Estamos mediando el mes de Abril de 2009 cuando escribo estas líneas en mi blog…
Atrás quedan muchos tipos de estafas, que no voy a repetir, por suficientemente conocidas y rancias, aunque, aún, vigentes y propicias para las incautas y propiciatorias víctimas de las mismas. ¿Quién no recuerda la “estampita”, el “tocomocho” o, más cercano en el tiempo, el timo del nazareno, entre otros? No es el momento de referirme a esas argucias, basadas en la credulidad de algunos desde su propia codicia, y ha convertido su condición de presuntos estafadores a la de realmente estafados.
Ahora, los tiempos han cambiado y van surgiendo nuevos engaños, enmascarados en la legalidad pero, siempre, buscando la buena fe de los que creen que “todo el monte es orégano” y que, todavía, existe algún país donde se “atan a los perros con longaniza”. Podría describir algunos de los muchos y modernos timos de nuestros tiempos pero sólo me centraré en el que acabo de descubrir, como protagonista del mismo y en el que, desde luego, no pienso caer. No tiene, hasta el momento, nombre alguno, pero yo se lo daré: El timo de la cafetera.
Yo tengo, desde hace algunos años, una tarjeta de crédito, concertada con una entidad bancaria, en la modalidad de pago no aplazado y, por tanto, sin intereses, que utilizo en pocas ocasiones. Hoy, he recibido una carta del banco, donde se me “regala” una cafetera-omito el nombre comercial de la misma y el de mi banco-, bajo ciertas condiciones de la utilización de dicha tarjeta y aceptación implícita de modificar ciertas condiciones del pago de su saldo acreedor. Esa forma de disponer de tan maravilloso artilugio, “casi por nada” y sin moverme de mi casa, son las siguientes:
“Solo” tengo que comprar con mi tarjeta, entre Abril y Mayo, por valor de 950 € y pagar el 3 % de la deuda pendiente, durante un tiempo, que no sabría calcular al desconocer los intereses, pero que, seguramente, llegaría a los 3 años. Al cabo de esos años y tras el pago adicional de 30 €, en concepto de gestión y transporte, yo tendría mi cafetera y, en mi cara, dibujada una mueca de estupidez imborrable. No se cual es el precio real de ese electrodoméstico, pero ¿cuál es el que yo habría pagado? Y, además, ¿que tal café haría? Hay otra duda: ¿seguiría siendo aficionado al café, después de tanto tiempo?
Acabo de desvanecer todas estas dudas. ¡No quiero la cafetera!
Málaga año 2008
Datos personales
- Antonio Yañez
- Torroxeño nacido en Antequera en 1940
COMIENZOS
En otro blog, dedicado a CITESA, escribí sobre mi paso por esta compañía y, una buena parte de mi existencia, ya quedó reflejada en el mismo.
Este blog fue idea de mi amigo y compañero Rafael Vertedor y, junto a él, figuran aportaciones de de Lorenzo Martínez, Angel Estévez, Florentino, José Outes y otros.
Ahora, quiero añadir otros aspectos y experiencias, al margen de mi vida laboral, aunque tantos años en esa compañía, me obliguen a referirme a los mismos, con algunos enlaces.
Mi marcha de esa empresa puede considerarse como punto de arranque para este blog, y desde aquí, llegar a su capítulo final:
Epilogo http://www.box.net/shared/4iuitb04kw
Los enlaces al resto de capítulos de Citesa figuran al margen del blog.
Este blog fue idea de mi amigo y compañero Rafael Vertedor y, junto a él, figuran aportaciones de de Lorenzo Martínez, Angel Estévez, Florentino, José Outes y otros.
Ahora, quiero añadir otros aspectos y experiencias, al margen de mi vida laboral, aunque tantos años en esa compañía, me obliguen a referirme a los mismos, con algunos enlaces.
Mi marcha de esa empresa puede considerarse como punto de arranque para este blog, y desde aquí, llegar a su capítulo final:
Epilogo http://www.box.net/shared/4iuitb04kw
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jueves, 16 de abril de 2009
lunes, 23 de febrero de 2009
LA PREJUBILACION
Con mi marcha de de la fábrica, no sólo quedó atrás mi vida laboral, si no, también, los madrugones; ambiciones, que no siempre, se cumplieron; muchos amigos y costumbres y, sobre todo, la juventud. Todas estas cosas, irrepetibles, quedaron aparcadas en la cuneta de mis antiguos caminos. Entonces, yo recordé a otro de los poetas, que siempre había admirado; Antonio Machado –“caminante, no hay camino; se hace camino al andar”- y seguí caminando... Caminado por un sendero nuevo, inimaginable hasta entonces, pero que, ahora, tenía que crear, para proporcionarme nuevas ilusiones y dar un nuevo sentido a la vida, que me quedara por vivir.Me vine del trabajo, prejubilado con una indemnización, que debía estirar, de la mejor forma posible, hasta mi jubilación definitiva en el año 2000 y, a ello, me dediqué, entre otras cosas. La mayoría de mis compañeros abandonaron Citesa, abrigados en la seguridad de un plan de pensiones. Yo, desestimé esa opción y preferí entrar en un mundo, todavía desconocido para mí, pero, indudablemente, de mayores riesgos y alicientes: el de la especulación en los mercados financieros.
Se abría una misión difícil, que debía prolongarse durante ocho largos años con los únicos ingresos, que me proporcionaría el desempleo durante los dos primeros y el probable pero inseguro rendimiento de la inversión del capital recibido. Frente a eso estaban los gastos de mantenimiento de una familia numerosa –todavía, contaba con tres hijos en edad escolar- y, naturalmente, los que yo mismo generaba, de los que nunca me privé. Y, en ese capítulo, tuve que añadir una aportación mensual a la Seguridad Social, para mantener mi futura pensión dentro de unos márgenes razonables.
Por entonces, continuaba con mi pasión por los ordenadores y, en ellos, me sumergí para elaborar un plan de subsistencia, mediante las herramientas- hoja de cálculo y base de datos- que me proporcionaban. Pero echaba de menos una mayor agilidad en mi toma decisiones y, cualquier compra o venta de valores, implicaba continuos desplazamientos al banco. Entonces, surgió, como solución, Internet; una solución que no aporté yo, precisamente, sino que lo hizo, por razones distintas, mi hijo Alejandro. ¿O, tal vez, fue David?...Eso, no lo recuerdo.
-Papa, ¿Por qué no te apuntas a Internet?- creo que fueron sus palabras.
Así lo hice y, desde entonces, tengo que confesar que, ese, fue uno de mis mejores “descubrimientos”. Hoy, esta red no solo me ha servido para el fin primario al el que la destiné durante aquellos años, sino que, también, me ha permitido, entre otras, hacer cosas como la que hago ahora mismo, despertando una antigua inclinación que siempre había cultivado, durante mis años de juventud.
No quiero achacar el razonable éxito de mi gestión a ninguna pericia en ese mundo bursátil. Tal vez fuera la intuición o, sobre todo, la suerte, las causas más probables de la culminación de esa aventura. Acerté a comprar y vender en momentos, que resultaron ser los más idóneos, pero que nadie me pregunte por que lo hice, porque no sabía responderlo. Lo más difícil fue la compra cerca de Fuengirola, de la casa de un italiano, al que mi mujer había conocido durante su trabajo en ese lugar de la costa y que, finalmente, abandonaría unos años más tarde. La situación económica de este hombre le hacía imposible afrontar los pagos de la hipoteca, por lo que, yo, subrogué la misma y firmamos una escritura de compra del inmueble, con la condición de dejarle el uso de la vivienda, hasta su muerte o regreso a Italia. Quizás fue mi pasión por el mar lo que se antepuso a los riesgos de esa inversión junto a la añadidura de gastos que representaba la operación, pero, finalmente, salí bien parado de la misma: hoy, está totalmente libre de cargas y, mi patrimonio se ha visto incrementado, aunque, en los tiempos de crisis, que corren ahora, no sabría valorar en que valor lo ha hecho.
El final de este periodo culminó en Enero del año 2000, con la percepción de la primera paga (aún, en pesetas) y con ello, desparecieron una buena parte de las dificultades que, ya, he descrito antes. Pero ¿qué fue lo más fácil de esa etapa? Sin lugar a ninguna duda, dejar de trabajar: la disposición de tiempo libre que, para algunos, representa un auténtico trauma, fue relativamente cómoda para mí.
A veces, alguno de mis antiguos compañeros me hacía, indefectiblemente, la misma pregunta.
-Antonio y, ahora, ¿estas haciendo algo?
-Si te refieres a un nuevo trabajo, ni lo tengo, ni lo busco, pero, hacer, si que hago… Hago lo que me apetece-era mi contestación, en la mayoría de los casos.
Levantarme cuando quiero, sin que ninguna obligación me lo imponga; dar largos paseos por las calles; sentarme en la terraza de una cafería en cualquier plaza de Málaga o acercarme hasta el puerto o el parque también es hacer algo. Al menos, yo así lo creo y, justamente eso, es lo que, antes no podía hacer.
Cuando dispones del tiempo, tienes una gran riqueza, si sabes llenarlo, o eres el ser más pobre del mundo, si no sabes hacerlo con cosas que pueden ser nimias, pero que, para una persona, tienen cierta trascendencia y que quiero reseñar en este capítulo de mi vida.
Además de lo que ya he dicho, hubo otros acontencimientos.
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Yo había tenido, desde niño, una especial predilección por los animales. Pero nunca los tuve, salvo un gato, en los remotos tiempos de mi primera casa en Antequera y otro, más reciente, que mi mujer trajo desde Fuengirola, cuando yo, todavía, trabajaba en Citesa. Gino, era un gato negro y lustroso, que ha convivido con nosotros hasta hace pocos años. Mis obligaciones solo me permitían, entonces, ese tipo de mascota que, por su carácter casero, resultaba el más apropiado para nuestras condiciones y, por eso, tuve que posponer la presencia de un perro –lo que, siempre, quise tener- hasta una mejor ocasión. Gino formó parte de la familia, hasta el punto que nos acompañó durante nuestras vacaciones en la costa de Torrox, a donde lo llevábamos en una voluminosa jaula, que compramos al respecto.
Antes, habíamos tenido un gorrión, que mi mujer había recogido en la calle. Gurri- ese era el nombre que le pusimos- se acostumbró a vivir con nosotros y, nosotros, con él. Entonces, teníamos, aún, la terraza sin cerrar y volaba, desde la misma, hasta un enorme eucalipto que se levantaba-hoy, todavía existe- enfrente de la casa y, luego lo hacía en sentido contrario para picotear el alpiste o beber el agua de , que le poníamos en una jaula, siempre abierta. A mi vuelta del trabajo, lo llamaba y le presentaba mi mano abierta, a la que acudía para posarse sobre uno de mis dedos.
La ocasión de tener un perro se presentó, como es fácil de imaginar, con mi marcha de la fábrica y apareció Krilim en nuestras vidas…
Krilim era menudo de carnes; pelaje corto de color canela, con manchas blancas en el vientre y, a modo de calcetines, en sus patas; orejas largas y delgadas; hocico afilado y prominente y nervioso, tanto en su comportamiento como en la mirada de sus ojos negros e inquisitivos.Se lo describí aun antiguo compañero del trabajo-aficionado a la caza-, y me dijo que, probamente, era de una raza, mezcla de podenco y pachón, conocida en Málaga por “garabito”.Hace tres años que ha muerto, pero su recuerdo nos acompaña y, una de sus últimas fotografías, se encuentra sobre la estantería de uno de los muebles del salón y tiene reservada una esquina de este blog.
