Málaga año 2008

Datos personales

Torroxeño nacido en Antequera en 1940

COMIENZOS

En otro blog, dedicado a CITESA, escribí sobre mi paso por esta compañía y, una buena parte de mi existencia, ya quedó reflejada en el mismo.
Este blog fue idea de mi amigo y compañero Rafael Vertedor y, junto a él, figuran aportaciones de de Lorenzo Martínez, Angel Estévez, Florentino, José Outes y otros.
Ahora, quiero añadir otros aspectos y experiencias, al margen de mi vida laboral, aunque tantos años en esa compañía, me obliguen a referirme a los mismos, con algunos enlaces.
Mi marcha de esa empresa puede considerarse como punto de arranque para este blog, y desde aquí, llegar a su capítulo final:

Epilogo http://www.box.net/shared/4iuitb04kw

Los enlaces al resto de capítulos de Citesa figuran al margen del blog.

lunes, 23 de febrero de 2009

LA PREJUBILACION


Con mi marcha de de la fábrica, no sólo quedó atrás mi vida laboral, si no, también, los madrugones; ambiciones, que no siempre, se cumplieron; muchos amigos y costumbres y, sobre todo, la juventud. Todas estas cosas, irrepetibles, quedaron aparcadas en la cuneta de mis antiguos caminos. Entonces, yo recordé a otro de los poetas, que siempre había admirado; Antonio Machado –“caminante, no hay camino; se hace camino al andar”- y seguí caminando... Caminado por un sendero nuevo, inimaginable hasta entonces, pero que, ahora, tenía que crear, para proporcionarme nuevas ilusiones y dar un nuevo sentido a la vida, que me quedara por vivir.
Me vine del trabajo, prejubilado con una indemnización, que debía estirar, de la mejor forma posible, hasta mi jubilación definitiva en el año 2000 y, a ello, me dediqué, entre otras cosas. La mayoría de mis compañeros abandonaron Citesa, abrigados en la seguridad de un plan de pensiones. Yo, desestimé esa opción y preferí entrar en un mundo, todavía desconocido para mí, pero, indudablemente, de mayores riesgos y alicientes: el de la especulación en los mercados financieros.
Se abría una misión difícil, que debía prolongarse durante ocho largos años con los únicos ingresos, que me proporcionaría el desempleo durante los dos primeros y el probable pero inseguro rendimiento de la inversión del capital recibido. Frente a eso estaban los gastos de mantenimiento de una familia numerosa –todavía, contaba con tres hijos en edad escolar- y, naturalmente, los que yo mismo generaba, de los que nunca me privé. Y, en ese capítulo, tuve que añadir una aportación mensual a la Seguridad Social, para mantener mi futura pensión dentro de unos márgenes razonables.
Por entonces, continuaba con mi pasión por los ordenadores y, en ellos, me sumergí para elaborar un plan de subsistencia, mediante las herramientas- hoja de cálculo y base de datos- que me proporcionaban. Pero echaba de menos una mayor agilidad en mi toma decisiones y, cualquier compra o venta de valores, implicaba continuos desplazamientos al banco. Entonces, surgió, como solución, Internet; una solución que no aporté yo, precisamente, sino que lo hizo, por razones distintas, mi hijo Alejandro. ¿O, tal vez, fue David?...Eso, no lo recuerdo.
-Papa, ¿Por qué no te apuntas a Internet?- creo que fueron sus palabras.
Así lo hice y, desde entonces, tengo que confesar que, ese, fue uno de mis mejores “descubrimientos”. Hoy, esta red no solo me ha servido para el fin primario al el que la destiné durante aquellos años, sino que, también, me ha permitido, entre otras, hacer cosas como la que hago ahora mismo, despertando una antigua inclinación que siempre había cultivado, durante mis años de juventud.
No quiero achacar el razonable éxito de mi gestión a ninguna pericia en ese mundo bursátil. Tal vez fuera la intuición o, sobre todo, la suerte, las causas más probables de la culminación de esa aventura. Acerté a comprar y vender en momentos, que resultaron ser los más idóneos, pero que nadie me pregunte por que lo hice, porque no sabía responderlo. Lo más difícil fue la compra cerca de Fuengirola, de la casa de un italiano, al que mi mujer había conocido durante su trabajo en ese lugar de la costa y que, finalmente, abandonaría unos años más tarde. La situación económica de este hombre le hacía imposible afrontar los pagos de la hipoteca, por lo que, yo, subrogué la misma y firmamos una escritura de compra del inmueble, con la condición de dejarle el uso de la vivienda, hasta su muerte o regreso a Italia. Quizás fue mi pasión por el mar lo que se antepuso a los riesgos de esa inversión junto a la añadidura de gastos que representaba la operación, pero, finalmente, salí bien parado de la misma: hoy, está totalmente libre de cargas y, mi patrimonio se ha visto incrementado, aunque, en los tiempos de crisis, que corren ahora, no sabría valorar en que valor lo ha hecho.
El final de este periodo culminó en Enero del año 2000, con la percepción de la primera paga (aún, en pesetas) y con ello, desparecieron una buena parte de las dificultades que, ya, he descrito antes. Pero ¿qué fue lo más fácil de esa etapa? Sin lugar a ninguna duda, dejar de trabajar: la disposición de tiempo libre que, para algunos, representa un auténtico trauma, fue relativamente cómoda para mí.
A veces, alguno de mis antiguos compañeros me hacía, indefectiblemente, la misma pregunta.
-Antonio y, ahora, ¿estas haciendo algo?
-Si te refieres a un nuevo trabajo, ni lo tengo, ni lo busco, pero, hacer, si que hago… Hago lo que me apetece-era mi contestación, en la mayoría de los casos.
Levantarme cuando quiero, sin que ninguna obligación me lo imponga; dar largos paseos por las calles; sentarme en la terraza de una cafería en cualquier plaza de Málaga o acercarme hasta el puerto o el parque también es hacer algo. Al menos, yo así lo creo y, justamente eso, es lo que, antes no podía hacer.
Cuando dispones del tiempo, tienes una gran riqueza, si sabes llenarlo, o eres el ser más pobre del mundo, si no sabes hacerlo con cosas que pueden ser nimias, pero que, para una persona, tienen cierta trascendencia y que quiero reseñar en este capítulo de mi vida.


