Después de consolidada la democracia y hasta la primavera de año 1992, permanecí en Citesa, pero, estando ya suficientemente descrito mi paso por la misma, otros aspectos fuera de ese ámbito, constituirán el eje de mis recuerdos, en este capítulo, para circunscribirme a los que el nuevo escenario me proporcionaba.
Escribía Jorge Manrique en un poema dedicado a la muerte de su padre aquello de que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Y, a pesar de mi admiración por los poetas, creo que, ni siquiera ellos, están en posesión de la verdad absoluta y que, la comparación entre el antes y el después, hace difícil desnivelar, de forma tan categórica, los dos platillos de la balanza, porque, tanto el pasado como el presente, está lleno de claroscuros y, quizás, lo mejor sea quedarse con lo bueno de cada época. Yo apuesto por lo mejor, del pasado y conservar el recuerdo de mis años de niñez y juventud, así como con la presencia, ya desaparecida, de los seres queridos, que convivieron conmigo; sobre lo demás- no todo, mereció, ni merece, mi aprobación- ya he constatado mi opinión antes- y no quiero reiterarme, ahora, en la misma. Y, del presente, prefiero escribir con el optimismo de la esperanza en el futuro que me quede, sin pasar por alto aquellas cosas que no comparto, tal vez por no comprenderlas.
Las circunstancias de mi nueva vida hicieron surgir nuevas amistades, mientras, otras, desaparecían, de forma paulatina o, en alguna ocasión, reaparecían de forma ocasional.
No quiero olvidar, en lo que de anecdótico tiene, la visita inesperada de mi amigo Ernesto:
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No recuerdo con exactitud el año en que ocurrió, pero sí que, por entonces, aun vivía en Eugenio Gros cuando y, a la vuelta a casa por el mediodía, recibí una llamada de mi cuñado Manolo, anunciándome la llegada de Ernesto, que, a la sazón, se encontraba, por motivos de trabajo, en Málaga. Hasta entonces, solo había tenido algunas noticias de su nueva singladura: se había casado y vivía en Madrid; había abandonado su profesión, como agente una compañía de seguros y ejercía funciones de policía, que era lo que, realmente, siempre quiso ser.
Ahora, se había desplazado hasta esta capital andaluza, para hacerse cargo de un prisionero alemán, reclamado por la Interpol aprovechó esta circunstancia para visitar a Manolo en la casa de mi hermana Lola, donde había comido, junto con un compañero, de cuyo nombre no consigo acordarme, por lo que me desplacé, hasta allí, para verlo y compartir, con ellos, una sobremesa, que, luego, habría de prolongarse hasta bien caída la tarde.
Durante las primeras horas, se fueron mezclando recuerdos de algunos pasajes de nuestro pasado más reciente, junto a las nuevas experiencias, que el presente nos deparaba, mientras jugamos al póker y consumíamos las copas propias de la sobremesa. Al principio, me pareció un Ernesto distinto del que yo recordaba: vestía un impecable traje de chaqueta cruzada, bajo la cual, se adivinaba la abultada presencia de su arma reglamentaria y, su conversación, aparecía huérfana de algunos de los tópicos y frases, que habían modelado la imagen, que, yo, recordaba de él. Sin embargo, aquello, no fue más que un espejismo, que terminó desvaneciéndose, a lo largo del día.
A medida que transcurrían horas y copas y, el momento de llevarse al alemán hasta Madrid se acercaba, se planteó la conveniencia de aplazar el traslado par el día siguiente y prolongar nuestra “juerga” durante el resto de la jornada. Y, entonces, reapareció Ernesto…
En contra de la opinión de todos y, sobre todo, de su compañero, se impuso la más peregrina del “cumplimiento del deber, por encima de cualquier otra” y la imperiosa necesidad imperiosa de llevar a cabo la misión encomendada, según nos dijo, subrayando con énfasis la frase. Después, prolongamos la tarde, discutiendo esa disyuntiva en una especie de bodega, ubicada en la calle La Regente, frecuentada por mi cuñado y, desde allí, se decidió, por fin, iniciar la marcha hacia la comisaría para recoger al preso, con la premura que nos imponía la proximidad de su partida en del expreso Costa del Sol. El resto de esta historia- historia fue que, no, invención- bien podría encuadrarse en el guión tragicómico de una película italiana.