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Yo había tenido, desde niño, una especial predilección por los animales. Pero nunca los tuve, salvo un gato, en los remotos tiempos de mi primera casa en Antequera y otro, más reciente, que mi mujer trajo desde Fuengirola, cuando yo, todavía, trabajaba en Citesa. Gino, era un gato negro y lustroso, que ha convivido con nosotros hasta hace pocos años. Mis obligaciones solo me permitían, entonces, ese tipo de mascota que, por su carácter casero, resultaba el más apropiado para nuestras condiciones y, por eso, tuve que posponer la presencia de un perro –lo que, siempre, quise tener- hasta una mejor ocasión. Gino formó parte de la familia, hasta el punto que nos acompañó durante nuestras vacaciones en la costa de Torrox, a donde lo llevábamos en una voluminosa jaula, que compramos al respecto.
Antes, habíamos tenido un gorrión, que mi mujer había recogido en la calle. Gurri- ese era el nombre que le pusimos- se acostumbró a vivir con nosotros y, nosotros, con él. Entonces, teníamos, aún, la terraza sin cerrar y volaba, desde la misma, hasta un enorme eucalipto que se levantaba-hoy, todavía existe- enfrente de la casa y, luego lo hacía en sentido contrario para picotear el alpiste o beber el agua de , que le poníamos en una jaula, siempre abierta. A mi vuelta del trabajo, lo llamaba y le presentaba mi mano abierta, a la que acudía para posarse sobre uno de mis dedos.
La ocasión de tener un perro se presentó, como es fácil de imaginar, con mi marcha de la fábrica y apareció Krilim en nuestras vidas…
Krilim era menudo de carnes; pelaje corto de color canela, con manchas blancas en el vientre y, a modo de calcetines, en sus patas; orejas largas y delgadas; hocico afilado y prominente y nervioso, tanto en su comportamiento como en la mirada de sus ojos negros e inquisitivos.Se lo describí aun antiguo compañero del trabajo-aficionado a la caza-, y me dijo que, probamente, era de una raza, mezcla de podenco y pachón, conocida en Málaga por “garabito”.Hace tres años que ha muerto, pero su recuerdo nos acompaña y, una de sus últimas fotografías, se encuentra sobre la estantería de uno de los muebles del salón y tiene reservada una esquina de este blog.
A pesar de su edad- ya había cumplido los 16 años- Gino sobrevivió a mi perro y siguió en la casa, en compañía de otros dos gatos. Cuando se produjo su muerte, uno de ellos- de nombre Chindasvinto- permaneció junto a su cadaver, cubierto con una manta durante toda la noche en una sofá de la casa. Hoy, sólo prmanece con nosotros Sorbillas, el más joven de todos y al que, mi hijo David, recogió, abandonado y medio muerto, en una calle de Málaga. Tal vez por eso, siente una especial predilección por mi él y los sale a su encuentro en cuanto se produce su llegada y, luego, lo sigue por tda la casa.
Cualquiera que me lea, sabrá que, naturalmente, lloré la desaparición de padres y otros familiares. Pero lo que, tal vez, muchos no sepan es que, también, la muerte de estos animales, me hicieron derramar lagrimas.
sábado, 21 de febrero de 2009
1975 EN LA PLAYA
Durante aquel verano, Pepe Cotilla organizó una moraga en la playa de Calaceite a la que asistió Rafael con su mujer Dolores. y, yo, con la mía.Esta playa, entre el cruce de Conejito y Nerja, estaba menos concurrida que las de Torrox y el Morche y era, por lo tanto, un sitio idóneo.
Completaban la moraga Pili, mujer de Pepe; su hermana Lola con su marido Adolfo y toda la gente menuda, que aportaba el grupo.
Recientemente se había producido un accidente, en el mar, donde falleció el hijo de la dueña de la casa, donde, yo pasaba el verano.Según la versión oficial, la muerte se había producido por la picadura de un chucho- así es como llaman, por esa tierra, a la raya pastinaca.
Tal vez por eso, nuestras inmersiones en el mar fueron pocas y cautelosas y, la excursión, podría calificarse como una excursión de secano.
Sin embargo, fue una mañana inolvidable.
DESPUES DE LA TRANSICION YHASTA 1992
Después de consolidada la democracia y hasta la primavera de año 1992, permanecí en Citesa, pero, estando ya suficientemente descrito mi paso por la misma, otros aspectos fuera de ese ámbito, constituirán el eje de mis recuerdos, en este capítulo, para circunscribirme a los que el nuevo escenario me proporcionaba.
Escribía Jorge Manrique en un poema dedicado a la muerte de su padre aquello de que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Y, a pesar de mi admiración por los poetas, creo que, ni siquiera ellos, están en posesión de la verdad absoluta y que, la comparación entre el antes y el después, hace difícil desnivelar, de forma tan categórica, los dos platillos de la balanza, porque, tanto el pasado como el presente, está lleno de claroscuros y, quizás, lo mejor sea quedarse con lo bueno de cada época. Yo apuesto por lo mejor, del pasado y conservar el recuerdo de mis años de niñez y juventud, así como con la presencia, ya desaparecida, de los seres queridos, que convivieron conmigo; sobre lo demás- no todo, mereció, ni merece, mi aprobación- ya he constatado mi opinión antes- y no quiero reiterarme, ahora, en la misma. Y, del presente, prefiero escribir con el optimismo de la esperanza en el futuro que me quede, sin pasar por alto aquellas cosas que no comparto, tal vez por no comprenderlas.
Las circunstancias de mi nueva vida hicieron surgir nuevas amistades, mientras, otras, desaparecían, de forma paulatina o, en alguna ocasión, reaparecían de forma ocasional.
No quiero olvidar, en lo que de anecdótico tiene, la visita inesperada de mi amigo Ernesto:
****
No recuerdo con exactitud el año en que ocurrió, pero sí que, por entonces, aun vivía en Eugenio Gros cuando y, a la vuelta a casa por el mediodía, recibí una llamada de mi cuñado Manolo, anunciándome la llegada de Ernesto, que, a la sazón, se encontraba, por motivos de trabajo, en Málaga. Hasta entonces, solo había tenido algunas noticias de su nueva singladura: se había casado y vivía en Madrid; había abandonado su profesión, como agente una compañía de seguros y ejercía funciones de policía, que era lo que, realmente, siempre quiso ser.
Ahora, se había desplazado hasta esta capital andaluza, para hacerse cargo de un prisionero alemán, reclamado por la Interpol aprovechó esta circunstancia para visitar a Manolo en la casa de mi hermana Lola, donde había comido, junto con un compañero, de cuyo nombre no consigo acordarme, por lo que me desplacé, hasta allí, para verlo y compartir, con ellos, una sobremesa, que, luego, habría de prolongarse hasta bien caída la tarde.
Durante las primeras horas, se fueron mezclando recuerdos de algunos pasajes de nuestro pasado más reciente, junto a las nuevas experiencias, que el presente nos deparaba, mientras jugamos al póker y consumíamos las copas propias de la sobremesa. Al principio, me pareció un Ernesto distinto del que yo recordaba: vestía un impecable traje de chaqueta cruzada, bajo la cual, se adivinaba la abultada presencia de su arma reglamentaria y, su conversación, aparecía huérfana de algunos de los tópicos y frases, que habían modelado la imagen, que, yo, recordaba de él. Sin embargo, aquello, no fue más que un espejismo, que terminó desvaneciéndose, a lo largo del día.
A medida que transcurrían horas y copas y, el momento de llevarse al alemán hasta Madrid se acercaba, se planteó la conveniencia de aplazar el traslado par el día siguiente y prolongar nuestra “juerga” durante el resto de la jornada. Y, entonces, reapareció Ernesto…
En contra de la opinión de todos y, sobre todo, de su compañero, se impuso la más peregrina del “cumplimiento del deber, por encima de cualquier otra” y la imperiosa necesidad imperiosa de llevar a cabo la misión encomendada, según nos dijo, subrayando con énfasis la frase. Después, prolongamos la tarde, discutiendo esa disyuntiva en una especie de bodega, ubicada en la calle La Regente, frecuentada por mi cuñado y, desde allí, se decidió, por fin, iniciar la marcha hacia la comisaría para recoger al preso, con la premura que nos imponía la proximidad de su partida en del expreso Costa del Sol. El resto de esta historia- historia fue que, no, invención- bien podría encuadrarse en el guión tragicómico de una película italiana.
Emprendimos la marcha hacia el llamado palacio de aduanas, en el coche de Manolo y, desde ese sitio, Ernesto, su compañero y el detenido se dirigieron en dos automóviles de la policía, a la estación de la Renfe, abriéndose paso, mediante las sirenas. Detrás, mi hermana, mi cuñado y yo, seguimos la comitiva, decididos a no perdernos el desenlace de la aventura. Y, de esa forma rocambolesca, aparecimos por el anden, formando un variopinto e irrepetible grupo. Conocimos al reo, que, aunque, tal vez, no fuese marinero, si era “de nombre extranjero y alto y rubio, como la cerveza”. Pero la noche no había terminado ni, tampoco, las discusiones; todavía, quedaba algo de tiempo para tomar una última copa en la cantina.
Ernesto dijo que sus principios no le permitían beber con un hombre esposado y, por encima del parecer de su compañero, prevaleció el suyo; el preso quiso pagar la consumición, cosa que no se le permitió y, los camareros, fueron los atónitos testigos de una escena que, finalmente, terminó con la salida apresurada hacia el tren, mientras, mi hermana, se despedía del alemán, deseándole la mejor suerte del mundo, aunque, quizás, no comprendiera nuestro idioma.
Después, el tren partió hacia su destino y, con él, los insólitos protagonistas de una insólita historia. Nosotros, consumimos el resto de la noche, sentados en la terraza de una cafetería, comentándola. De Ernesto, nunca he vuelto a tener noticias.
Antequera había quedado fuera, casi totalmente, de mi vida, aunque, alguna vez, me desplacé a esa ciudad con mis padres, y tuve ocasión de departir algunas horas con los antiguos amigos de mi barrio de la Alameda, en el que había transcurrido mi última época en esa ciudad. Esporádicamente, también encontraba alguno de los componentes de mi pandilla de Torrox, bien en Málaga o, también, durante mis veraneos en la costa. Pero los que desparecieron, para siempre, fueron los compañeros de pensión en la capital o los de la Escuela de Peritos.
Pero, otras circunstancias, tanto en el aspecto familiar como en el laboral, fueron cambiando mis costumbres, adaptándome a ellas, como no podía ser de otra forma:
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El nacimiento de Cristina me obligó a buscar una vivienda más amplia, que me permitiera cubrir las necesidades, que nos imponía una familia, ya numerosa. Durante algún tiempo, estuve buceando por los periódicos locales-todavía, no existía Internet-, sin encontrar nada de lo que yo quería, encontrándolo, finalmente, dentro del entorno de mi trabajo:
Manolo Álvarez, un ingeniero de Citesa, al que, ya, he mencionado en otras páginas, me ofreció, en régimen de alquiler, un piso en la avenida de Andalucía y, hasta allí, me trasladé, con familia y enseres, para iniciar una nueva andadura, que, en la actualidad, se prolonga, aunque, desde hace años, lo hago en condición de propietario de la casa.