Además de lo que ya he dicho, hubo otros acontencimientos.
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Yo había tenido, desde niño, una especial predilección por los animales. Pero nunca los tuve, salvo un gato, en los remotos tiempos de mi primera casa en Antequera y otro, más reciente, que mi mujer trajo desde Fuengirola, cuando yo, todavía, trabajaba en Citesa. Gino, era un gato negro y lustroso, que ha convivido con nosotros hasta hace pocos años. Mis obligaciones solo me permitían, entonces, ese tipo de mascota que, por su carácter casero, resultaba el más apropiado para nuestras condiciones y, por eso, tuve que posponer la presencia de un perro –lo que, siempre, quise tener- hasta una mejor ocasión. Gino formó parte de la familia, hasta el punto que nos acompañó durante nuestras vacaciones en la costa de Torrox, a donde lo llevábamos en una voluminosa jaula, que compramos al respecto.
Antes, habíamos tenido un gorrión, que mi mujer había recogido en la calle. Gurri- ese era el nombre que le pusimos- se acostumbró a vivir con nosotros y, nosotros, con él. Entonces, teníamos, aún, la terraza sin cerrar y volaba, desde la misma, hasta un enorme eucalipto que se levantaba-hoy, todavía existe- enfrente de la casa y, luego lo hacía en sentido contrario para picotear el alpiste o beber el agua de , que le poníamos en una jaula, siempre abierta. A mi vuelta del trabajo, lo llamaba y le presentaba mi mano abierta, a la que acudía para posarse sobre uno de mis dedos.
La ocasión de tener un perro se presentó, como es fácil de imaginar, con mi marcha de la fábrica y apareció Krilim en nuestras vidas…
Krilim era menudo de carnes; pelaje corto de color canela, con manchas blancas en el vientre y, a modo de calcetines, en sus patas; orejas largas y delgadas; hocico afilado y prominente y nervioso, tanto en su comportamiento como en la mirada de sus ojos negros e inquisitivos.Se lo describí aun antiguo compañero del trabajo-aficionado a la caza-, y me dijo que, probamente, era de una raza, mezcla de podenco y pachón, conocida en Málaga por “garabito”.Hace tres años que ha muerto, pero su recuerdo nos acompaña y, una de sus últimas fotografías, se encuentra sobre la estantería de uno de los muebles del salón y tiene reservada una esquina de este blog.
A pesar de su edad- ya había cumplido los 16 años- Gino sobrevivió a mi perro y siguió en la casa, en compañía de otros dos gatos. Cuando se produjo su muerte, uno de ellos- de nombre Chindasvinto- permaneció junto a su cadaver, cubierto con una manta durante toda la noche en una sofá de la casa. Hoy, sólo prmanece con nosotros Sorbillas, el más joven de todos y al que, mi hijo David, recogió, abandonado y medio muerto, en una calle de Málaga. Tal vez por eso, siente una especial predilección por mi él y los sale a su encuentro en cuanto se produce su llegada y, luego, lo sigue por tda la casa.