Emprendimos la marcha hacia el llamado palacio de aduanas, en el coche de Manolo y, desde ese sitio, Ernesto, su compañero y el detenido se dirigieron en dos automóviles de la policía, a la estación de la Renfe, abriéndose paso, mediante las sirenas. Detrás, mi hermana, mi cuñado y yo, seguimos la comitiva, decididos a no perdernos el desenlace de la aventura. Y, de esa forma rocambolesca, aparecimos por el anden, formando un variopinto e irrepetible grupo. Conocimos al reo, que, aunque, tal vez, no fuese marinero, si era “de nombre extranjero y alto y rubio, como la cerveza”. Pero la noche no había terminado ni, tampoco, las discusiones; todavía, quedaba algo de tiempo para tomar una última copa en la cantina.
Ernesto dijo que sus principios no le permitían beber con un hombre esposado y, por encima del parecer de su compañero, prevaleció el suyo; el preso quiso pagar la consumición, cosa que no se le permitió y, los camareros, fueron los atónitos testigos de una escena que, finalmente, terminó con la salida apresurada hacia el tren, mientras, mi hermana, se despedía del alemán, deseándole la mejor suerte del mundo, aunque, quizás, no comprendiera nuestro idioma.
Después, el tren partió hacia su destino y, con él, los insólitos protagonistas de una insólita historia. Nosotros, consumimos el resto de la noche, sentados en la terraza de una cafetería, comentándola. De Ernesto, nunca he vuelto a tener noticias.
Antequera había quedado fuera, casi totalmente, de mi vida, aunque, alguna vez, me desplacé a esa ciudad con mis padres, y tuve ocasión de departir algunas horas con los antiguos amigos de mi barrio de la Alameda, en el que había transcurrido mi última época en esa ciudad. Esporádicamente, también encontraba alguno de los componentes de mi pandilla de Torrox, bien en Málaga o, también, durante mis veraneos en la costa. Pero los que desparecieron, para siempre, fueron los compañeros de pensión en la capital o los de la Escuela de Peritos.
Pero, otras circunstancias, tanto en el aspecto familiar como en el laboral, fueron cambiando mis costumbres, adaptándome a ellas, como no podía ser de otra forma:
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El nacimiento de Cristina me obligó a buscar una vivienda más amplia, que me permitiera cubrir las necesidades, que nos imponía una familia, ya numerosa. Durante algún tiempo, estuve buceando por los periódicos locales-todavía, no existía Internet-, sin encontrar nada de lo que yo quería, encontrándolo, finalmente, dentro del entorno de mi trabajo:
Manolo Álvarez, un ingeniero de Citesa, al que, ya, he mencionado en otras páginas, me ofreció, en régimen de alquiler, un piso en la avenida de Andalucía y, hasta allí, me trasladé, con familia y enseres, para iniciar una nueva andadura, que, en la actualidad, se prolonga, aunque, desde hace años, lo hago en condición de propietario de la casa.
En esa calle, vivían - aún lo hacen- algunos compañeros de Citesa como Rafael Aguilar, José Manuel Cabello, Miguel Ángel Bárcenas y José Luis Pérez González. Pero, aunque no lo supe, hasta algunos años más tarde, también tenía otro vecino: Paco Fernández Medina, que, desde Utrera, venía, cada verano, a Torrox y formaba parte de aquella pandilla de nuestra niñez; no lo veía desde su boda en Málaga. Ahora, recordamos, mientras paseamos, durante las mañanas soleadas de algún fin de semana, recordando aquellos tiempos entrañables del viejo autobús de Julio; la, por entonces, desierta playa de Ferrara y la larga baranda gris y los bancos de madera verde, que se enclavaban sobre el cemento gris de la plaza.