En esa calle, vivían - aún lo hacen- algunos compañeros de Citesa como Rafael Aguilar, José Manuel Cabello, Miguel Ángel Bárcenas y José Luis Pérez González. Pero, aunque no lo supe, hasta algunos años más tarde, también tenía otro vecino: Paco Fernández Medina, que, desde Utrera, venía, cada verano, a Torrox y formaba parte de aquella pandilla de nuestra niñez; no lo veía desde su boda en Málaga. Ahora, recordamos, mientras paseamos, durante las mañanas soleadas de algún fin de semana, recordando aquellos tiempos entrañables del viejo autobús de Julio; la, por entonces, desierta playa de Ferrara y la larga baranda gris y los bancos de madera verde, que se enclavaban sobre el cemento gris de la plaza.
Al principio, esa parte de la avenida, estaba semidesnuda de locales comerciales y- lo que era un hecho insólito en Málaga- de cualquier establecimiento de hostelería. Tampoco sufríamos una excesiva afluencia de vehículos, lo que me permitía el lujo de aparcar, sin la necesidad de utilizar el garaje del edificio. Por otra parte, la calle no gozaba de demasiada presencia de peatones, en contraposición con el populoso barrio de Gamarra, del que nosotros, procedíamos. Quizás por eso, al volver de mi trabajo, donde pasaba la mayor parte de la jornada, me quedaba en la casa, que abandonaba, cada día, a primeras horas de la mañana.
Los fines de semana, abandonábamos el barrio, para comer en cualquier venta, de las muchas que hay por la carretera de los montes o del Puerto de la torre. En otras ocasiones, nos llegábamos hasta un chiringuito de la costa de Torrox, del que éramos habituales clientes, durante cada año por vacaciones. Y, en la tarde de los domingos, solíamos reunirnos con Rafael Vertedor, Paco Assiego y Adolfo Herranz, para ver el partido de futbol, en la casa que por turno tocara, donde, el anfitrión, estaba obligado a preparar una merienda-cena obligada.
Con el transcurso de lo años, la fisonomía de Avenida de Andalucía fue cambiando y, numerosas oficinas y otros establecimientos, fueron apareciendo; las nuevas autovías, convirtieron a esta arteria en paso obligado hacia la costa y otros lugares, con lo que, desde entonces, podemos “disfrutar” del ruido y, encontrar algún sitio en el que el dejar el coche, se ha convertido en una aventura imposible.
Un antiguo bailaor, que había emigrado a Sudamérica, abrió, debajo de mi casa, el primer bar de la calle: “el Cóndor”.
Su dueño, que se hacía llamar Rafael de Córdoba- nada tenía que ver con otro del mismo apelativo, pero de más fama- lo había dotado con una decoración más propia de un piano bar, aunque no existía ningún aditamento que pudiera acreditar este nombre, aunque, si, con la enorme figura de ese pájaro andino, colgando del techo del salón y de unas auténticas cabezas reducidas por los jíbaros, que reposaban sobre una de la las repisas.
Yo acostumbraba a recalar, por allí, a la vuelta de Citesa, para disfrutar de la paz que me proporcionaba ese lugar, mientras tomaba una copa, antes de subir a casa y, en ese rito que terminó convirtiéndose en obligado, algunas veces, me acompañaban otros amigos y compañeros de trabajo, como Rafael Aguilar, Miguel Galacho y Florencio Ríos Miranda. Sólo yo y contados vecinos de la casa, como el mencionado Rafael, Joaquín (hoy desaparecido) y Antonio Casaus, paisano mío de Antequera, éramos los contados clientes de entonces y, el bar terminado cerrando.
Hoy, después de notables modificaciones, persiste, con el nombre de Bar Victoria y con el ambiente más bullicioso que, la evolución de la zona le ha proporcionado.
Otras cosas, fueron cambiando, tanto en Málaga como en la fábrica y, desde luego, en el país. No quiero caer en la tentación de contarlas, por ser suficientemente conocidas y patentes, pero no puedo resistirme a la necesidad de detenerme en algunas aquellas que, en mayor o menor medida, supusieron un cierto giro en nuestras vidas y dejar mi opinión, sobre las mismas.
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Aunque la geografía de España no había cambiado ni un ápice, la nueva Constitución sí cambió su mapa político con el surgimiento de las autonomías, lo que echó por tierra todo lo que, yo, había aprendido de la división del país en regiones y hasta del nombre de algunas ciudades:
En lugar de las dos castillas- la Nueva y la Vieja de entonces- surgieron Castilla y León y Castilla la Mancha; Murcia se quedó huérfana de Albacete; Madrid ascendió de su categoría de capital y provincia a la de región autónoma y, el nombre de La Coruña, debía sustituirse por el A Coruña o decirse Ourense, en lugar de Orense y, los nombres de algunas localidades vascas, ni siquiera me atrevo a escribirlos, por no incurrir en lesa ignorancia de bilingüismo. Algunas partes del país, como Andalucía, quedaron intactas, con lo que no quiero decir que, por eso, les fuera mejor. ¿O, tal vez, les fue peor? La verdad es que no lo se.
Pero, aparte de demarcaciones y semántica, se multiplicaron los parlamentos y, en consecuencia, los cargos públicos. Yo ni comprendí, ni lo hago ahora, las ventajas de todo esto. Quizás, por ser condescendiente, tenga que admitir un aumento del empleo, pero me cuesta suponer que, muchos de los nuevos puestos de trabajo, aporten algún incremento al PIB del país, sobre todo, los de más alta remuneración.
También se amplió la oferta de televisión, hasta entonces limitada a la cadena estatal, y, con ello, apareció la necesidad del mando a distancia, para evitar continuados desplazamientos, desde el sofá hasta los mandos del televisor y prevenir posibles lumbagias. Las nuevas cadenas, tuvieron sus pros y sus contras: el aumento de los cortes publicitarios, por una parte, y la ventaja de ir al baño, sin perderse el hilo de la emisión, gracias a ellos.
Poco a poco, aparecieron los llamados “programas del corazón”, acaparados por algunos personajes de la sociedad que, al menos para mi, no despiertan la menor atención o los reality, escaparate de absurdos personajes, sin interés alguno, pero con ambiciones de protagonismo. Por otro lado, los sucesos más luctuosos que suceden ahora, aunque es probable que, también, sucedieran en el pasado, empezaron a acaparar tertulias y teledíarios: no consigo olvidarme del lamentable espectáculo, que dirigió la presentadora de una cadena privada en el año 1992, sobre el crimen de unas niñas en Alcácer; algunas de las novedades que se iban produciendo, en el transcurso del mismo, llegaban a producir el aplauso del público asistente. Cuando escribo estas líneas, el eje de cualquier telediario gira alrededor de la muerte de otra adolescente.
Y no quiero pasar por alto el resurgir, en los espacios publicitarios dedicados a la incitación al consumo, de unos antiguos personajes: los nuevos charlatanes. Estos pretenden animarte a la compra de diversos productos, con frases similares a los que, antaño, te animaban a la adquisición de algún milagroso crece pelo.
-Y, si llama hoy mismo, le ofrecemos dos, por el increíble precio que aparece en pantalla.
Los nuevos gobiernos fueron modificando el sistema de educación, aunque, esta, no se pueda considerar una costumbre exclusiva de la democracia y, una serie de siglas, de difícil recuerdo, fueron dando nombre a las distintas etapas de la enseñanza. Pero, dejando esto al margen de una pura anécdota, ¿se ha producido una mejora de la nuestra formación? Yo creo que no:
En ciencias, tanto en la puras como en las aplicadas, tal vez, sí. Pero, otras materias, como historia, literatura, arte, filosofía y, hasta, si me apuran, la geografía, parecen quedar relegadas a un segundo plano. Y, esto, no es ninguna falacia: Algunos jóvenes, incluso los, ya, titulados, escriben con faltas de ortografía y no les preguntéis, por citar algunos ejemplos, sobre el papel en la historia delos Reyes Católicos, don Rodrigo o Almanzor; por la obra de Góngora, Calderón, Lope de Vega, Zorrilla, Quevedo o García Lorca o por la pintura de Velázquez, Goya, el Greco o Murillo. Ni siquiera sepan, tal vez, cual es el nombre del río más largo de España, ni, tampoco, donde nace, por donde pasa y a donde muere.
Y, a pesar de todo lo anterior, sigo pensando que Jorge Manrique no llevaba razón…
Escribía Jorge Manrique en un poema dedicado a la muerte de su padre aquello de que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Y, a pesar de mi admiración por los poetas, creo que, ni siquiera ellos, están en posesión de la verdad absoluta y que, la comparación entre el antes y el después, hace difícil desnivelar, de forma tan categórica, los dos platillos de la balanza, porque, tanto el pasado como el presente, está lleno de claroscuros y, quizás, lo mejor sea quedarse con lo bueno de cada época. Yo apuesto por lo mejor, del pasado y conservar el recuerdo de mis años de niñez y juventud, así como con la presencia, ya desaparecida, de los seres queridos, que convivieron conmigo; sobre lo demás- no todo, mereció, ni merece, mi aprobación- ya he constatado mi opinión antes- y no quiero reiterarme, ahora, en la misma. Y, del presente, prefiero escribir con el optimismo de la esperanza en el futuro que me quede, sin pasar por alto aquellas cosas que no comparto, tal vez por no comprenderlas.
Las circunstancias de mi nueva vida hicieron surgir nuevas amistades, mientras, otras, desaparecían, de forma paulatina o, en alguna ocasión, reaparecían de forma ocasional.
No quiero olvidar, en lo que de anecdótico tiene, la visita inesperada de mi amigo Ernesto:
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No recuerdo con exactitud el año en que ocurrió, pero sí que, por entonces, aun vivía en Eugenio Gros cuando y, a la vuelta a casa por el mediodía, recibí una llamada de mi cuñado Manolo, anunciándome la llegada de Ernesto, que, a la sazón, se encontraba, por motivos de trabajo, en Málaga. Hasta entonces, solo había tenido algunas noticias de su nueva singladura: se había casado y vivía en Madrid; había abandonado su profesión, como agente una compañía de seguros y ejercía funciones de policía, que era lo que, realmente, siempre quiso ser.
Ahora, se había desplazado hasta esta capital andaluza, para hacerse cargo de un prisionero alemán, reclamado por la Interpol aprovechó esta circunstancia para visitar a Manolo en la casa de mi hermana Lola, donde había comido, junto con un compañero, de cuyo nombre no consigo acordarme, por lo que me desplacé, hasta allí, para verlo y compartir, con ellos, una sobremesa, que, luego, habría de prolongarse hasta bien caída la tarde.
Durante las primeras horas, se fueron mezclando recuerdos de algunos pasajes de nuestro pasado más reciente, junto a las nuevas experiencias, que el presente nos deparaba, mientras jugamos al póker y consumíamos las copas propias de la sobremesa. Al principio, me pareció un Ernesto distinto del que yo recordaba: vestía un impecable traje de chaqueta cruzada, bajo la cual, se adivinaba la abultada presencia de su arma reglamentaria y, su conversación, aparecía huérfana de algunos de los tópicos y frases, que habían modelado la imagen, que, yo, recordaba de él. Sin embargo, aquello, no fue más que un espejismo, que terminó desvaneciéndose, a lo largo del día.