Cualquiera que me lea, sabrá que, naturalmente, lloré la desaparición de padres y otros familiares. Pero lo que, tal vez, muchos no sepan es que, también, la muerte de estos animales, me hicieron derramar lagrimas.


sábado, 21 de febrero de 2009

1975 EN LA PLAYA

Durante aquel verano, Pepe Cotilla organizó una moraga en la playa de Calaceite a la que asistió Rafael con su mujer Dolores. y, yo, con la mía.
Esta playa, entre el cruce de Conejito y Nerja, estaba menos concurrida que las de Torrox y el Morche y era, por lo tanto, un sitio idóneo.
Completaban la moraga Pili, mujer de Pepe; su hermana Lola con su marido Adolfo y toda la gente menuda, que aportaba el grupo.
Recientemente se había producido un accidente, en el mar, donde falleció el hijo de la dueña de la casa, donde, yo pasaba el verano.Según la versión oficial, la muerte se había producido por la picadura de un chucho- así es como llaman, por esa tierra, a la raya pastinaca.
Tal vez por eso, nuestras inmersiones en el mar fueron pocas y cautelosas y, la excursión, podría calificarse como una excursión de secano.
Sin embargo, fue una mañana inolvidable.

DESPUES DE LA TRANSICION YHASTA 1992

Después de consolidada la democracia y hasta la primavera de año 1992, permanecí en Citesa, pero, estando ya suficientemente descrito mi paso por la misma, otros aspectos fuera de ese ámbito, constituirán el eje de mis recuerdos, en este capítulo, para circunscribirme a los que el nuevo escenario me proporcionaba.
Escribía Jorge Manrique en un poema dedicado a la muerte de su padre aquello de que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Y, a pesar de mi admiración por los poetas, creo que, ni siquiera ellos, están en posesión de la verdad absoluta y que, la comparación entre el antes y el después, hace difícil desnivelar, de forma tan categórica, los dos platillos de la balanza, porque, tanto el pasado como el presente, está lleno de claroscuros y, quizás, lo mejor sea quedarse con lo bueno de cada época. Yo apuesto por lo mejor, del pasado y conservar el recuerdo de mis años de niñez y juventud, así como con la presencia, ya desaparecida, de los seres queridos, que convivieron conmigo; sobre lo demás- no todo, mereció, ni merece, mi aprobación- ya he constatado mi opinión antes- y no quiero reiterarme, ahora, en la misma. Y, del presente, prefiero escribir con el optimismo de la esperanza en el futuro que me quede, sin pasar por alto aquellas cosas que no comparto, tal vez por no comprenderlas.
Las circunstancias de mi nueva vida hicieron surgir nuevas amistades, mientras, otras, desaparecían, de forma paulatina o, en alguna ocasión, reaparecían de forma ocasional.
No quiero olvidar, en lo que de anecdótico tiene, la visita inesperada de mi amigo Ernesto:
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No recuerdo con exactitud el año en que ocurrió, pero sí que, por entonces, aun vivía en Eugenio Gros cuando y, a la vuelta a casa por el mediodía, recibí una llamada de mi cuñado Manolo, anunciándome la llegada de Ernesto, que, a la sazón, se encontraba, por motivos de trabajo, en Málaga. Hasta entonces, solo había tenido algunas noticias de su nueva singladura: se había casado y vivía en Madrid; había abandonado su profesión, como agente una compañía de seguros y ejercía funciones de policía, que era lo que, realmente, siempre quiso ser.
Ahora, se había desplazado hasta esta capital andaluza, para hacerse cargo de un prisionero alemán, reclamado por la Interpol aprovechó esta circunstancia para visitar a Manolo en la casa de mi hermana Lola, donde había comido, junto con un compañero, de cuyo nombre no consigo acordarme, por lo que me desplacé, hasta allí, para verlo y compartir, con ellos, una sobremesa, que, luego, habría de prolongarse hasta bien caída la tarde.
Durante las primeras horas, se fueron mezclando recuerdos de algunos pasajes de nuestro pasado más reciente, junto a las nuevas experiencias, que el presente nos deparaba, mientras jugamos al póker y consumíamos las copas propias de la sobremesa. Al principio, me pareció un Ernesto distinto del que yo recordaba: vestía un impecable traje de chaqueta cruzada, bajo la cual, se adivinaba la abultada presencia de su arma reglamentaria y, su conversación, aparecía huérfana de algunos de los tópicos y frases, que habían modelado la imagen, que, yo, recordaba de él. Sin embargo, aquello, no fue más que un espejismo, que terminó desvaneciéndose, a lo largo del día.