Al principio, esa parte de la avenida, estaba semidesnuda de locales comerciales y- lo que era un hecho insólito en Málaga- de cualquier establecimiento de hostelería. Tampoco sufríamos una excesiva afluencia de vehículos, lo que me permitía el lujo de aparcar, sin la necesidad de utilizar el garaje del edificio. Por otra parte, la calle no gozaba de demasiada presencia de peatones, en contraposición con el populoso barrio de Gamarra, del que nosotros, procedíamos. Quizás por eso, al volver de mi trabajo, donde pasaba la mayor parte de la jornada, me quedaba en la casa, que abandonaba, cada día, a primeras horas de la mañana.
Los fines de semana, abandonábamos el barrio, para comer en cualquier venta, de las muchas que hay por la carretera de los montes o del Puerto de la torre. En otras ocasiones, nos llegábamos hasta un chiringuito de la costa de Torrox, del que éramos habituales clientes, durante cada año por vacaciones. Y, en la tarde de los domingos, solíamos reunirnos con Rafael Vertedor, Paco Assiego y Adolfo Herranz, para ver el partido de futbol, en la casa que por turno tocara, donde, el anfitrión, estaba obligado a preparar una merienda-cena obligada.
Con el transcurso de lo años, la fisonomía de Avenida de Andalucía fue cambiando y, numerosas oficinas y otros establecimientos, fueron apareciendo; las nuevas autovías, convirtieron a esta arteria en paso obligado hacia la costa y otros lugares, con lo que, desde entonces, podemos “disfrutar” del ruido y, encontrar algún sitio en el que el dejar el coche, se ha convertido en una aventura imposible.
Un antiguo bailaor, que había emigrado a Sudamérica, abrió, debajo de mi casa, el primer bar de la calle: “el Cóndor”.
Su dueño, que se hacía llamar Rafael de Córdoba- nada tenía que ver con otro del mismo apelativo, pero de más fama- lo había dotado con una decoración más propia de un piano bar, aunque no existía ningún aditamento que pudiera acreditar este nombre, aunque, si, con la enorme figura de ese pájaro andino, colgando del techo del salón y de unas auténticas cabezas reducidas por los jíbaros, que reposaban sobre una de la las repisas.
Yo acostumbraba a recalar, por allí, a la vuelta de Citesa, para disfrutar de la paz que me proporcionaba ese lugar, mientras tomaba una copa, antes de subir a casa y, en ese rito que terminó convirtiéndose en obligado, algunas veces, me acompañaban otros amigos y compañeros de trabajo, como Rafael Aguilar, Miguel Galacho y Florencio Ríos Miranda. Sólo yo y contados vecinos de la casa, como el mencionado Rafael, Joaquín (hoy desaparecido) y Antonio Casaus, paisano mío de Antequera, éramos los contados clientes de entonces y, el bar terminado cerrando.
Hoy, después de notables modificaciones, persiste, con el nombre de Bar Victoria y con el ambiente más bullicioso que, la evolución de la zona le ha proporcionado.
Otras cosas, fueron cambiando, tanto en Málaga como en la fábrica y, desde luego, en el país. No quiero caer en la tentación de contarlas, por ser suficientemente conocidas y patentes, pero no puedo resistirme a la necesidad de detenerme en algunas aquellas que, en mayor o menor medida, supusieron un cierto giro en nuestras vidas y dejar mi opinión, sobre las mismas.
