antequera son muy parecidas a la de cualquier ciudad andaluza, pero, al mismo tiempo, distintas, por ciertas características: Los tronos se sostienen, en las pausas del recorrido, por las horquillas, que portan los hermanacos –allí no se llaman costaleros- y que en encajan en los varales, durante el descanso. Antes de iniciar el último tramo del recorrido, en algunas procesiones, se deshace el orden del cortejo y los pasos se detienen al borde de la empinada cuesta, que los separa de su templo. Entonces, sólo un murmullo de expectación rompe el silencio…Después, se produce un vivo redoble de tambor y, al grito de “¡a la vega!” se emprende una frenética carrera del trono y sus portadores, hasta las puertas de la iglesia.
Años después, una película de Berlanga, que vi por televisión, me trajo a la memoria un acontecimiento, que fue único, en aquellos tiempos de los que escribo. La película era “bienvenido míster Marshall” y, el acontecimiento de Antequera, la visita de Franco a la ciudad.
No recuerdo con exactitud el año, pero sí conservo la imagen de la expectación que se produjo en Antequera:
La calle Estepa se llenó de gente, esperando la llegada del general, y, balcones y farolas, se engalanaron con banderas de España. Algunos- supongo que los tenían algún cargo- lucían indumentaria de chaqueta blanca, sobre camisa azul o negra; otros vestían uniforme militar. Pero, sobre todos, destacaba una persona, a la que siempre había visto con ropas civiles, que había desempolvado, de no se sabe donde, un antigua guerrera, cubierta de condecoraciones.
Por fin, comenzaron a llegar los automóviles y motocicletas, que componían el séquito del caudillo, pero que pasaban sin detener la marcha, mientras, algunas personas, con el brazo en alto, entonaban el “cara al sol”. Por último, en otro coche, donde flameaban unas banderolas, parecía adivinarse la figura de Franco, a través de las lunas entintadas. Pero, todo, acabó como en la película: el vehículo siguió su marcha a toda velocidad, dejando, sobre muchos el polvo de una cierta frustración.
Creo que fue por los años cincuenta y cuatro o cincuenta y cinco, cuando, la oficina de telégrafos, se trasladó de sitio y, con ella, mi familia y yo.
Mi nueva vivienda, donde permanecí hasta el final de mi vida en Antequera, era un bloque, con planta baja, donde se ubicó la oficina, y dos pisos. Nosotros ocupamos el primero, mientras, en el segundo, vivían los propietarios. Esta casa estaba (y está, todavía) entre la calle Estepa y el parque, en una vía que se llamaba avenida del general Varela (más conocida por la Alameda), justo en el cruce con la calle Merecillas.
Pasé, entonces, a vivir en un piso, de habitaciones menos espaciosas y techos más bajos, aunque también había un patio, por el que se accedía a la oficina y al despacho de mi padre, que nunca utilizaba. Pero, yo, no echaba de menos mi antigua vivienda, porque, la edad, ya había proyectado mi vida más hacia la calle y, además, el nuevo entorno, me trabajo nuevas amistades.
Creo que fue, en esa época, cuando ocurrieron los hechos, que describo ahora:
Cada año –no sabría precisar, con exactitud, el mes-, se celebraba un festejo taurino, en beneficio del Asilo de las Hermanitas de los Pobres: una becerrada, que lidiaban algunos jóvenes de la sociedad más destacada de Antequera y, que se conocía como la “corrida de los señoritos”. Durante las horas anteriores y posteriores a la celebración del festejo, los “matadores” y sus cuadrillas paseaban, en coches de caballos o automóviles, vestidos de corto, e interrumpiendo su marcha, numerosas veces, para detenerse en cualquiera de los bares que jalonaban su itinerario. La del año, a que me refiero, fue distinta…
Estaba en pleno apogeo el proceso de la emigración, que se venía produciendo en España y, de forma particular, en Andalucía. En Antequera, algunos habían puesto su punto de mira en las lejanas tierras de Australia, a donde se habían marchado, o pensaban hacerlo. Y, aquel año, la comitiva de los “señoritos” apareció “engalanada” con pancartas, que aludían, de forma burlesca y despectiva, a los que se iban. El pueblo no lo aguantó y, al término del festejo, la muchedumbre enfurecida, rodeó y detuvo, en el parque, la marcha del cortejo, haciendo necesaria la participación de la guardia civil, para evitar el linchamiento.
La poca empatía, que ya existía entre la sociedad antequerana y yo, terminó por desaparecer y, expresé mi repulsa en la sección de cartas al director del periódico local.
Luego, mis vacaciones en Torrox, a donde acudía, cada vez con más frecuencia; posteriormente, mi vida en Málaga, durante mis estudios y, por último, la marcha de mi familia a esta capital, a la jubilación de mi padre, terminaron por alejarme, de forma definitiva, de Antequera.
Desde Málaga, donde vivo ahora, he vuelto a Antequera en contadas ocasiones, donde no quedan lazos sentimentales, que me obliguen hacerlo, pero quiero recordar la última:
En el año 2000, necesitaba aportar mi partida de nacimiento a los trámites, que necesitaba para la jubilación y, en busca de este requisito, cogí el coche, con mi hijo Alejandro, para llegar en un tiempo que, en aquellos años, sería impensable. Luego, busqué el registro civil, donde mi hermana trabajo algunos años, y lo encontré en el mismo sitio, donde siempre estuvo: la avenida General Varela –sorpresivamente, conservaba este nombre-, muy cerca de donde yo había vivido.
Paseamos, algún tiempo, por las calles y, tanto las personas, con las que me cruzaba, como la fisonomía de sus edificios, me recordaban pocas cosas de mi infancia. Pero yo se, que, más allá de esto, hay cambios más profundos, que han convertido la ciudad en una Antequera distinta a la que yo viví y en la que, ahora, no me importaría hacerlo.
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