Málaga año 2008

Datos personales

Torroxeño nacido en Antequera en 1940

COMIENZOS

En otro blog, dedicado a CITESA, escribí sobre mi paso por esta compañía y, una buena parte de mi existencia, ya quedó reflejada en el mismo.
Este blog fue idea de mi amigo y compañero Rafael Vertedor y, junto a él, figuran aportaciones de de Lorenzo Martínez, Angel Estévez, Florentino, José Outes y otros.
Ahora, quiero añadir otros aspectos y experiencias, al margen de mi vida laboral, aunque tantos años en esa compañía, me obliguen a referirme a los mismos, con algunos enlaces.
Mi marcha de esa empresa puede considerarse como punto de arranque para este blog, y desde aquí, llegar a su capítulo final:

Epilogo http://www.box.net/shared/4iuitb04kw

Los enlaces al resto de capítulos de Citesa figuran al margen del blog.

viernes, 24 de octubre de 2008

FINAL DE LA SOLTERIA Y DE LA DICTADURA

Contraje matrimonio una tarde de Octubre de 1970 en una Iglesia malagueña, con la asistencia de la familia y algunos amigos y compañeros. Esa ceremonia y una cena, sencilla e íntima, en un conocido restaurante del Paseo Marítimo, constituyeron todos los fastos de una boda, que, después, se completarían con una luna de miel, también diferente a la que, la moda y las costumbres, imponían.
Yo nunca fui partidario de los viajes organizados, que sacrifican muchas libertades en aras de una estricta planificación y las encorsetan en estrictos horarios. Por eso, unos días después, hicimos las maletas y, a bordo del “seiscientos”, nos pusimos en la carretera, sin marcarnos ningún objetivo final, que no fuera el que nos impusieran el tiempo y el dinero disponibles, así como las ganas de continuarlo o terminarlo.
La necesidad de alojarse o comer fue marcando los intervalos entre etapa y etapa y, de esa forma, recorrimos la costa oriental, por las provincias de Almería, Granada, Murcia y Alicante, llegando a Benidorm, desde donde emprendimos el regreso. Entonces, abandonamos la costa y nos aventuramos por el interior hasta la capital granadina, para, desde allí, bajar hasta Motril y encontrar, de nuevo, el mar.
Los últimos días- como no podía ser de otra forma- los consumimos en Torrox, con mis tíos y mi prima Margarita y su marido Salvador, dando fin a nuestro pequeño periplo para, finalmente, regresar a nuestra apenas estrenada casa de Málaga; un piso pequeño de alquiler, por la zona de Eugenio Gros, en el que permanecimos los primeros siete años y donde, también, discurrieron los primeros de la vida de nuestros hijos David y Alejandro.
Mi nueva condición de padre fue, para mí, lo más importante de aquella época. Pero, durante esos años, otros acontecimientos, al margen de lo anterior, producirían cambios radicales en todo el país y proporcionarían una fisonomía del mismo, distinta a la que, durante mis primeros cuarenta años, yo había conocido. Su recuerdo, necesariamente, tiene que constituir un punto de inflexión en este blog, que, nunca, pretenderá contar unos hechos, ya escritos y recordados hasta la saciedad, sino, simplemente, reseñarlos.
Sin embargo y sin abandonar el eje principal de mí relato, que no es otro que mi propia historia, tengo que ensanchar el círculo en que se ha desenvuelto - hasta ahora estuvo limitado al entorno, más cercano, de familiares y amigos- para continuarlo por otro más amplio y compartirlo con los nuevas personas, circunstancias y costumbres, que, éste, proporcionaría.
Al principio, la vida política del país seguía siendo una imagen fija, congelada desde hace años, de la que sólo habíamos tenido noticias, primero, a través del NODO y, después, nos la servía una Televisión, todavía joven, con la repetitiva aparición de Franco y sus ministros, bajo el telón de fondo de los símbolos de la dictadura, en los que, por entonces, figuraba la leyenda de “una grande libre”. Nunca comprendí el significado de esas tres palabras, pero sí que representaban una mentira a medias: España era, desde luego, una; no era grande, ni en el sentido peyorativo, ni en ningún otro; pero, sobre todo, carecía de la libertad, que sólo la democracia puede dar a un país.
En un escenario, inamovible desde casi cuarenta años, unos protagonistas, también invariables, seguían representando una escena, digna de ser encuadrada en el género de la pantomima, que, sin embargo, era seguida y plasmada por los medios de comunicación, naturalmente afines al régimen, pero que, para la mayoría, aunque la soportaba, resultaba aburrida y no era tema de conversación habitual, al menos en mis círculos más cercanos. Sin embargo, durante esos años, algunos hechos vinieron a romper esa “plácida” monotonía.