A medida que transcurrían horas y copas y, el momento de llevarse al alemán hasta Madrid se acercaba, se planteó la conveniencia de aplazar el traslado par el día siguiente y prolongar nuestra “juerga” durante el resto de la jornada. Y, entonces, reapareció Ernesto…
En contra de la opinión de todos y, sobre todo, de su compañero, se impuso la más peregrina del “cumplimiento del deber, por encima de cualquier otra” y la imperiosa necesidad imperiosa de llevar a cabo la misión encomendada, según nos dijo, subrayando con énfasis la frase. Después, prolongamos la tarde, discutiendo esa disyuntiva en una especie de bodega, ubicada en la calle La Regente, frecuentada por mi cuñado y, desde allí, se decidió, por fin, iniciar la marcha hacia la comisaría para recoger al preso, con la premura que nos imponía la proximidad de su partida en del expreso Costa del Sol. El resto de esta historia- historia fue que, no, invención- bien podría encuadrarse en el guión tragicómico de una película italiana.
Emprendimos la marcha hacia el llamado palacio de aduanas, en el coche de Manolo y, desde ese sitio, Ernesto, su compañero y el detenido se dirigieron en dos automóviles de la policía, a la estación de la Renfe, abriéndose paso, mediante las sirenas. Detrás, mi hermana, mi cuñado y yo, seguimos la comitiva, decididos a no perdernos el desenlace de la aventura. Y, de esa forma rocambolesca, aparecimos por el anden, formando un variopinto e irrepetible grupo. Conocimos al reo, que, aunque, tal vez, no fuese marinero, si era “de nombre extranjero y alto y rubio, como la cerveza”. Pero la noche no había terminado ni, tampoco, las discusiones; todavía, quedaba algo de tiempo para tomar una última copa en la cantina.
Ernesto dijo que sus principios no le permitían beber con un hombre esposado y, por encima del parecer de su compañero, prevaleció el suyo; el preso quiso pagar la consumición, cosa que no se le permitió y, los camareros, fueron los atónitos testigos de una escena que, finalmente, terminó con la salida apresurada hacia el tren, mientras, mi hermana, se despedía del alemán, deseándole la mejor suerte del mundo, aunque, quizás, no comprendiera nuestro idioma.
Después, el tren partió hacia su destino y, con él, los insólitos protagonistas de una insólita historia. Nosotros, consumimos el resto de la noche, sentados en la terraza de una cafetería, comentándola. De Ernesto, nunca he vuelto a tener noticias.
Antequera había quedado fuera, casi totalmente, de mi vida, aunque, alguna vez, me desplacé a esa ciudad con mis padres, y tuve ocasión de departir algunas horas con los antiguos amigos de mi barrio de la Alameda, en el que había transcurrido mi última época en esa ciudad. Esporádicamente, también encontraba alguno de los componentes de mi pandilla de Torrox, bien en Málaga o, también, durante mis veraneos en la costa. Pero los que desparecieron, para siempre, fueron los compañeros de pensión en la capital o los de la Escuela de Peritos.
Pero, otras circunstancias, tanto en el aspecto familiar como en el laboral, fueron cambiando mis costumbres, adaptándome a ellas, como no podía ser de otra forma:
****
El nacimiento de Cristina me obligó a buscar una vivienda más amplia, que me permitiera cubrir las necesidades, que nos imponía una familia, ya numerosa. Durante algún tiempo, estuve buceando por los periódicos locales-todavía, no existía Internet-, sin encontrar nada de lo que yo quería, encontrándolo, finalmente, dentro del entorno de mi trabajo:
Manolo Álvarez, un ingeniero de Citesa, al que, ya, he mencionado en otras páginas, me ofreció, en régimen de alquiler, un piso en la avenida de Andalucía y, hasta allí, me trasladé, con familia y enseres, para iniciar una nueva andadura, que, en la actualidad, se prolonga, aunque, desde hace años, lo hago en condición de propietario de la casa.
En esa calle, vivían - aún lo hacen- algunos compañeros de Citesa como Rafael Aguilar, José Manuel Cabello, Miguel Ángel Bárcenas y José Luis Pérez González. Pero, aunque no lo supe, hasta algunos años más tarde, también tenía otro vecino: Paco Fernández Medina, que, desde Utrera, venía, cada verano, a Torrox y formaba parte de aquella pandilla de nuestra niñez; no lo veía desde su boda en Málaga. Ahora, recordamos, mientras paseamos, durante las mañanas soleadas de algún fin de semana, recordando aquellos tiempos entrañables del viejo autobús de Julio; la, por entonces, desierta playa de Ferrara y la larga baranda gris y los bancos de madera verde, que se enclavaban sobre el cemento gris de la plaza.
Al principio, esa parte de la avenida, estaba semidesnuda de locales comerciales y- lo que era un hecho insólito en Málaga- de cualquier establecimiento de hostelería. Tampoco sufríamos una excesiva afluencia de vehículos, lo que me permitía el lujo de aparcar, sin la necesidad de utilizar el garaje del edificio. Por otra parte, la calle no gozaba de demasiada presencia de peatones, en contraposición con el populoso barrio de Gamarra, del que nosotros, procedíamos. Quizás por eso, al volver de mi trabajo, donde pasaba la mayor parte de la jornada, me quedaba en la casa, que abandonaba, cada día, a primeras horas de la mañana.
Los fines de semana, abandonábamos el barrio, para comer en cualquier venta, de las muchas que hay por la carretera de los montes o del Puerto de la torre. En otras ocasiones, nos llegábamos hasta un chiringuito de la costa de Torrox, del que éramos habituales clientes, durante cada año por vacaciones. Y, en la tarde de los domingos, solíamos reunirnos con Rafael Vertedor, Paco Assiego y Adolfo Herranz, para ver el partido de futbol, en la casa que por turno tocara, donde, el anfitrión, estaba obligado a preparar una merienda-cena obligada.
Con el transcurso de lo años, la fisonomía de Avenida de Andalucía fue cambiando y, numerosas oficinas y otros establecimientos, fueron apareciendo; las nuevas autovías, convirtieron a esta arteria en paso obligado hacia la costa y otros lugares, con lo que, desde entonces, podemos “disfrutar” del ruido y, encontrar algún sitio en el que el dejar el coche, se ha convertido en una aventura imposible.
Un antiguo bailaor, que había emigrado a Sudamérica, abrió, debajo de mi casa, el primer bar de la calle: “el Cóndor”.
Su dueño, que se hacía llamar Rafael de Córdoba- nada tenía que ver con otro del mismo apelativo, pero de más fama- lo había dotado con una decoración más propia de un piano bar, aunque no existía ningún aditamento que pudiera acreditar este nombre, aunque, si, con la enorme figura de ese pájaro andino, colgando del techo del salón y de unas auténticas cabezas reducidas por los jíbaros, que reposaban sobre una de la las repisas.
Yo acostumbraba a recalar, por allí, a la vuelta de Citesa, para disfrutar de la paz que me proporcionaba ese lugar, mientras tomaba una copa, antes de subir a casa y, en ese rito que terminó convirtiéndose en obligado, algunas veces, me acompañaban otros amigos y compañeros de trabajo, como Rafael Aguilar, Miguel Galacho y Florencio Ríos Miranda. Sólo yo y contados vecinos de la casa, como el mencionado Rafael, Joaquín (hoy desaparecido) y Antonio Casaus, paisano mío de Antequera, éramos los contados clientes de entonces y, el bar terminado cerrando.
Hoy, después de notables modificaciones, persiste, con el nombre de Bar Victoria y con el ambiente más bullicioso que, la evolución de la zona le ha proporcionado.
Otras cosas, fueron cambiando, tanto en Málaga como en la fábrica y, desde luego, en el país. No quiero caer en la tentación de contarlas, por ser suficientemente conocidas y patentes, pero no puedo resistirme a la necesidad de detenerme en algunas aquellas que, en mayor o menor medida, supusieron un cierto giro en nuestras vidas y dejar mi opinión, sobre las mismas.
****
Aunque la geografía de España no había cambiado ni un ápice, la nueva Constitución sí cambió su mapa político con el surgimiento de las autonomías, lo que echó por tierra todo lo que, yo, había aprendido de la división del país en regiones y hasta del nombre de algunas ciudades:
En lugar de las dos castillas- la Nueva y la Vieja de entonces- surgieron Castilla y León y Castilla la Mancha; Murcia se quedó huérfana de Albacete; Madrid ascendió de su categoría de capital y provincia a la de región autónoma y, el nombre de La Coruña, debía sustituirse por el A Coruña o decirse Ourense, en lugar de Orense y, los nombres de algunas localidades vascas, ni siquiera me atrevo a escribirlos, por no incurrir en lesa ignorancia de bilingüismo. Algunas partes del país, como Andalucía, quedaron intactas, con lo que no quiero decir que, por eso, les fuera mejor. ¿O, tal vez, les fue peor? La verdad es que no lo se.
Pero, aparte de demarcaciones y semántica, se multiplicaron los parlamentos y, en consecuencia, los cargos públicos. Yo ni comprendí, ni lo hago ahora, las ventajas de todo esto. Quizás, por ser condescendiente, tenga que admitir un aumento del empleo, pero me cuesta suponer que, muchos de los nuevos puestos de trabajo, aporten algún incremento al PIB del país, sobre todo, los de más alta remuneración.
También se amplió la oferta de televisión, hasta entonces limitada a la cadena estatal, y, con ello, apareció la necesidad del mando a distancia, para evitar continuados desplazamientos, desde el sofá hasta los mandos del televisor y prevenir posibles lumbagias. Las nuevas cadenas, tuvieron sus pros y sus contras: el aumento de los cortes publicitarios, por una parte, y la ventaja de ir al baño, sin perderse el hilo de la emisión, gracias a ellos.
Poco a poco, aparecieron los llamados “programas del corazón”, acaparados por algunos personajes de la sociedad que, al menos para mi, no despiertan la menor atención o los reality, escaparate de absurdos personajes, sin interés alguno, pero con ambiciones de protagonismo. Por otro lado, los sucesos más luctuosos que suceden ahora, aunque es probable que, también, sucedieran en el pasado, empezaron a acaparar tertulias y teledíarios: no consigo olvidarme del lamentable espectáculo, que dirigió la presentadora de una cadena privada en el año 1992, sobre el crimen de unas niñas en Alcácer; algunas de las novedades que se iban produciendo, en el transcurso del mismo, llegaban a producir el aplauso del público asistente. Cuando escribo estas líneas, el eje de cualquier telediario gira alrededor de la muerte de otra adolescente.
Y no quiero pasar por alto el resurgir, en los espacios publicitarios dedicados a la incitación al consumo, de unos antiguos personajes: los nuevos charlatanes. Estos pretenden animarte a la compra de diversos productos, con frases similares a los que, antaño, te animaban a la adquisición de algún milagroso crece pelo.
-Y, si llama hoy mismo, le ofrecemos dos, por el increíble precio que aparece en pantalla.
Los nuevos gobiernos fueron modificando el sistema de educación, aunque, esta, no se pueda considerar una costumbre exclusiva de la democracia y, una serie de siglas, de difícil recuerdo, fueron dando nombre a las distintas etapas de la enseñanza. Pero, dejando esto al margen de una pura anécdota, ¿se ha producido una mejora de la nuestra formación? Yo creo que no:
En ciencias, tanto en la puras como en las aplicadas, tal vez, sí. Pero, otras materias, como historia, literatura, arte, filosofía y, hasta, si me apuran, la geografía, parecen quedar relegadas a un segundo plano. Y, esto, no es ninguna falacia: Algunos jóvenes, incluso los, ya, titulados, escriben con faltas de ortografía y no les preguntéis, por citar algunos ejemplos, sobre el papel en la historia delos Reyes Católicos, don Rodrigo o Almanzor; por la obra de Góngora, Calderón, Lope de Vega, Zorrilla, Quevedo o García Lorca o por la pintura de Velázquez, Goya, el Greco o Murillo. Ni siquiera sepan, tal vez, cual es el nombre del río más largo de España, ni, tampoco, donde nace, por donde pasa y a donde muere.
