Ya escribí, aunque de forma sucinta, sobre la evolución de la estructura política de España, tanto en su ámbito global como en sus regiones( hoy, autonomías) y no seguiré, ahora, por ese camino. Una noticia reciente me lleva a centrarme en el corpúsculo más pequeño de gobierno de un país: la figura del alcalde, sea ciudad, pueblo, aldea o pedanía y, naturalmente, sólo quiero hacerlo sobre algunos pocos: los que fueron famosos o los que, hoy, pretenden serlo.
De aquellos, solo recordaré a dos, porque hacerlo de todos sería, además de pretencioso, una labor imposible: a uno, lo creó la imaginación de Pedro Calderón de la Barca o, tal vez, ¿existió realmente Pedro Crespo, alcalde de Zalamea? Del otro, los conocemos por nuestra historia: Juan Pérez, alcalde de Móstoles. Hoy, unas noticias, difundidas por alguna cadena de radio me obligan a ocuparme del primer mandatario de la ciudad de Logroño. Su nombre, ni lo se, ni ningún interés me obligaría a reseñarlo, aunque lo supiera. El alcalde Zalamea fue famoso en una pieza teatral de Calderón, que ya conocéis y, el de Móstoles, por levantar el pueblo contra la invasión de las tropas napoleónicas. Y, ahora, el alcalde de Logroño pretende serlo, a través de la creación de un peculiar calendario, en el que se enmascara toda festividad católica con cualquier rememoración, que no tenga nada que ver con la religión que profesa la mayoría de sus votantes, que, probablemente, estarán más interesados por que les recuerden la independencia de Paquistán que el día de la Inmaculada, por ejemplo. Es muy posible- eso no lo se- que, además del calendario, se haya dedicado a otros menesteres más encomiables para su ciudad y, hasta puede ser, que salte a la fama por ello. Por el calendario, yo, por lo menos, solo le reservaré un lugar destacado en el escalafón de la imbecilidad.
Cuando escribo estas líneas, una buena parte de España, entre otras la ciudad de nuestro alcalde, tiembla de frío, por la ola polar que nos afecta. Y, a mí, que vivo lejos de León, no me llega el efecto de sus nevadas, pero sí el del malhadado calendario de su alcalde, donde, un imaginario para de sus páginas, me ha dejado helado.