A medida que transcurrían horas y copas y, el momento de llevarse al alemán hasta Madrid se acercaba, se planteó la conveniencia de aplazar el traslado par el día siguiente y prolongar nuestra “juerga” durante el resto de la jornada. Y, entonces, reapareció Ernesto…
En contra de la opinión de todos y, sobre todo, de su compañero, se impuso la más peregrina del “cumplimiento del deber, por encima de cualquier otra” y la imperiosa necesidad imperiosa de llevar a cabo la misión encomendada, según nos dijo, subrayando con énfasis la frase. Después, prolongamos la tarde, discutiendo esa disyuntiva en una especie de bodega, ubicada en la calle La Regente, frecuentada por mi cuñado y, desde allí, se decidió, por fin, iniciar la marcha hacia la comisaría para recoger al preso, con la premura que nos imponía la proximidad de su partida en del expreso Costa del Sol. El resto de esta historia- historia fue que, no, invención- bien podría encuadrarse en el guión tragicómico de una película italiana.
Emprendimos la marcha hacia el llamado palacio de aduanas, en el coche de Manolo y, desde ese sitio, Ernesto, su compañero y el detenido se dirigieron en dos automóviles de la policía, a la estación de la Renfe, abriéndose paso, mediante las sirenas. Detrás, mi hermana, mi cuñado y yo, seguimos la comitiva, decididos a no perdernos el desenlace de la aventura. Y, de esa forma rocambolesca, aparecimos por el anden, formando un variopinto e irrepetible grupo. Conocimos al reo, que, aunque, tal vez, no fuese marinero, si era “de nombre extranjero y alto y rubio, como la cerveza”. Pero la noche no había terminado ni, tampoco, las discusiones; todavía, quedaba algo de tiempo para tomar una última copa en la cantina.
Ernesto dijo que sus principios no le permitían beber con un hombre esposado y, por encima del parecer de su compañero, prevaleció el suyo; el preso quiso pagar la consumición, cosa que no se le permitió y, los camareros, fueron los atónitos testigos de una escena que, finalmente, terminó con la salida apresurada hacia el tren, mientras, mi hermana, se despedía del alemán, deseándole la mejor suerte del mundo, aunque, quizás, no comprendiera nuestro idioma.
Después, el tren partió hacia su destino y, con él, los insólitos protagonistas de una insólita historia. Nosotros, consumimos el resto de la noche, sentados en la terraza de una cafetería, comentándola. De Ernesto, nunca he vuelto a tener noticias.
Antequera había quedado fuera, casi totalmente, de mi vida, aunque, alguna vez, me desplacé a esa ciudad con mis padres, y tuve ocasión de departir algunas horas con los antiguos amigos de mi barrio de la Alameda, en el que había transcurrido mi última época en esa ciudad. Esporádicamente, también encontraba alguno de los componentes de mi pandilla de Torrox, bien en Málaga o, también, durante mis veraneos en la costa. Pero los que desparecieron, para siempre, fueron los compañeros de pensión en la capital o los de la Escuela de Peritos.
Pero, otras circunstancias, tanto en el aspecto familiar como en el laboral, fueron cambiando mis costumbres, adaptándome a ellas, como no podía ser de otra forma:
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El nacimiento de Cristina me obligó a buscar una vivienda más amplia, que me permitiera cubrir las necesidades, que nos imponía una familia, ya numerosa. Durante algún tiempo, estuve buceando por los periódicos locales-todavía, no existía Internet-, sin encontrar nada de lo que yo quería, encontrándolo, finalmente, dentro del entorno de mi trabajo:
Manolo Álvarez, un ingeniero de Citesa, al que, ya, he mencionado en otras páginas, me ofreció, en régimen de alquiler, un piso en la avenida de Andalucía y, hasta allí, me trasladé, con familia y enseres, para iniciar una nueva andadura, que, en la actualidad, se prolonga, aunque, desde hace años, lo hago en condición de propietario de la casa.