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Aunque la geografía de España no había cambiado ni un ápice, la nueva Constitución sí cambió su mapa político con el surgimiento de las autonomías, lo que echó por tierra todo lo que, yo, había aprendido de la división del país en regiones y hasta del nombre de algunas ciudades:
En lugar de las dos castillas- la Nueva y la Vieja de entonces- surgieron Castilla y León y Castilla la Mancha; Murcia se quedó huérfana de Albacete; Madrid ascendió de su categoría de capital y provincia a la de región autónoma y, el nombre de La Coruña, debía sustituirse por el A Coruña o decirse Ourense, en lugar de Orense y, los nombres de algunas localidades vascas, ni siquiera me atrevo a escribirlos, por no incurrir en lesa ignorancia de bilingüismo. Algunas partes del país, como Andalucía, quedaron intactas, con lo que no quiero decir que, por eso, les fuera mejor. ¿O, tal vez, les fue peor? La verdad es que no lo se.
Pero, aparte de demarcaciones y semántica, se multiplicaron los parlamentos y, en consecuencia, los cargos públicos. Yo ni comprendí, ni lo hago ahora, las ventajas de todo esto. Quizás, por ser condescendiente, tenga que admitir un aumento del empleo, pero me cuesta suponer que, muchos de los nuevos puestos de trabajo, aporten algún incremento al PIB del país, sobre todo, los de más alta remuneración.
También se amplió la oferta de televisión, hasta entonces limitada a la cadena estatal, y, con ello, apareció la necesidad del mando a distancia, para evitar continuados desplazamientos, desde el sofá hasta los mandos del televisor y prevenir posibles lumbagias. Las nuevas cadenas, tuvieron sus pros y sus contras: el aumento de los cortes publicitarios, por una parte, y la ventaja de ir al baño, sin perderse el hilo de la emisión, gracias a ellos.
Poco a poco, aparecieron los llamados “programas del corazón”, acaparados por algunos personajes de la sociedad que, al menos para mi, no despiertan la menor atención o los reality, escaparate de absurdos personajes, sin interés alguno, pero con ambiciones de protagonismo. Por otro lado, los sucesos más luctuosos que suceden ahora, aunque es probable que, también, sucedieran en el pasado, empezaron a acaparar tertulias y teledíarios: no consigo olvidarme del lamentable espectáculo, que dirigió la presentadora de una cadena privada en el año 1992, sobre el crimen de unas niñas en Alcácer; algunas de las novedades que se iban produciendo, en el transcurso del mismo, llegaban a producir el aplauso del público asistente. Cuando escribo estas líneas, el eje de cualquier telediario gira alrededor de la muerte de otra adolescente.
Y no quiero pasar por alto el resurgir, en los espacios publicitarios dedicados a la incitación al consumo, de unos antiguos personajes: los nuevos charlatanes. Estos pretenden animarte a la compra de diversos productos, con frases similares a los que, antaño, te animaban a la adquisición de algún milagroso crece pelo.
-Y, si llama hoy mismo, le ofrecemos dos, por el increíble precio que aparece en pantalla.
Los nuevos gobiernos fueron modificando el sistema de educación, aunque, esta, no se pueda considerar una costumbre exclusiva de la democracia y, una serie de siglas, de difícil recuerdo, fueron dando nombre a las distintas etapas de la enseñanza. Pero, dejando esto al margen de una pura anécdota, ¿se ha producido una mejora de la nuestra formación? Yo creo que no:
En ciencias, tanto en la puras como en las aplicadas, tal vez, sí. Pero, otras materias, como historia, literatura, arte, filosofía y, hasta, si me apuran, la geografía, parecen quedar relegadas a un segundo plano. Y, esto, no es ninguna falacia: Algunos jóvenes, incluso los, ya, titulados, escriben con faltas de ortografía y no les preguntéis, por citar algunos ejemplos, sobre el papel en la historia delos Reyes Católicos, don Rodrigo o Almanzor; por la obra de Góngora, Calderón, Lope de Vega, Zorrilla, Quevedo o García Lorca o por la pintura de Velázquez, Goya, el Greco o Murillo. Ni siquiera sepan, tal vez, cual es el nombre del río más largo de España, ni, tampoco, donde nace, por donde pasa y a donde muere.
Y, a pesar de todo lo anterior, sigo pensando que Jorge Manrique no llevaba razón…