Y, a pesar de todo lo anterior, sigo pensando que Jorge Manrique no llevaba razón…
miércoles, 24 de diciembre de 2008
DURANTE LA TRANSICION
La década de los setenta fue protagonista de una de las etapas más cruciales de la historia reciente de España y que, hoy, conocemos como el periodo de la transición; un periodo jalonado, por una sucesión de hitos, que están, supongo, en el recuerdo de todos nosotros:
Las elecciones generales de 1977 registraron una alta participación de votantes, ávidos e ilusionados de democracia y libertad, aunque también confusos- al menos, yo lo creo así- ante el amplio espectro de partidos políticos, que concurrieron a las mismas. Hoy, muchos de esas opciones han desaparecido y, salvo los llamados partidos nacionalistas, han desembocado en un casi bipartidismo, habitual de muchas democracias.
Un año después, vio la luz nueva constitución, aprobada, primero, por las cortes y, luego, en referéndum por amplia mayoría, aunque sólo leída por muchos menos, en mi opinión.
Y España dejó de ser “una”, multiplicándose por diecisiete con el nacimiento de las autonomías, aunque siguió igual de “grande” y, sobre todo, ahora, era realmente “libre”. Aunque el 23 de Febrero de 1981 unos cuantos, tal vez nostálgicos de aquel lema del escudo de Franco, quisieron quitarnos esa libertad.
A través del prisma que me proporcionaba Citesa, donde transcurría una buena parte de mi actividad, la no despreciable cuota que su colectivo aportaba a la sociedad española me aportaba una visión de los cambios que, tanto en actitudes como en costumbres, se iban produciendo en el país:
Además de los nuevos sindicatos, en sustitución del antiguo jurado de empresa, afloraron numerosas personas- “de izquierdas de toda la vida”- que, hasta entonces, o permanecieron ocultas o, tal vez, ahora, se subían a la nueva corriente en boga. Quizás por revanchismo hacia el pasado, todavía cercano, los conceptos de izquierdas y derechas habían cambiado totalmente: el término de “rojo” fue sustituido por el de progresista y, si alguien apostaba por los partidos de derechas, era calificado como “facha” o “carca”, aunque no fuera afín a la dictadura. Aunque, de estos, también los había- todavía existen-, dentro de los llamados guerrilleros de Cristo Rey y otras facciones.
¿Y yo? ¿De que corriente era partidario yo? Ni lo sabían entonces, ni, probablemente, lo se ahora. Pero, tampoco, me escudaré en el caparazón de apolítico, en que muchos se refugian para evitar comprometerse: nadie puede ser ajeno a la política, cuando se forma parte de un reparto, singular y multitudinario, en una obra, dirigida por políticos, precisamente elegidos por nosotros. Sin embargo, tengo que confesar que me muevo más por la gestión de ellos, que por su ideología-todas tienen, a mi entender, sus luces y sus sombras- y, en función de eso, he votado por unos u otros. A fin de cuentas, en este nuevo sistema, en que vivimos, su permanencia en el poder tiene un límite de caducidad y, nosotros, la posibilidad de mover los hilos de la tramoya, al menos cada cuatro años. Tal vez en eso, resida lo más esencial de la democracia.
Definitivamente, no me considero, ni de izquierdas, ni de derechas. Pero tengo que confesar una cierta animadversión hacia la demagogia, en la que algunos políticos incurren, lo que, a fin de cuentas, utilizando esa argucia, para engañar al sector más llano del electorado, todavía resentido con el recuerdo de una época, ya superada, y conseguir su favor en las urnas.
Por aquel tiempo, yo trabajaba en Ingeniería Industrial y tenía, en otras, la responsabilidad del sistema de primas a la producción, por lo que, en cierta forma, estaba en el bando contrario al de los enlaces sindicales. Quizás por eso, se me identificaba de alguna forma como alguien más afín a la derecha. Sin embargo, mi relación con aquellos- al menos con los que anteponían el dialogo inteligente a la sinrazón- tengo que considerarlas como buenas. Desde aquí, quiero recordar a Fuencisla, que militaba en uno de los muchos partidos políticos-Bandera Roja creo que era su nombre-, hoy desaparecidos, y que no he vuelto a ver desde entonces y a Salvador Fernández de CCOO, que fue secretario del comité de empresa, con el que me he encontrado en una par de ocasiones y hasta nos hemos tomado una copa juntos.
********
Yo también tuve mi particular transición:
Durante lo veranos de aquellos años, mi afición por la playa seguía imperecedera y me trasladaba alguno sábados o domingos a cualquiera de la muchas playas, más o menos cercanas, en el viejo coche, pero no era lo mismo: El regreso hacia Málaga, con el traje de baño, aún húmedo e impregnado de salitre, se me hacía penoso. Por esa razón, planifiqué mis vacaciones de Agosto hacia el mismo sitio, que tanto quise antes, donde me reencontré con un paisaje cambiado y masificado pero, también, descubrí algunos amigos, que, todavía, permanecen en los más entrañables rincones del recuerdo.
Un compañero de trabajo, Pepe Cotilla, me hablo de una finca (Santa Rosa), entre el Morche y el cruce de de Conejito con Torrox, que había sido remodelada en apartamentos de alquiler, y, en uno de ellos, pasamos las vacaciones de Agosto, durante dos años.
Pepe Cotilla trabajaba en Citesa, lo mismo que su mujer Pili- desgraciadamente, ella nos ha abandonado hace unos días- y pasaban, también, sus vacaciones en una casa, situada en la misma finca, donde vivía su padre y trabajaba como capatazaz de la misma. A partir de entonces, Pepe paso, de ser un compañero de trabajo, a ser un amigo, con el que pude pasar, junto a él y algunos de sus allegados, muchos ratos inolvidables.
Pasábamos la mañana en la playa o en la piscina-realmente, era una gran alberca para el regadío-, mientras Pepe se dedicaba a su gran afición, que no era otra- como sigue siendo-en el campo, matando el gusanillo en unos palmos de terrenos, que tenían entre Torrox y Nerja.
Atada con una correa, al borde la piscina, estaba Tula… Tula era una perra, de tamaño mediano y trazas de alguna raza cazadora, que tenía una especial predilección por mi hijo Alejandro y al que, desde que aparecía por el camino de acceso a la casa, con su gorrilla siempre al revés, saludaba con sonoros y alegre ladridos.
Al caer la tarde, junto con Pepe, su mujer y sus hermanas y cuñados, integrábamos una pandilla, que, después de dejar a David y Alejandro en la casa de sus “nuevos abuelos”, nos desplazábamos a cenar en algún pueblo de la comarca, como Salayonga, Frigiliana o Cómpeta; al merendero de Lagos o a una venta en la carretera de Algarrobo.
Después de dos años, abandoné ese lugar, como residencia de las vacaciones, para cambiarla por un apartamento de una urbanización (Torcasol), ubicada en primera línea de playa, justo enfrente de Santa Rosa, a la que acudía cada año, por Agosto, hasta que dejé de hacerlo en 1992, justo el año en que terminó mi estancia en Citesa. Entonces, la familia ya se había incrementado con Cristina y, además, o tal vez por eso, habíamos dejado nuestro primer piso de Málaga por otro mayor, en la Avenida de Andalucía, donde vivo actualmente.
La mayoría de de personas que pasaban el verano en esa urbanización procedían de Córdoba y, otros, de Alemania. Recuerdo, de estos últimos que pasaban la mayoría del tiempo bebiendo considerables cantidades de cerveza y brandy en alguno de los chiringuitos, que abandonaban, de vez en cuando, para refrescarse con alguna zambullida en el mar. Pero yo seguí frecuentando, después de la playa, el trato con mi antigua pandilla y haciendo las mismas excursiones por los mismos lugares de antes.
A lo largo de esos años, mis hijos habían crecido y, a bordo de una barca neumática, que teníamos, se alejaban en el mar y buceaban, tratando de sorprender y arponear alguna presa, mientras los demás nos quedábamos contemplado sus peripecias, sentados sobre una toalla en la arena caliente o sumergidos en el agua, desde una distancia prudencial a la orilla.
Pepe Cotilla, que también había abandonado Santa Rosa, pasaba el verano en una casa, que, que tenía en el Morche y, allí, pasábamos las primeras horas de la tarde jugando al póquer y planificando el plan de la noche. El grupo se había incrementado, por esos años, con la presencia de Antonio Lozano y su mujer y, esporádicamente, con otros compañeros del trabajo en Málaga.
Pero siempre rompía mi rutina, al menos una o dos veces, para subir a Torrox y visitar a mis tíos o acercarme a otra urbanización, en el mismo cruce de Conejito, donde mi prima Margarita tenía una tienda y una apartamento en uno de sus bloques. Tanto la playa como el pueblo habían cambiado, notablemente su fisonomía, pero, la visión de este último, me seguía produciendo la sensación agridulce de la añoranza a los pasados veranos de mi niñez. Y, allí, sentado alguno de sus balcones, observaba la nueva plaza, mientras charlaba con mi tía Margarita, que me recordaba algunos pasajes de mis antiguos veraneos.
Las elecciones generales de 1977 registraron una alta participación de votantes, ávidos e ilusionados de democracia y libertad, aunque también confusos- al menos, yo lo creo así- ante el amplio espectro de partidos políticos, que concurrieron a las mismas. Hoy, muchos de esas opciones han desaparecido y, salvo los llamados partidos nacionalistas, han desembocado en un casi bipartidismo, habitual de muchas democracias.
Un año después, vio la luz nueva constitución, aprobada, primero, por las cortes y, luego, en referéndum por amplia mayoría, aunque sólo leída por muchos menos, en mi opinión.
Y España dejó de ser “una”, multiplicándose por diecisiete con el nacimiento de las autonomías, aunque siguió igual de “grande” y, sobre todo, ahora, era realmente “libre”. Aunque el 23 de Febrero de 1981 unos cuantos, tal vez nostálgicos de aquel lema del escudo de Franco, quisieron quitarnos esa libertad.
A través del prisma que me proporcionaba Citesa, donde transcurría una buena parte de mi actividad, la no despreciable cuota que su colectivo aportaba a la sociedad española me aportaba una visión de los cambios que, tanto en actitudes como en costumbres, se iban produciendo en el país:
Además de los nuevos sindicatos, en sustitución del antiguo jurado de empresa, afloraron numerosas personas- “de izquierdas de toda la vida”- que, hasta entonces, o permanecieron ocultas o, tal vez, ahora, se subían a la nueva corriente en boga. Quizás por revanchismo hacia el pasado, todavía cercano, los conceptos de izquierdas y derechas habían cambiado totalmente: el término de “rojo” fue sustituido por el de progresista y, si alguien apostaba por los partidos de derechas, era calificado como “facha” o “carca”, aunque no fuera afín a la dictadura. Aunque, de estos, también los había- todavía existen-, dentro de los llamados guerrilleros de Cristo Rey y otras facciones.