En esa calle, vivían - aún lo hacen- algunos compañeros de Citesa como Rafael Aguilar, José Manuel Cabello, Miguel Ángel Bárcenas y José Luis Pérez González. Pero, aunque no lo supe, hasta algunos años más tarde, también tenía otro vecino: Paco Fernández Medina, que, desde Utrera, venía, cada verano, a Torrox y formaba parte de aquella pandilla de nuestra niñez; no lo veía desde su boda en Málaga. Ahora, recordamos, mientras paseamos, durante las mañanas soleadas de algún fin de semana, recordando aquellos tiempos entrañables del viejo autobús de Julio; la, por entonces, desierta playa de Ferrara y la larga baranda gris y los bancos de madera verde, que se enclavaban sobre el cemento gris de la plaza.
Al principio, esa parte de la avenida, estaba semidesnuda de locales comerciales y- lo que era un hecho insólito en Málaga- de cualquier establecimiento de hostelería. Tampoco sufríamos una excesiva afluencia de vehículos, lo que me permitía el lujo de aparcar, sin la necesidad de utilizar el garaje del edificio. Por otra parte, la calle no gozaba de demasiada presencia de peatones, en contraposición con el populoso barrio de Gamarra, del que nosotros, procedíamos. Quizás por eso, al volver de mi trabajo, donde pasaba la mayor parte de la jornada, me quedaba en la casa, que abandonaba, cada día, a primeras horas de la mañana.
Los fines de semana, abandonábamos el barrio, para comer en cualquier venta, de las muchas que hay por la carretera de los montes o del Puerto de la torre. En otras ocasiones, nos llegábamos hasta un chiringuito de la costa de Torrox, del que éramos habituales clientes, durante cada año por vacaciones. Y, en la tarde de los domingos, solíamos reunirnos con Rafael Vertedor, Paco Assiego y Adolfo Herranz, para ver el partido de futbol, en la casa que por turno tocara, donde, el anfitrión, estaba obligado a preparar una merienda-cena obligada.
Con el transcurso de lo años, la fisonomía de Avenida de Andalucía fue cambiando y, numerosas oficinas y otros establecimientos, fueron apareciendo; las nuevas autovías, convirtieron a esta arteria en paso obligado hacia la costa y otros lugares, con lo que, desde entonces, podemos “disfrutar” del ruido y, encontrar algún sitio en el que el dejar el coche, se ha convertido en una aventura imposible.
Un antiguo bailaor, que había emigrado a Sudamérica, abrió, debajo de mi casa, el primer bar de la calle: “el Cóndor”.
Su dueño, que se hacía llamar Rafael de Córdoba- nada tenía que ver con otro del mismo apelativo, pero de más fama- lo había dotado con una decoración más propia de un piano bar, aunque no existía ningún aditamento que pudiera acreditar este nombre, aunque, si, con la enorme figura de ese pájaro andino, colgando del techo del salón y de unas auténticas cabezas reducidas por los jíbaros, que reposaban sobre una de la las repisas.
Yo acostumbraba a recalar, por allí, a la vuelta de Citesa, para disfrutar de la paz que me proporcionaba ese lugar, mientras tomaba una copa, antes de subir a casa y, en ese rito que terminó convirtiéndose en obligado, algunas veces, me acompañaban otros amigos y compañeros de trabajo, como Rafael Aguilar, Miguel Galacho y Florencio Ríos Miranda. Sólo yo y contados vecinos de la casa, como el mencionado Rafael, Joaquín (hoy desaparecido) y Antonio Casaus, paisano mío de Antequera, éramos los contados clientes de entonces y, el bar terminado cerrando.
Hoy, después de notables modificaciones, persiste, con el nombre de Bar Victoria y con el ambiente más bullicioso que, la evolución de la zona le ha proporcionado.
Otras cosas, fueron cambiando, tanto en Málaga como en la fábrica y, desde luego, en el país. No quiero caer en la tentación de contarlas, por ser suficientemente conocidas y patentes, pero no puedo resistirme a la necesidad de detenerme en algunas aquellas que, en mayor o menor medida, supusieron un cierto giro en nuestras vidas y dejar mi opinión, sobre las mismas.