El conocimiento de los mismos, debidamente matizados a través de prensa y televisión, no me permitieron tener una opinión clara de los mismos. Pero por el eco, que de ellos se hizo en los medios extranjeros y, también, en algunas esferas dentro del país, junto a nuestro aislamiento político y la avanzada edad del general, me pareció que, tal vez, serían el canto del cisne del franquismo:
-En el año 1968, se produjeron los primeros atentados de ETA contra miembros de la gobernación; lo que daría lugar a decretar el estado de excepción en Guipúzcoa y, posteriormente, al llamado proceso de Burgos, en 1970. Este proceso, militar y sumarísimo, que incluía la petición de penas de muerte, levantó el rechazo, no solamente en Europa sino, también, en España. A mi, particularmente, se me quedó grabada la imagen del primer ministro sueco Olof Palme, con una hucha en la mano, tratando de recolectar fondos, para oponerse al mismo.
-Un año después, el territorio de Ifni fue cedido a Marruecos. Y, aunque yo hice allí mi servicio militar, la perdida de un terreno estéril, donde, únicamente, algunas parcelas de cebada rompían de pálido verde un paisaje pedregoso y lleno de cactus, no me produjo ninguna sensación de añoranza y sí, por el contrario, la certeza de que se habían eliminado los gastos de algo, que no servía para nada.
- En 1973, ETA reapareció en el atentado, que hizo volar por los aires el coche, donde viajaba el entonces presidente del gobierno Luis Carrero Blanco que, junto con otras dos personas, perdió la vida y condujo al nombramiento del último presidente de Franco: Carlos Arias Salgado, de cuya presidencia, en un gobierno, que ya agonizaba junto al general, poco hay que recordar, tanto por la brevedad de su mandato como por la escasa relevancia que los regímenes dictatoriales permiten. A Arias Salgado, sin embargo, se le recordaba más por su actuación represiva, durante la postguerra, que le hizo acreedor del apelativo de “verdugo de Málaga”.
-Dos años más tarde, mientas Franco consumía los últimos y ocultos días de su vida, se produjo la llamada “marcha verde” sobre el Sahara Español y, con ella, el final de los únicos vestigios que quedaban del antiguo imperio español. Y, finalmente, el 20 de Noviembre de ese mismo año, se produjo la muerte del del general.
La muerte, que no suele ser un hecho extraordinario, por habitual y cotidiano, lo fue entonces y, yo creo, que produjo sentimientos opuestos en las dos Españas que, todavía, quedaban, como consecuencia de la guerra civil; una guerra, que, por mi edad, no me había dejado séquela alguna y, tampoco-al menos, yo no lo recuerdo-, la dejó en mi entorno familiar. Tal vez por eso, yo no sentía una especial animadversión hacia el general, aunque, tampoco, admiración alguna. Por eso, su muerte no me produjo sensación alguna de dolor o alegría, pero si la de que, naturalmente, no era una muerte cualquiera, por lo que podía representar en la evolución de la historia de España y, por lo tanto, en la mía y mis hijos, por lo que sí aparecerían otros dos sentimientos, igualmente controvertidos, de inquietud y esperanza: la continuación de la dictadura o el principio de la democracia.
Viví los días inmediatos, a través de la prensa y, sobre todo, de las imágenes en blanco y negro de televisión:
Un innumerable desfile de personas, por la capilla ardiente de Franco, me produjo una cierta duda sobre la voluntad de que los españoles quisieran enterrar, con él, una etapa de 40 años de la reciente historia de España. Pero, al mismo tiempo, también pensaba y, sobre todo, deseaba, que sólo podían representar una minoría, frente a los que, como yo, se limitaban a esperar, siguiendo la noticia y esperando acontecimientos.
Dos días después, el 22 de Noviembre, el, hasta entonces, príncipe, fue proclamado como Rey de España, con el nombre de Juan Carlos I. Su discurso y, sobre todo, su juramento a las leyes del Movimiento, no me hacían albergar, precisamente, demasiadas esperanzas de cambio. Esa inquietud era avivada por el natural desconocimiento, que yo, como la mayoría de los españoles, tenía de Don Juan Carlos y sus ideas.
Don Juan Carlos comenzó su reinado con el gobierno, que todavía presidía Carlos Arias Salgado, pero que, en 1976, presentaría su dimisión, para ser sustituido por Adolfo Suarez; una persona que había ejercido la política, durante el franquismo. De forma que, mis temores, continuaron.
Yo no podía saber, entonces, que, tanto la jefatura del Estado como la del Gobierno, serían encarnadas por los que, tal vez, serían los principales artífices del cambio hacia la democracia.
Estas sólo pretenden ser la impresión, que dejaron estos dos años en mi propia vivencia y que dieron lugar a la llamada transición, que no voy a relatar, por ser suficientemente conocidas.