¿Y yo? ¿De que corriente era partidario yo? Ni lo sabían entonces, ni, probablemente, lo se ahora. Pero, tampoco, me escudaré en el caparazón de apolítico, en que muchos se refugian para evitar comprometerse: nadie puede ser ajeno a la política, cuando se forma parte de un reparto, singular y multitudinario, en una obra, dirigida por políticos, precisamente elegidos por nosotros. Sin embargo, tengo que confesar que me muevo más por la gestión de ellos, que por su ideología-todas tienen, a mi entender, sus luces y sus sombras- y, en función de eso, he votado por unos u otros. A fin de cuentas, en este nuevo sistema, en que vivimos, su permanencia en el poder tiene un límite de caducidad y, nosotros, la posibilidad de mover los hilos de la tramoya, al menos cada cuatro años. Tal vez en eso, resida lo más esencial de la democracia.
Definitivamente, no me considero, ni de izquierdas, ni de derechas. Pero tengo que confesar una cierta animadversión hacia la demagogia, en la que algunos políticos incurren, lo que, a fin de cuentas, utilizando esa argucia, para engañar al sector más llano del electorado, todavía resentido con el recuerdo de una época, ya superada, y conseguir su favor en las urnas.
Por aquel tiempo, yo trabajaba en Ingeniería Industrial y tenía, en otras, la responsabilidad del sistema de primas a la producción, por lo que, en cierta forma, estaba en el bando contrario al de los enlaces sindicales. Quizás por eso, se me identificaba de alguna forma como alguien más afín a la derecha. Sin embargo, mi relación con aquellos- al menos con los que anteponían el dialogo inteligente a la sinrazón- tengo que considerarlas como buenas. Desde aquí, quiero recordar a Fuencisla, que militaba en uno de los muchos partidos políticos-Bandera Roja creo que era su nombre-, hoy desaparecidos, y que no he vuelto a ver desde entonces y a Salvador Fernández de CCOO, que fue secretario del comité de empresa, con el que me he encontrado en una par de ocasiones y hasta nos hemos tomado una copa juntos.
********
Yo también tuve mi particular transición:
Durante lo veranos de aquellos años, mi afición por la playa seguía imperecedera y me trasladaba alguno sábados o domingos a cualquiera de la muchas playas, más o menos cercanas, en el viejo coche, pero no era lo mismo: El regreso hacia Málaga, con el traje de baño, aún húmedo e impregnado de salitre, se me hacía penoso. Por esa razón, planifiqué mis vacaciones de Agosto hacia el mismo sitio, que tanto quise antes, donde me reencontré con un paisaje cambiado y masificado pero, también, descubrí algunos amigos, que, todavía, permanecen en los más entrañables rincones del recuerdo.
Un compañero de trabajo, Pepe Cotilla, me hablo de una finca (Santa Rosa), entre el Morche y el cruce de de Conejito con Torrox, que había sido remodelada en apartamentos de alquiler, y, en uno de ellos, pasamos las vacaciones de Agosto, durante dos años.
Pepe Cotilla trabajaba en Citesa, lo mismo que su mujer Pili- desgraciadamente, ella nos ha abandonado hace unos días- y pasaban, también, sus vacaciones en una casa, situada en la misma finca, donde vivía su padre y trabajaba como capatazaz de la misma. A partir de entonces, Pepe paso, de ser un compañero de trabajo, a ser un amigo, con el que pude pasar, junto a él y algunos de sus allegados, muchos ratos inolvidables.
Pasábamos la mañana en la playa o en la piscina-realmente, era una gran alberca para el regadío-, mientras Pepe se dedicaba a su gran afición, que no era otra- como sigue siendo-en el campo, matando el gusanillo en unos palmos de terrenos, que tenían entre Torrox y Nerja.
Atada con una correa, al borde la piscina, estaba Tula… Tula era una perra, de tamaño mediano y trazas de alguna raza cazadora, que tenía una especial predilección por mi hijo Alejandro y al que, desde que aparecía por el camino de acceso a la casa, con su gorrilla siempre al revés, saludaba con sonoros y alegre ladridos.
Al caer la tarde, junto con Pepe, su mujer y sus hermanas y cuñados, integrábamos una pandilla, que, después de dejar a David y Alejandro en la casa de sus “nuevos abuelos”, nos desplazábamos a cenar en algún pueblo de la comarca, como Salayonga, Frigiliana o Cómpeta; al merendero de Lagos o a una venta en la carretera de Algarrobo.
Después de dos años, abandoné ese lugar, como residencia de las vacaciones, para cambiarla por un apartamento de una urbanización (Torcasol), ubicada en primera línea de playa, justo enfrente de Santa Rosa, a la que acudía cada año, por Agosto, hasta que dejé de hacerlo en 1992, justo el año en que terminó mi estancia en Citesa. Entonces, la familia ya se había incrementado con Cristina y, además, o tal vez por eso, habíamos dejado nuestro primer piso de Málaga por otro mayor, en la Avenida de Andalucía, donde vivo actualmente.
La mayoría de de personas que pasaban el verano en esa urbanización procedían de Córdoba y, otros, de Alemania. Recuerdo, de estos últimos que pasaban la mayoría del tiempo bebiendo considerables cantidades de cerveza y brandy en alguno de los chiringuitos, que abandonaban, de vez en cuando, para refrescarse con alguna zambullida en el mar. Pero yo seguí frecuentando, después de la playa, el trato con mi antigua pandilla y haciendo las mismas excursiones por los mismos lugares de antes.
A lo largo de esos años, mis hijos habían crecido y, a bordo de una barca neumática, que teníamos, se alejaban en el mar y buceaban, tratando de sorprender y arponear alguna presa, mientras los demás nos quedábamos contemplado sus peripecias, sentados sobre una toalla en la arena caliente o sumergidos en el agua, desde una distancia prudencial a la orilla.
Pepe Cotilla, que también había abandonado Santa Rosa, pasaba el verano en una casa, que, que tenía en el Morche y, allí, pasábamos las primeras horas de la tarde jugando al póquer y planificando el plan de la noche. El grupo se había incrementado, por esos años, con la presencia de Antonio Lozano y su mujer y, esporádicamente, con otros compañeros del trabajo en Málaga.
Pero siempre rompía mi rutina, al menos una o dos veces, para subir a Torrox y visitar a mis tíos o acercarme a otra urbanización, en el mismo cruce de Conejito, donde mi prima Margarita tenía una tienda y una apartamento en uno de sus bloques. Tanto la playa como el pueblo habían cambiado, notablemente su fisonomía, pero, la visión de este último, me seguía produciendo la sensación agridulce de la añoranza a los pasados veranos de mi niñez. Y, allí, sentado alguno de sus balcones, observaba la nueva plaza, mientras charlaba con mi tía Margarita, que me recordaba algunos pasajes de mis antiguos veraneos.
viernes, 24 de octubre de 2008
FINAL DE LA SOLTERIA Y DE LA DICTADURA
Contraje matrimonio una tarde de Octubre de 1970 en una Iglesia malagueña, con la asistencia de la familia y algunos amigos y compañeros. Esa ceremonia y una cena, sencilla e íntima, en un conocido restaurante del Paseo Marítimo, constituyeron todos los fastos de una boda, que, después, se completarían con una luna de miel, también diferente a la que, la moda y las costumbres, imponían.
Yo nunca fui partidario de los viajes organizados, que sacrifican muchas libertades en aras de una estricta planificación y las encorsetan en estrictos horarios. Por eso, unos días después, hicimos las maletas y, a bordo del “seiscientos”, nos pusimos en la carretera, sin marcarnos ningún objetivo final, que no fuera el que nos impusieran el tiempo y el dinero disponibles, así como las ganas de continuarlo o terminarlo.
La necesidad de alojarse o comer fue marcando los intervalos entre etapa y etapa y, de esa forma, recorrimos la costa oriental, por las provincias de Almería, Granada, Murcia y Alicante, llegando a Benidorm, desde donde emprendimos el regreso. Entonces, abandonamos la costa y nos aventuramos por el interior hasta la capital granadina, para, desde allí, bajar hasta Motril y encontrar, de nuevo, el mar.
Los últimos días- como no podía ser de otra forma- los consumimos en Torrox, con mis tíos y mi prima Margarita y su marido Salvador, dando fin a nuestro pequeño periplo para, finalmente, regresar a nuestra apenas estrenada casa de Málaga; un piso pequeño de alquiler, por la zona de Eugenio Gros, en el que permanecimos los primeros siete años y donde, también, discurrieron los primeros de la vida de nuestros hijos David y Alejandro.
Mi nueva condición de padre fue, para mí, lo más importante de aquella época. Pero, durante esos años, otros acontecimientos, al margen de lo anterior, producirían cambios radicales en todo el país y proporcionarían una fisonomía del mismo, distinta a la que, durante mis primeros cuarenta años, yo había conocido. Su recuerdo, necesariamente, tiene que constituir un punto de inflexión en este blog, que, nunca, pretenderá contar unos hechos, ya escritos y recordados hasta la saciedad, sino, simplemente, reseñarlos.
Sin embargo y sin abandonar el eje principal de mí relato, que no es otro que mi propia historia, tengo que ensanchar el círculo en que se ha desenvuelto - hasta ahora estuvo limitado al entorno, más cercano, de familiares y amigos- para continuarlo por otro más amplio y compartirlo con los nuevas personas, circunstancias y costumbres, que, éste, proporcionaría.
Al principio, la vida política del país seguía siendo una imagen fija, congelada desde hace años, de la que sólo habíamos tenido noticias, primero, a través del NODO y, después, nos la servía una Televisión, todavía joven, con la repetitiva aparición de Franco y sus ministros, bajo el telón de fondo de los símbolos de la dictadura, en los que, por entonces, figuraba la leyenda de “una grande libre”. Nunca comprendí el significado de esas tres palabras, pero sí que representaban una mentira a medias: España era, desde luego, una; no era grande, ni en el sentido peyorativo, ni en ningún otro; pero, sobre todo, carecía de la libertad, que sólo la democracia puede dar a un país.
En un escenario, inamovible desde casi cuarenta años, unos protagonistas, también invariables, seguían representando una escena, digna de ser encuadrada en el género de la pantomima, que, sin embargo, era seguida y plasmada por los medios de comunicación, naturalmente afines al régimen, pero que, para la mayoría, aunque la soportaba, resultaba aburrida y no era tema de conversación habitual, al menos en mis círculos más cercanos. Sin embargo, durante esos años, algunos hechos vinieron a romper esa “plácida” monotonía.
El conocimiento de los mismos, debidamente matizados a través de prensa y televisión, no me permitieron tener una opinión clara de los mismos. Pero por el eco, que de ellos se hizo en los medios extranjeros y, también, en algunas esferas dentro del país, junto a nuestro aislamiento político y la avanzada edad del general, me pareció que, tal vez, serían el canto del cisne del franquismo:
-En el año 1968, se produjeron los primeros atentados de ETA contra miembros de la gobernación; lo que daría lugar a decretar el estado de excepción en Guipúzcoa y, posteriormente, al llamado proceso de Burgos, en 1970. Este proceso, militar y sumarísimo, que incluía la petición de penas de muerte, levantó el rechazo, no solamente en Europa sino, también, en España. A mi, particularmente, se me quedó grabada la imagen del primer ministro sueco Olof Palme, con una hucha en la mano, tratando de recolectar fondos, para oponerse al mismo.
-Un año después, el territorio de Ifni fue cedido a Marruecos. Y, aunque yo hice allí mi servicio militar, la perdida de un terreno estéril, donde, únicamente, algunas parcelas de cebada rompían de pálido verde un paisaje pedregoso y lleno de cactus, no me produjo ninguna sensación de añoranza y sí, por el contrario, la certeza de que se habían eliminado los gastos de algo, que no servía para nada.