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Aunque la geografía de España no había cambiado ni un ápice, la nueva Constitución sí cambió su mapa político con el surgimiento de las autonomías, lo que echó por tierra todo lo que, yo, había aprendido de la división del país en regiones y hasta del nombre de algunas ciudades:
En lugar de las dos castillas- la Nueva y la Vieja de entonces- surgieron Castilla y León y Castilla la Mancha; Murcia se quedó huérfana de Albacete; Madrid ascendió de su categoría de capital y provincia a la de región autónoma y, el nombre de La Coruña, debía sustituirse por el A Coruña o decirse Ourense, en lugar de Orense y, los nombres de algunas localidades vascas, ni siquiera me atrevo a escribirlos, por no incurrir en lesa ignorancia de bilingüismo. Algunas partes del país, como Andalucía, quedaron intactas, con lo que no quiero decir que, por eso, les fuera mejor. ¿O, tal vez, les fue peor? La verdad es que no lo se.
Pero, aparte de demarcaciones y semántica, se multiplicaron los parlamentos y, en consecuencia, los cargos públicos. Yo ni comprendí, ni lo hago ahora, las ventajas de todo esto. Quizás, por ser condescendiente, tenga que admitir un aumento del empleo, pero me cuesta suponer que, muchos de los nuevos puestos de trabajo, aporten algún incremento al PIB del país, sobre todo, los de más alta remuneración.
También se amplió la oferta de televisión, hasta entonces limitada a la cadena estatal, y, con ello, apareció la necesidad del mando a distancia, para evitar continuados desplazamientos, desde el sofá hasta los mandos del televisor y prevenir posibles lumbagias. Las nuevas cadenas, tuvieron sus pros y sus contras: el aumento de los cortes publicitarios, por una parte, y la ventaja de ir al baño, sin perderse el hilo de la emisión, gracias a ellos.
Poco a poco, aparecieron los llamados “programas del corazón”, acaparados por algunos personajes de la sociedad que, al menos para mi, no despiertan la menor atención o los reality, escaparate de absurdos personajes, sin interés alguno, pero con ambiciones de protagonismo. Por otro lado, los sucesos más luctuosos que suceden ahora, aunque es probable que, también, sucedieran en el pasado, empezaron a acaparar tertulias y teledíarios: no consigo olvidarme del lamentable espectáculo, que dirigió la presentadora de una cadena privada en el año 1992, sobre el crimen de unas niñas en Alcácer; algunas de las novedades que se iban produciendo, en el transcurso del mismo, llegaban a producir el aplauso del público asistente. Cuando escribo estas líneas, el eje de cualquier telediario gira alrededor de la muerte de otra adolescente.
Y no quiero pasar por alto el resurgir, en los espacios publicitarios dedicados a la incitación al consumo, de unos antiguos personajes: los nuevos charlatanes. Estos pretenden animarte a la compra de diversos productos, con frases similares a los que, antaño, te animaban a la adquisición de algún milagroso crece pelo.
-Y, si llama hoy mismo, le ofrecemos dos, por el increíble precio que aparece en pantalla.
Los nuevos gobiernos fueron modificando el sistema de educación, aunque, esta, no se pueda considerar una costumbre exclusiva de la democracia y, una serie de siglas, de difícil recuerdo, fueron dando nombre a las distintas etapas de la enseñanza. Pero, dejando esto al margen de una pura anécdota, ¿se ha producido una mejora de la nuestra formación? Yo creo que no:
En ciencias, tanto en la puras como en las aplicadas, tal vez, sí. Pero, otras materias, como historia, literatura, arte, filosofía y, hasta, si me apuran, la geografía, parecen quedar relegadas a un segundo plano. Y, esto, no es ninguna falacia: Algunos jóvenes, incluso los, ya, titulados, escriben con faltas de ortografía y no les preguntéis, por citar algunos ejemplos, sobre el papel en la historia delos Reyes Católicos, don Rodrigo o Almanzor; por la obra de Góngora, Calderón, Lope de Vega, Zorrilla, Quevedo o García Lorca o por la pintura de Velázquez, Goya, el Greco o Murillo. Ni siquiera sepan, tal vez, cual es el nombre del río más largo de España, ni, tampoco, donde nace, por donde pasa y a donde muere.
Y, a pesar de todo lo anterior, sigo pensando que Jorge Manrique no llevaba razón…