- En 1973, ETA reapareció en el atentado, que hizo volar por los aires el coche, donde viajaba el entonces presidente del gobierno Luis Carrero Blanco que, junto con otras dos personas, perdió la vida y condujo al nombramiento del último presidente de Franco: Carlos Arias Salgado, de cuya presidencia, en un gobierno, que ya agonizaba junto al general, poco hay que recordar, tanto por la brevedad de su mandato como por la escasa relevancia que los regímenes dictatoriales permiten. A Arias Salgado, sin embargo, se le recordaba más por su actuación represiva, durante la postguerra, que le hizo acreedor del apelativo de “verdugo de Málaga”.
-Dos años más tarde, mientas Franco consumía los últimos y ocultos días de su vida, se produjo la llamada “marcha verde” sobre el Sahara Español y, con ella, el final de los únicos vestigios que quedaban del antiguo imperio español. Y, finalmente, el 20 de Noviembre de ese mismo año, se produjo la muerte del del general.
La muerte, que no suele ser un hecho extraordinario, por habitual y cotidiano, lo fue entonces y, yo creo, que produjo sentimientos opuestos en las dos Españas que, todavía, quedaban, como consecuencia de la guerra civil; una guerra, que, por mi edad, no me había dejado séquela alguna y, tampoco-al menos, yo no lo recuerdo-, la dejó en mi entorno familiar. Tal vez por eso, yo no sentía una especial animadversión hacia el general, aunque, tampoco, admiración alguna. Por eso, su muerte no me produjo sensación alguna de dolor o alegría, pero si la de que, naturalmente, no era una muerte cualquiera, por lo que podía representar en la evolución de la historia de España y, por lo tanto, en la mía y mis hijos, por lo que sí aparecerían otros dos sentimientos, igualmente controvertidos, de inquietud y esperanza: la continuación de la dictadura o el principio de la democracia.
Viví los días inmediatos, a través de la prensa y, sobre todo, de las imágenes en blanco y negro de televisión:
Un innumerable desfile de personas, por la capilla ardiente de Franco, me produjo una cierta duda sobre la voluntad de que los españoles quisieran enterrar, con él, una etapa de 40 años de la reciente historia de España. Pero, al mismo tiempo, también pensaba y, sobre todo, deseaba, que sólo podían representar una minoría, frente a los que, como yo, se limitaban a esperar, siguiendo la noticia y esperando acontecimientos.
Dos días después, el 22 de Noviembre, el, hasta entonces, príncipe, fue proclamado como Rey de España, con el nombre de Juan Carlos I. Su discurso y, sobre todo, su juramento a las leyes del Movimiento, no me hacían albergar, precisamente, demasiadas esperanzas de cambio. Esa inquietud era avivada por el natural desconocimiento, que yo, como la mayoría de los españoles, tenía de Don Juan Carlos y sus ideas.
Don Juan Carlos comenzó su reinado con el gobierno, que todavía presidía Carlos Arias Salgado, pero que, en 1976, presentaría su dimisión, para ser sustituido por Adolfo Suarez; una persona que había ejercido la política, durante el franquismo. De forma que, mis temores, continuaron.
Yo no podía saber, entonces, que, tanto la jefatura del Estado como la del Gobierno, serían encarnadas por los que, tal vez, serían los principales artífices del cambio hacia la democracia.
Estas sólo pretenden ser la impresión, que dejaron estos dos años en mi propia vivencia y que dieron lugar a la llamada transición, que no voy a relatar, por ser suficientemente conocidas.
Yo nunca fui partidario de los viajes organizados, que sacrifican muchas libertades en aras de una estricta planificación y las encorsetan en estrictos horarios. Por eso, unos días después, hicimos las maletas y, a bordo del “seiscientos”, nos pusimos en la carretera, sin marcarnos ningún objetivo final, que no fuera el que nos impusieran el tiempo y el dinero disponibles, así como las ganas de continuarlo o terminarlo.
La necesidad de alojarse o comer fue marcando los intervalos entre etapa y etapa y, de esa forma, recorrimos la costa oriental, por las provincias de Almería, Granada, Murcia y Alicante, llegando a Benidorm, desde donde emprendimos el regreso. Entonces, abandonamos la costa y nos aventuramos por el interior hasta la capital granadina, para, desde allí, bajar hasta Motril y encontrar, de nuevo, el mar.
Los últimos días- como no podía ser de otra forma- los consumimos en Torrox, con mis tíos y mi prima Margarita y su marido Salvador, dando fin a nuestro pequeño periplo para, finalmente, regresar a nuestra apenas estrenada casa de Málaga; un piso pequeño de alquiler, por la zona de Eugenio Gros, en el que permanecimos los primeros siete años y donde, también, discurrieron los primeros de la vida de nuestros hijos David y Alejandro.
Mi nueva condición de padre fue, para mí, lo más importante de aquella época. Pero, durante esos años, otros acontecimientos, al margen de lo anterior, producirían cambios radicales en todo el país y proporcionarían una fisonomía del mismo, distinta a la que, durante mis primeros cuarenta años, yo había conocido. Su recuerdo, necesariamente, tiene que constituir un punto de inflexión en este blog, que, nunca, pretenderá contar unos hechos, ya escritos y recordados hasta la saciedad, sino, simplemente, reseñarlos.
Sin embargo y sin abandonar el eje principal de mí relato, que no es otro que mi propia historia, tengo que ensanchar el círculo en que se ha desenvuelto - hasta ahora estuvo limitado al entorno, más cercano, de familiares y amigos- para continuarlo por otro más amplio y compartirlo con los nuevas personas, circunstancias y costumbres, que, éste, proporcionaría.
Al principio, la vida política del país seguía siendo una imagen fija, congelada desde hace años, de la que sólo habíamos tenido noticias, primero, a través del NODO y, después, nos la servía una Televisión, todavía joven, con la repetitiva aparición de Franco y sus ministros, bajo el telón de fondo de los símbolos de la dictadura, en los que, por entonces, figuraba la leyenda de “una grande libre”. Nunca comprendí el significado de esas tres palabras, pero sí que representaban una mentira a medias: España era, desde luego, una; no era grande, ni en el sentido peyorativo, ni en ningún otro; pero, sobre todo, carecía de la libertad, que sólo la democracia puede dar a un país.
En un escenario, inamovible desde casi cuarenta años, unos protagonistas, también invariables, seguían representando una escena, digna de ser encuadrada en el género de la pantomima, que, sin embargo, era seguida y plasmada por los medios de comunicación, naturalmente afines al régimen, pero que, para la mayoría, aunque la soportaba, resultaba aburrida y no era tema de conversación habitual, al menos en mis círculos más cercanos. Sin embargo, durante esos años, algunos hechos vinieron a romper esa “plácida” monotonía.
El conocimiento de los mismos, debidamente matizados a través de prensa y televisión, no me permitieron tener una opinión clara de los mismos. Pero por el eco, que de ellos se hizo en los medios extranjeros y, también, en algunas esferas dentro del país, junto a nuestro aislamiento político y la avanzada edad del general, me pareció que, tal vez, serían el canto del cisne del franquismo:
-En el año 1968, se produjeron los primeros atentados de ETA contra miembros de la gobernación; lo que daría lugar a decretar el estado de excepción en Guipúzcoa y, posteriormente, al llamado proceso de Burgos, en 1970. Este proceso, militar y sumarísimo, que incluía la petición de penas de muerte, levantó el rechazo, no solamente en Europa sino, también, en España. A mi, particularmente, se me quedó grabada la imagen del primer ministro sueco Olof Palme, con una hucha en la mano, tratando de recolectar fondos, para oponerse al mismo.
-Un año después, el territorio de Ifni fue cedido a Marruecos. Y, aunque yo hice allí mi servicio militar, la perdida de un terreno estéril, donde, únicamente, algunas parcelas de cebada rompían de pálido verde un paisaje pedregoso y lleno de cactus, no me produjo ninguna sensación de añoranza y sí, por el contrario, la certeza de que se habían eliminado los gastos de algo, que no servía para nada.
- En 1973, ETA reapareció en el atentado, que hizo volar por los aires el coche, donde viajaba el entonces presidente del gobierno Luis Carrero Blanco que, junto con otras dos personas, perdió la vida y condujo al nombramiento del último presidente de Franco: Carlos Arias Salgado, de cuya presidencia, en un gobierno, que ya agonizaba junto al general, poco hay que recordar, tanto por la brevedad de su mandato como por la escasa relevancia que los regímenes dictatoriales permiten. A Arias Salgado, sin embargo, se le recordaba más por su actuación represiva, durante la postguerra, que le hizo acreedor del apelativo de “verdugo de Málaga”.
-Dos años más tarde, mientas Franco consumía los últimos y ocultos días de su vida, se produjo la llamada “marcha verde” sobre el Sahara Español y, con ella, el final de los únicos vestigios que quedaban del antiguo imperio español. Y, finalmente, el 20 de Noviembre de ese mismo año, se produjo la muerte del del general.
La muerte, que no suele ser un hecho extraordinario, por habitual y cotidiano, lo fue entonces y, yo creo, que produjo sentimientos opuestos en las dos Españas que, todavía, quedaban, como consecuencia de la guerra civil; una guerra, que, por mi edad, no me había dejado séquela alguna y, tampoco-al menos, yo no lo recuerdo-, la dejó en mi entorno familiar. Tal vez por eso, yo no sentía una especial animadversión hacia el general, aunque, tampoco, admiración alguna. Por eso, su muerte no me produjo sensación alguna de dolor o alegría, pero si la de que, naturalmente, no era una muerte cualquiera, por lo que podía representar en la evolución de la historia de España y, por lo tanto, en la mía y mis hijos, por lo que sí aparecerían otros dos sentimientos, igualmente controvertidos, de inquietud y esperanza: la continuación de la dictadura o el principio de la democracia.
Viví los días inmediatos, a través de la prensa y, sobre todo, de las imágenes en blanco y negro de televisión:
Un innumerable desfile de personas, por la capilla ardiente de Franco, me produjo una cierta duda sobre la voluntad de que los españoles quisieran enterrar, con él, una etapa de 40 años de la reciente historia de España. Pero, al mismo tiempo, también pensaba y, sobre todo, deseaba, que sólo podían representar una minoría, frente a los que, como yo, se limitaban a esperar, siguiendo la noticia y esperando acontecimientos.
Dos días después, el 22 de Noviembre, el, hasta entonces, príncipe, fue proclamado como Rey de España, con el nombre de Juan Carlos I. Su discurso y, sobre todo, su juramento a las leyes del Movimiento, no me hacían albergar, precisamente, demasiadas esperanzas de cambio. Esa inquietud era avivada por el natural desconocimiento, que yo, como la mayoría de los españoles, tenía de Don Juan Carlos y sus ideas.
Don Juan Carlos comenzó su reinado con el gobierno, que todavía presidía Carlos Arias Salgado, pero que, en 1976, presentaría su dimisión, para ser sustituido por Adolfo Suarez; una persona que había ejercido la política, durante el franquismo. De forma que, mis temores, continuaron.
Yo no podía saber, entonces, que, tanto la jefatura del Estado como la del Gobierno, serían encarnadas por los que, tal vez, serían los principales artífices del cambio hacia la democracia.
Estas sólo pretenden ser la impresión, que dejaron estos dos años en mi propia vivencia y que dieron lugar a la llamada transición, que no voy a relatar, por ser suficientemente conocidas.
lunes, 18 de agosto de 2008
MALAGA DE SOLTERO
Mi vida en Málaga comenzó con el inicio de mis estudios en la Escuela de Peritos Industriales y trascurrió por distintas pensiones, durante esos años y, aún, se prolongó durante todo el tiempo, que duró mi soltería.
De mi época de estudiante, aunque mi recuerdo sea más extenso, solo narraré algunas cosas:
En mi primera pensión, que estaba en la calle San Agustín y se llamaba “Huéspedes la Zarzuela”, formaba parte de una pequeña y variopinta población, compuesta, por algunos empleados de banco y de Telefónica, un canónigo de la catedral y otros, pero, donde yo, era el único estudiante.
Este escenario o, tal vez, mi poca identificación con la carrera que estaba emprendiendo, quizás sea el motivo de mi escasa relación con los compañeros de estudios y que dedicara un mayor recuerdo a los de mi pensión.
Con, ellos, empecé a descubrir la vida de Málaga y a compararla, siempre de forma favorable, con la de Antequera, a donde seguía yendo por vacaciones, aunque, también, me escapaba, siempre que podía, a Torrox.
Me relacioné, preferentemente, con algunos de los que trabajaban en Telefónica, con los que me integré en un equipo de futbol, que habían formado, participando en varios partidos. También asistí, con ellos, a mis primeras fiestas –entonces, se llamaban guateques- y, con otras actividades, a ocupar el tiempo libre, que mis estudios me permitían.
Pero, mis inclinaciones de siempre, totalmente contrapuestas a lo que sería mi profesión, años más tarde, me hicieron establecer una gran amistad con uno de los huéspedes:
José María Colomer, que era catalán y bohemio, sin embargo, se había venido a Málaga, donde trabajaba, como actor, en algunos seriales de Radio Nacional, persiguiendo un amor, del que, nunca, supe si culminó de forma feliz o desagraciada. Con él, mejoré mi declamación y aprendí alguna poesía, que, nunca antes, había escuchado ni leído y que, luego, terminé incorporando a mi repertorio.
Y, con él, asistí a la representación de una obra de Pemán, donde tuve la ocasión de conocer, personalmente, a su autor.
Anduve por otras pensiones, donde conocí a otras personas, que no mencionaré, para no alargar esta historia y, tal vez, por no considerarlas demasiado relevantes. Hasta que, finalmente, terminé la carrera y, con ello, cerré esta etapa de mi vida.
De mi época de estudiante, aunque mi recuerdo sea más extenso, solo narraré algunas cosas:
En mi primera pensión, que estaba en la calle San Agustín y se llamaba “Huéspedes la Zarzuela”, formaba parte de una pequeña y variopinta población, compuesta, por algunos empleados de banco y de Telefónica, un canónigo de la catedral y otros, pero, donde yo, era el único estudiante.
Este escenario o, tal vez, mi poca identificación con la carrera que estaba emprendiendo, quizás sea el motivo de mi escasa relación con los compañeros de estudios y que dedicara un mayor recuerdo a los de mi pensión.
Con, ellos, empecé a descubrir la vida de Málaga y a compararla, siempre de forma favorable, con la de Antequera, a donde seguía yendo por vacaciones, aunque, también, me escapaba, siempre que podía, a Torrox.
Me relacioné, preferentemente, con algunos de los que trabajaban en Telefónica, con los que me integré en un equipo de futbol, que habían formado, participando en varios partidos. También asistí, con ellos, a mis primeras fiestas –entonces, se llamaban guateques- y, con otras actividades, a ocupar el tiempo libre, que mis estudios me permitían.
Pero, mis inclinaciones de siempre, totalmente contrapuestas a lo que sería mi profesión, años más tarde, me hicieron establecer una gran amistad con uno de los huéspedes:
José María Colomer, que era catalán y bohemio, sin embargo, se había venido a Málaga, donde trabajaba, como actor, en algunos seriales de Radio Nacional, persiguiendo un amor, del que, nunca, supe si culminó de forma feliz o desagraciada. Con él, mejoré mi declamación y aprendí alguna poesía, que, nunca antes, había escuchado ni leído y que, luego, terminé incorporando a mi repertorio.
Y, con él, asistí a la representación de una obra de Pemán, donde tuve la ocasión de conocer, personalmente, a su autor.
Anduve por otras pensiones, donde conocí a otras personas, que no mencionaré, para no alargar esta historia y, tal vez, por no considerarlas demasiado relevantes. Hasta que, finalmente, terminé la carrera y, con ello, cerré esta etapa de mi vida.
*****
En el año 1962, comencé a trabajar en Citesa y, desde entonces, Málaga se convirtió en mi residencia habitual y, yo, pasé a engrosar su censo, del que sigo formando parte.
Sobre mi vida laboral, ya he escrito, suficientemente, como aportación en un blog, que existe sobre CITESA, por lo que no lo repetiré, aquí.
Solo he querido traer, en el enlace que figura al final, el capítulo dedicado a Sidi Ifni, cuyo final puede servir para conectar con la continuación de este capítulo.
A la vuelta de África, volví a Antequera, solo por unos días, para reintegrarme, después, a mi trabajo y, ya, de forma casi definitiva, a Málaga, donde conocí, por medio de mi hermana y mi cuñado Manolo, a un personaje peculiar, con el compartí, algunos años, pensión, amistad y algunas peripecias.
Ernesto era de Sevilla y trabajaba de agente de seguros, aunque, realmente, aspiraba a entrar en el cuerpo de policía, lo que consiguió algunos años, después de abandonar Málaga y de casarse.
Con él, viví en una pensión por los alrededores de la Alameda y, más tarde, en un apartamento en el Paseo Marítimo. Ernesto había conocido, antes, a una persona muy relacionada con el ambiente taurino de Málaga, y, eso, había influido de alguna forma en su personalidad- quizás demasiado moldeable- y lo exteriorizaba, antes de tomar una decisión sobre cualquier cosa, en una frase, que, normalmente, no preludiaba nada bueno:
-¡Y que Dios reparta suerte!
Se había comprado un coche de segunda mano- un seiscientos azul y descapotable-, que nos permitía ampliar nuestras andanzas, hasta Torremolinos, Fuengirola o Marbella, durante los fines de semanas. El resto de la semana, frecuentábamos, en Málaga, una sala de fiestas del Paseo Marítimo (Pigall) y, a veces, la noche se hacía interminable.
Podría contar muchas de las situaciones, que viví con Ernesto, pero, sólo quiero dejar, aquí, la constancia y el recuerdo de uno de los mejores amigos, que tuve en mi vida de soltero en Málaga.
Mis padres, a la jubilación de él, se vinieron a vivir a Málaga, donde ya lo hacían mi hermana y su marido, por lo que, yo, dejé el apartamento y me fui, con ellos, con los que viví un tiempo, antes de casarme.
Entonces, mis vínculos, con Antequera, que nunca fueron excesivos, terminaron por romperse, definitivamente y, también, quedaron atrás una parte de mis costumbres.
Fuera del trabajo, mi vida se desarrollaba por la zona del Hospital Civil, donde vivía con mis padres y, también lo hacían mi hermana y mi cuñado Manolo.
Por aquél tiempo, me compré un coche, lo que, por ser el primero, constituyó un acontecimiento, hasta tal punto que es el único del que guardo recuerdos precisos:
Era un Seat 600, MA-67826, de color beige, con el que comencé a conducir, torpemente por la ciudad, ayudado por mi cuñado, hasta que hice mi primer desplazamiento largo a Torrox, como no podía ser de otra forma.
Ya tenía novia, entonces, y, eso, fue lo más trascendente de esos años, porque, finalmente, me casé con ella.
A partir de mi boda, no solo cambió mi vida, sino que, otros acontecimientos- ajenos a mi entorno y que ocurrieron años después- cambiaron la del resto de los españoles. Merece la pena, pues, dejar, todo esto, para futuros capítulos.
Mi estancia en Sidi Ifni: http://www.box.net/shared/4bpjljotcc
En el año 1962, comencé a trabajar en Citesa y, desde entonces, Málaga se convirtió en mi residencia habitual y, yo, pasé a engrosar su censo, del que sigo formando parte.
Sobre mi vida laboral, ya he escrito, suficientemente, como aportación en un blog, que existe sobre CITESA, por lo que no lo repetiré, aquí.
Solo he querido traer, en el enlace que figura al final, el capítulo dedicado a Sidi Ifni, cuyo final puede servir para conectar con la continuación de este capítulo.
A la vuelta de África, volví a Antequera, solo por unos días, para reintegrarme, después, a mi trabajo y, ya, de forma casi definitiva, a Málaga, donde conocí, por medio de mi hermana y mi cuñado Manolo, a un personaje peculiar, con el compartí, algunos años, pensión, amistad y algunas peripecias.
Ernesto era de Sevilla y trabajaba de agente de seguros, aunque, realmente, aspiraba a entrar en el cuerpo de policía, lo que consiguió algunos años, después de abandonar Málaga y de casarse.
Con él, viví en una pensión por los alrededores de la Alameda y, más tarde, en un apartamento en el Paseo Marítimo. Ernesto había conocido, antes, a una persona muy relacionada con el ambiente taurino de Málaga, y, eso, había influido de alguna forma en su personalidad- quizás demasiado moldeable- y lo exteriorizaba, antes de tomar una decisión sobre cualquier cosa, en una frase, que, normalmente, no preludiaba nada bueno:
-¡Y que Dios reparta suerte!
Se había comprado un coche de segunda mano- un seiscientos azul y descapotable-, que nos permitía ampliar nuestras andanzas, hasta Torremolinos, Fuengirola o Marbella, durante los fines de semanas. El resto de la semana, frecuentábamos, en Málaga, una sala de fiestas del Paseo Marítimo (Pigall) y, a veces, la noche se hacía interminable.
Podría contar muchas de las situaciones, que viví con Ernesto, pero, sólo quiero dejar, aquí, la constancia y el recuerdo de uno de los mejores amigos, que tuve en mi vida de soltero en Málaga.
Mis padres, a la jubilación de él, se vinieron a vivir a Málaga, donde ya lo hacían mi hermana y su marido, por lo que, yo, dejé el apartamento y me fui, con ellos, con los que viví un tiempo, antes de casarme.
Entonces, mis vínculos, con Antequera, que nunca fueron excesivos, terminaron por romperse, definitivamente y, también, quedaron atrás una parte de mis costumbres.
Fuera del trabajo, mi vida se desarrollaba por la zona del Hospital Civil, donde vivía con mis padres y, también lo hacían mi hermana y mi cuñado Manolo.
Por aquél tiempo, me compré un coche, lo que, por ser el primero, constituyó un acontecimiento, hasta tal punto que es el único del que guardo recuerdos precisos:
Era un Seat 600, MA-67826, de color beige, con el que comencé a conducir, torpemente por la ciudad, ayudado por mi cuñado, hasta que hice mi primer desplazamiento largo a Torrox, como no podía ser de otra forma.
Ya tenía novia, entonces, y, eso, fue lo más trascendente de esos años, porque, finalmente, me casé con ella.
A partir de mi boda, no solo cambió mi vida, sino que, otros acontecimientos- ajenos a mi entorno y que ocurrieron años después- cambiaron la del resto de los españoles. Merece la pena, pues, dejar, todo esto, para futuros capítulos.
Mi estancia en Sidi Ifni: http://www.box.net/shared/4bpjljotcc
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